Grumetes.

CatBlackianos

lunes, 28 de octubre de 2013

Capítulo V: La Tormenta

En el barco todo estaba dispuesto para la nueva partida. Los esclavos rescatados en Veguinia ya estaban preparados para embarcar en un barco, que los llevaría a un lugar seguro, y los nuevos tripulantes del “Dragón Dorado” se encontraban impacientes por emprender su nueva aventura.
            En el tiempo que habían estado en la isla, el cielo se había cubierto de monstruosas nubes, que tapaban la luz del sol, y un viento gélido y fuerte empezaba a levantar las olas de un mar, que daba más miedo que nunca. La lluvia, los truenos y los relámpagos no tardaron ni cinco minutos, desde que el magnífico barco echara velas y empezara a soportar, con increíble fortaleza, las subidas y bajadas de las olas, en aparecer en el horizonte.
            Por fortuna pudieron pasar la barrera de rocas y remolinos antes de que el temporal los alcanzara con toda su plenitud. El viento les venía de popa, lo que permitió mantener las velas desplegadas, que hacían volar al barco por la superficie del mar. Las olas, que cada vez eran más fuertes, alcanzaban el armazón del barco, haciendo crujir, con ruidos que erizaban los cabellos de nuestros valientes, las tablas del poderoso barco, por la popa y lo atravesaban de lado a lado, llevándose consigo a los piratas, que se sujetaban a cualquier sitio para evitar ser engullidos por los abismos.
            Los relámpagos rasgaban el cielo, iluminándolo con fantasmagóricas formas, y los truenos retumbaban con increíble furor como tambores de guerra en una garganta, ensordeciendo incluso los rugidos de las olas, que parecían querer llevarse consigo al barco a las oscuras profundidades de la mar. Junto a estos la lluvia caía sobre los cuerpos de los piratas como dardos que quisieran traspasarles la piel.
            Sobre el puente de mando, en el alcázar del castillo de popa, Alfredo se encontraba milagrosamente de pie, sujetándose a la balaustrada, mientras observaba el enorme charco en el que se había convertido la cubierta de su barco, y daba, con una potente voz que rivalizaba con los bramidos de los truenos y el rugir de las olas, las órdenes oportunas. Ni la lluvia ni los fuertes empujones que recibía le hacían tambalearse y soportaba la tormenta como una firme roca, que hacía gestos de dolor al escuchar los quejidos de sufrimiento de las tablas de su buque, como si él mismo los sintiera en sus carnes.
            Junto a él, Furioso, totalmente empapado y con el pelaje erizado, emitía sordos rugidos cada vez que se oía un trueno y a su espalda Atlantes sujetaba con extraordinaria fuerza el timón.
            Alfredo estaba inquieto. Su instinto de pirata le decía que un terrible desastre iba a caer sobre el barco y sus tripulantes. Sus ojos observaban con atención cada centímetro, que las olas le dejaban ver, de la superficie de la mar, temiendo que en cualquier momento un monstruo, despertado por la furia de la naturaleza, emergiera de repente.
            El barco ya llevaba veinte minutos soportando la terrible tempestad, cuando el desastre, temido por Alfredo, se produjo. Dos rayos, que al parecer se habían puesto de acuerdo, hicieron diana en la mitad del palo de mesana y en la parte baja del primer trinquete y, aunque la lluvia caía con fuerza, los dos palos empezaron a arder rápidamente.
            Sin embargo, una fortuita ola, que barrió el barco de popa a proa, apagó los dos incendios y Alfredo ordenó cortar los dos palos. Esto se cumplió con muchas dificultades, ya que a los piratas les resultaba muy difícil mantenerse rectos ante el bamboleo del buque, y los dos palo fueron engullidos por la mar, dejando al “Dragón Dorado” a merced de las olas y con dos palos, que corrían el riesgo de sufrir el mismo destino que sus compañeros.
            La tormenta, lejos de menguar, parecía crecer en intensidad, para quitar la figura del barco de la faz de la tierra y ahogar a todos sus tripulantes, y una nueva desgracia puso a prueba la capacidad de Alfredo.
            El viento, que hasta entonces les había sido favorable, de pronto cambió de rumbo amenazando con llevarse consigo las velas de los dos palos que quedaban. Alfredo mandó replegar las velas y los jóvenes piratas no duraron en trepar por los resbaladizos palos, mientras el viento los azotaba y las olas hacían oscilar al barco, hasta llegar a las vergas, donde, aguantando a duras penas el equilibrio y con el riesgo de caerse, abriéndose la cabeza contra la cubierta o bien ahogándose entre las aguas, soltaron las jarcias que sujetaban las velas, recogiéndolas sobre las vergas, a las que fueron atadas.
            Hecha esta maniobra, el barco quedaba a merced del empuje de las olas y sus tripulantes solo contaban con su resistencia para no sucumbir en mitad del océano. El barco atravesaba las olas, subiendo y bajando como una hoja llevada por la corriente de un río, y los piratas se garraban a babor y estribor para no ser llevados, aún asi, las hijas de Océano, conseguían romper su resistencia y, haciendo que sus manos se soltasen, los arrastraban por la cubierta, golpeándolos contra el suelo y los objetos y los dejaban magullados y heridos, para que sus compañeros, a riesgo de ser arrastrados por las olas, los recogieran y los llevaran al interior del barco.
            Mientras Alfredo observaba con creciente temor y angustia como sus hombres corrían el riesgo de ser llevados a los abismos, una gigantesca ola, más grande que las otras, se estrelló por la popa del barco y se llevó consigo a un despistado Alfredo, que, empujado por la fuerza de las aguas, estuvo a punto de caerse a la cubierta del barco. A pesar de que la ola le había pillado por sorpresa, un capitán pirata tan bravo como él tenía que estar prevenido mentalmente para todo tipo de accidentes, por ello, mientras la ola lo arrastraba, había conseguido agarrarse firmemente a uno de los palos de la balaustrada, quedando colgado de él.
              Al mismo tiempo que intentaba volver a subir a su puesto, se  pudieron escuchar varios ruidos fuertes, que provenían del interior del barco, seguidos de los sonidos de pesados objetos que se arrastraban y chocaban contra las paredes del barco. Alfredo sabía lo que significaban aquellos sonidos, algunos cañones de las baterías se habrían soltado de los amarres que los sujetaban y ahora estarían yendo de un lado a otro de las baterías, chocándose contra las tablas de madera, que no tardarían en ceder ante su fuerza, provocando la entrada en gran cantidad de las aguas.
            Pensando en esto, Alfredo redobló sus esfuerzos para subir a su puesto, pero poco a poco, cansado como estaba y por lo resbaladizo que estaba el palo, sus dedos empezaron a soltarse y ya estaba a punto de caerse, cuando una mano le sujeto de la muñeca.
            -¡Agarrame la mano!- Gritó Alejandro por encima del estridente ruido, desde el puesto de mando, mientras que con la otra mano agarraba la parte alta de la camisa de Alfredo para tirar de él hacia arriba.
            Con esta nueva ayuda, Alfredo consiguió subir a su puesto y observar con horror lo que había ocurrido. El timón ya no estaba y con él habían desaparecido Furioso y Atlantes, lo que hizo que su corazón palpitase con angustia. Quería a toda su tripulación como si fuesen sus hermanos y la perdida de cualquiera de ellos suponía un duro golpe para él.
            -¡Hay que buscar a Atlantes y a Furioso!- Le dijo a Alejandro por encima del ruido.
            -¡Ya estamos en ello!- Contestó el otro- ¡Y Furioso esta bien! ¡Consiguió caer a cuatro patas sobre la cubierta del barco y lo hemos llevado a uno de los camarotes principales!
            -¡Capitán! ¡Alejandro! ¡Hemos encontrado a Atlantes!- Gritó Hércules, un joven de veintitrés años musculoso, que era general de los Gigantes de Hierro, una de las fuerzas que componían la tripulación del barco.
            -¡¿Dónde está?!- Preguntó Alfredo bajando a toda prisa por las escaleras que llevaban a cubierta, mientras las olas seguían sin darles tregua.
            -¡Allá abajo!- Respondió Hércules señalando hacia la pared de estribor del barco.
            Palideciendo todo lo posible y más, Alfredo se asomó por estribor y comprobó con horror que Atlantes se sujetaba a duras penas a la pared del barco, resistiendo con increíbles fuerzas el ímpetu de las olas.
            -¡Sujétate fuerte!- Le gritó, aunque sabía que difícilmente podía oírle- ¡Enseguida te sacaremos de ahí! ¡Traed una cuerda!- Ordenó después a sus hombres, que se apresuraron a traerla. Uno de los extremos fue atado al palo mayor y el otro echado sobre Atlantes, que al notar la cuerda sobre su cabeza no tardó en agarrarla, bamboleándose de lado a lado como un péndulo- ¡Tirad!- Gritó Alfredo que era el primer en sujetar la cuerda y en tirar de ella sujetándose con un pie en el combés.
            El ascenso de Atlantes fue peligroso y angustiante. Con solo la cuerda como sujeción, el timonel del barco se encontraba a merced del viento, que lo hacía estrellarse contra el estribor del barco, haciéndole perder fuerzas a una peligrosa velocidad y magullándole el cuerpo, y desprotegido ante las olas, que en cualquier momento podían elevarse llevándoselo consigo. Los quince minutos que duró el lento ascenso se hicieron eternos para los tripulantes del navío y, justo cuando la cuerda esta a punto de romperse por el roce contra el borde del barco, Alfredo consiguió agarrar a Atlantes, que cayó inconsciente en sus brazos, con la cara y los brazos completamente magullados por los golpes recibidos.
            -¡Ponedlo a salvo!- Gritó Alfredo pasándoselo a los dos gemelos- ¡Los demás id a las baterías! ¡Creo que varios cañones se han soltado y hay que amarrarlos antes de que causen una desgracia irreparable!- Añadió después dirigiéndose al resto de sus hombre, que como almas perseguidas por el diablo no tardaron ni un segundo en desaparecer en el interior del barco-¡El resto achicad toda el agua que haya podido entrar al barco!
            Mientras los piratas llevaban a cabo las nuevas órdenes recibidas, la tormenta seguía bramando con furia. La lluvia parecía querer anegar de nueva la tierra, los truenos hacían vibrar el aire, los relámpagos rompían el cielo y las olas se levantaban como gigantes cayendo luego sobre el barco, que era como una hoja de papel en mitad de un gigantesco huracán.
            De repente a oídos de Alfredo llegó un enorme rugido, que no provenía de las olas ni de los truenos, procedente de delante del barco. Sin temor alguno, Alfredo cruzó la cubierta, haciendo frente a la furia del mar, y subió al castillo de proa para otear el horizonte desde la quilla del barco.
            Forzando la vista todo lo que pudo, consiguió distinguir una sombra en la lejanía, pero que se acercaba rápidamente hacia a ellos y una terrible sospecha de lo que podría ser afloró a su mente. Con manos temblorosas, sacó su catalejo de su funda y lo enfocó hacia delante, comprobando con horror que sus sospechas se hacían realidad.
            Mirando por el catalejo descubrió que delante de ellos les esperaba una de las fuerzas más destructoras de los mares. Una gigantesca tromba marina se elevaba hasta el cielo, levantando gigantescas olas a su alrededor.
            -¡Alejandro! ¡Santiago!- Gritó con todas sus fuerzas una vez guardado el catalejo sin dejar de mirar hacia el nuevo peligro. Sus segundos de abordo estuvieron a su lado en pocos minutos- ¡Mirad hacia allí!- Les indicó sin darse la vuelta.
            Los dos valientes piratas observaron el horizonte y dos idénticas exclamaciones de horror afloraron a sus labios al mismo tiempo.
            -¡¿Qué hacemos?!- Preguntó Santiago.
            -¡Nada!- Respondió Alfredo ante el terror de sus dos compañeros- ¡Sin velas, con dos palos y sin timón no podemos hacer frente a esa monstruosidad marina! ¡Lo único que podemos hacer es avisar a la tripulación para que se prepare!
            Tanto Alejandro como Santiago comprendieron que su capitán tenía razón y, pálidos como si ya estuvieran muertos, fueron a darles la nueva noticia a la tripulación, mientras Alfredo se mantenía en la quilla.
            Aunque la tromba de agua estaba cada vez más cerca, Alfredo no se alejó ni un ápice de donde estaba. Las olas, dada la proximidad de la tromba, eran cada vez más altas y el barco crujía como nunca antes lo había hecho, levantándose y bajando como si estuviera en una atracción para niños.
            De pronto, tras cruzar una gigantesca ola, que había engullido al barco completamente, la tromba marina apareció con toda su majestuosidad a pocos metros del barco, que siguió su rápido avance hacia su perdición. Lo primero en tomar contacto con el gran remolino de agua fue el bauprés, que, sin poder aguantar la fuerza, se partió y salió volando por encima de la cabeza de Alfredo, que se agachó a tiempo, se estrelló contra el trinquete, partiéndose a la mitad, y cayó al agua, mientras el “Dragón Dorado” y toda su tripulación era engullida por la increíble fuerza del remolino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario