Grumetes.

CatBlackianos

lunes, 28 de octubre de 2013

Capítulo V: La Tormenta

En el barco todo estaba dispuesto para la nueva partida. Los esclavos rescatados en Veguinia ya estaban preparados para embarcar en un barco, que los llevaría a un lugar seguro, y los nuevos tripulantes del “Dragón Dorado” se encontraban impacientes por emprender su nueva aventura.
            En el tiempo que habían estado en la isla, el cielo se había cubierto de monstruosas nubes, que tapaban la luz del sol, y un viento gélido y fuerte empezaba a levantar las olas de un mar, que daba más miedo que nunca. La lluvia, los truenos y los relámpagos no tardaron ni cinco minutos, desde que el magnífico barco echara velas y empezara a soportar, con increíble fortaleza, las subidas y bajadas de las olas, en aparecer en el horizonte.
            Por fortuna pudieron pasar la barrera de rocas y remolinos antes de que el temporal los alcanzara con toda su plenitud. El viento les venía de popa, lo que permitió mantener las velas desplegadas, que hacían volar al barco por la superficie del mar. Las olas, que cada vez eran más fuertes, alcanzaban el armazón del barco, haciendo crujir, con ruidos que erizaban los cabellos de nuestros valientes, las tablas del poderoso barco, por la popa y lo atravesaban de lado a lado, llevándose consigo a los piratas, que se sujetaban a cualquier sitio para evitar ser engullidos por los abismos.
            Los relámpagos rasgaban el cielo, iluminándolo con fantasmagóricas formas, y los truenos retumbaban con increíble furor como tambores de guerra en una garganta, ensordeciendo incluso los rugidos de las olas, que parecían querer llevarse consigo al barco a las oscuras profundidades de la mar. Junto a estos la lluvia caía sobre los cuerpos de los piratas como dardos que quisieran traspasarles la piel.
            Sobre el puente de mando, en el alcázar del castillo de popa, Alfredo se encontraba milagrosamente de pie, sujetándose a la balaustrada, mientras observaba el enorme charco en el que se había convertido la cubierta de su barco, y daba, con una potente voz que rivalizaba con los bramidos de los truenos y el rugir de las olas, las órdenes oportunas. Ni la lluvia ni los fuertes empujones que recibía le hacían tambalearse y soportaba la tormenta como una firme roca, que hacía gestos de dolor al escuchar los quejidos de sufrimiento de las tablas de su buque, como si él mismo los sintiera en sus carnes.
            Junto a él, Furioso, totalmente empapado y con el pelaje erizado, emitía sordos rugidos cada vez que se oía un trueno y a su espalda Atlantes sujetaba con extraordinaria fuerza el timón.
            Alfredo estaba inquieto. Su instinto de pirata le decía que un terrible desastre iba a caer sobre el barco y sus tripulantes. Sus ojos observaban con atención cada centímetro, que las olas le dejaban ver, de la superficie de la mar, temiendo que en cualquier momento un monstruo, despertado por la furia de la naturaleza, emergiera de repente.
            El barco ya llevaba veinte minutos soportando la terrible tempestad, cuando el desastre, temido por Alfredo, se produjo. Dos rayos, que al parecer se habían puesto de acuerdo, hicieron diana en la mitad del palo de mesana y en la parte baja del primer trinquete y, aunque la lluvia caía con fuerza, los dos palos empezaron a arder rápidamente.
            Sin embargo, una fortuita ola, que barrió el barco de popa a proa, apagó los dos incendios y Alfredo ordenó cortar los dos palos. Esto se cumplió con muchas dificultades, ya que a los piratas les resultaba muy difícil mantenerse rectos ante el bamboleo del buque, y los dos palo fueron engullidos por la mar, dejando al “Dragón Dorado” a merced de las olas y con dos palos, que corrían el riesgo de sufrir el mismo destino que sus compañeros.
            La tormenta, lejos de menguar, parecía crecer en intensidad, para quitar la figura del barco de la faz de la tierra y ahogar a todos sus tripulantes, y una nueva desgracia puso a prueba la capacidad de Alfredo.
            El viento, que hasta entonces les había sido favorable, de pronto cambió de rumbo amenazando con llevarse consigo las velas de los dos palos que quedaban. Alfredo mandó replegar las velas y los jóvenes piratas no duraron en trepar por los resbaladizos palos, mientras el viento los azotaba y las olas hacían oscilar al barco, hasta llegar a las vergas, donde, aguantando a duras penas el equilibrio y con el riesgo de caerse, abriéndose la cabeza contra la cubierta o bien ahogándose entre las aguas, soltaron las jarcias que sujetaban las velas, recogiéndolas sobre las vergas, a las que fueron atadas.
            Hecha esta maniobra, el barco quedaba a merced del empuje de las olas y sus tripulantes solo contaban con su resistencia para no sucumbir en mitad del océano. El barco atravesaba las olas, subiendo y bajando como una hoja llevada por la corriente de un río, y los piratas se garraban a babor y estribor para no ser llevados, aún asi, las hijas de Océano, conseguían romper su resistencia y, haciendo que sus manos se soltasen, los arrastraban por la cubierta, golpeándolos contra el suelo y los objetos y los dejaban magullados y heridos, para que sus compañeros, a riesgo de ser arrastrados por las olas, los recogieran y los llevaran al interior del barco.
            Mientras Alfredo observaba con creciente temor y angustia como sus hombres corrían el riesgo de ser llevados a los abismos, una gigantesca ola, más grande que las otras, se estrelló por la popa del barco y se llevó consigo a un despistado Alfredo, que, empujado por la fuerza de las aguas, estuvo a punto de caerse a la cubierta del barco. A pesar de que la ola le había pillado por sorpresa, un capitán pirata tan bravo como él tenía que estar prevenido mentalmente para todo tipo de accidentes, por ello, mientras la ola lo arrastraba, había conseguido agarrarse firmemente a uno de los palos de la balaustrada, quedando colgado de él.
              Al mismo tiempo que intentaba volver a subir a su puesto, se  pudieron escuchar varios ruidos fuertes, que provenían del interior del barco, seguidos de los sonidos de pesados objetos que se arrastraban y chocaban contra las paredes del barco. Alfredo sabía lo que significaban aquellos sonidos, algunos cañones de las baterías se habrían soltado de los amarres que los sujetaban y ahora estarían yendo de un lado a otro de las baterías, chocándose contra las tablas de madera, que no tardarían en ceder ante su fuerza, provocando la entrada en gran cantidad de las aguas.
            Pensando en esto, Alfredo redobló sus esfuerzos para subir a su puesto, pero poco a poco, cansado como estaba y por lo resbaladizo que estaba el palo, sus dedos empezaron a soltarse y ya estaba a punto de caerse, cuando una mano le sujeto de la muñeca.
            -¡Agarrame la mano!- Gritó Alejandro por encima del estridente ruido, desde el puesto de mando, mientras que con la otra mano agarraba la parte alta de la camisa de Alfredo para tirar de él hacia arriba.
            Con esta nueva ayuda, Alfredo consiguió subir a su puesto y observar con horror lo que había ocurrido. El timón ya no estaba y con él habían desaparecido Furioso y Atlantes, lo que hizo que su corazón palpitase con angustia. Quería a toda su tripulación como si fuesen sus hermanos y la perdida de cualquiera de ellos suponía un duro golpe para él.
            -¡Hay que buscar a Atlantes y a Furioso!- Le dijo a Alejandro por encima del ruido.
            -¡Ya estamos en ello!- Contestó el otro- ¡Y Furioso esta bien! ¡Consiguió caer a cuatro patas sobre la cubierta del barco y lo hemos llevado a uno de los camarotes principales!
            -¡Capitán! ¡Alejandro! ¡Hemos encontrado a Atlantes!- Gritó Hércules, un joven de veintitrés años musculoso, que era general de los Gigantes de Hierro, una de las fuerzas que componían la tripulación del barco.
            -¡¿Dónde está?!- Preguntó Alfredo bajando a toda prisa por las escaleras que llevaban a cubierta, mientras las olas seguían sin darles tregua.
            -¡Allá abajo!- Respondió Hércules señalando hacia la pared de estribor del barco.
            Palideciendo todo lo posible y más, Alfredo se asomó por estribor y comprobó con horror que Atlantes se sujetaba a duras penas a la pared del barco, resistiendo con increíbles fuerzas el ímpetu de las olas.
            -¡Sujétate fuerte!- Le gritó, aunque sabía que difícilmente podía oírle- ¡Enseguida te sacaremos de ahí! ¡Traed una cuerda!- Ordenó después a sus hombres, que se apresuraron a traerla. Uno de los extremos fue atado al palo mayor y el otro echado sobre Atlantes, que al notar la cuerda sobre su cabeza no tardó en agarrarla, bamboleándose de lado a lado como un péndulo- ¡Tirad!- Gritó Alfredo que era el primer en sujetar la cuerda y en tirar de ella sujetándose con un pie en el combés.
            El ascenso de Atlantes fue peligroso y angustiante. Con solo la cuerda como sujeción, el timonel del barco se encontraba a merced del viento, que lo hacía estrellarse contra el estribor del barco, haciéndole perder fuerzas a una peligrosa velocidad y magullándole el cuerpo, y desprotegido ante las olas, que en cualquier momento podían elevarse llevándoselo consigo. Los quince minutos que duró el lento ascenso se hicieron eternos para los tripulantes del navío y, justo cuando la cuerda esta a punto de romperse por el roce contra el borde del barco, Alfredo consiguió agarrar a Atlantes, que cayó inconsciente en sus brazos, con la cara y los brazos completamente magullados por los golpes recibidos.
            -¡Ponedlo a salvo!- Gritó Alfredo pasándoselo a los dos gemelos- ¡Los demás id a las baterías! ¡Creo que varios cañones se han soltado y hay que amarrarlos antes de que causen una desgracia irreparable!- Añadió después dirigiéndose al resto de sus hombre, que como almas perseguidas por el diablo no tardaron ni un segundo en desaparecer en el interior del barco-¡El resto achicad toda el agua que haya podido entrar al barco!
            Mientras los piratas llevaban a cabo las nuevas órdenes recibidas, la tormenta seguía bramando con furia. La lluvia parecía querer anegar de nueva la tierra, los truenos hacían vibrar el aire, los relámpagos rompían el cielo y las olas se levantaban como gigantes cayendo luego sobre el barco, que era como una hoja de papel en mitad de un gigantesco huracán.
            De repente a oídos de Alfredo llegó un enorme rugido, que no provenía de las olas ni de los truenos, procedente de delante del barco. Sin temor alguno, Alfredo cruzó la cubierta, haciendo frente a la furia del mar, y subió al castillo de proa para otear el horizonte desde la quilla del barco.
            Forzando la vista todo lo que pudo, consiguió distinguir una sombra en la lejanía, pero que se acercaba rápidamente hacia a ellos y una terrible sospecha de lo que podría ser afloró a su mente. Con manos temblorosas, sacó su catalejo de su funda y lo enfocó hacia delante, comprobando con horror que sus sospechas se hacían realidad.
            Mirando por el catalejo descubrió que delante de ellos les esperaba una de las fuerzas más destructoras de los mares. Una gigantesca tromba marina se elevaba hasta el cielo, levantando gigantescas olas a su alrededor.
            -¡Alejandro! ¡Santiago!- Gritó con todas sus fuerzas una vez guardado el catalejo sin dejar de mirar hacia el nuevo peligro. Sus segundos de abordo estuvieron a su lado en pocos minutos- ¡Mirad hacia allí!- Les indicó sin darse la vuelta.
            Los dos valientes piratas observaron el horizonte y dos idénticas exclamaciones de horror afloraron a sus labios al mismo tiempo.
            -¡¿Qué hacemos?!- Preguntó Santiago.
            -¡Nada!- Respondió Alfredo ante el terror de sus dos compañeros- ¡Sin velas, con dos palos y sin timón no podemos hacer frente a esa monstruosidad marina! ¡Lo único que podemos hacer es avisar a la tripulación para que se prepare!
            Tanto Alejandro como Santiago comprendieron que su capitán tenía razón y, pálidos como si ya estuvieran muertos, fueron a darles la nueva noticia a la tripulación, mientras Alfredo se mantenía en la quilla.
            Aunque la tromba de agua estaba cada vez más cerca, Alfredo no se alejó ni un ápice de donde estaba. Las olas, dada la proximidad de la tromba, eran cada vez más altas y el barco crujía como nunca antes lo había hecho, levantándose y bajando como si estuviera en una atracción para niños.
            De pronto, tras cruzar una gigantesca ola, que había engullido al barco completamente, la tromba marina apareció con toda su majestuosidad a pocos metros del barco, que siguió su rápido avance hacia su perdición. Lo primero en tomar contacto con el gran remolino de agua fue el bauprés, que, sin poder aguantar la fuerza, se partió y salió volando por encima de la cabeza de Alfredo, que se agachó a tiempo, se estrelló contra el trinquete, partiéndose a la mitad, y cayó al agua, mientras el “Dragón Dorado” y toda su tripulación era engullida por la increíble fuerza del remolino.

viernes, 18 de octubre de 2013

Capítulo IV: Elaphus

La enorme taberna de Nordap bullía de actividad, como siempre pasaba a media tarde. La docena de mesas largas y cuadradas estaban llenas de enormes jarras de cerveza, que los hombres se apuraban en vaciar, mientras jugaban sus partidas de dardos o de cartas, acompañados por las damiselas pagadas. En una esquina varios jóvenes apostaban en partidas de dardos y futbolín, sin parar de observar de reojo a las tentadoras mujeres, que se pasaban entre las mesas. De la puerta de la pared de la derecha salín estridentes gritos, que se mezclaban con el jolgorio de la sala principal, provenientes de las peleas de perros y gallos que se celebraban.
Amapola se encontraba sirviendo en la barra, donde un grupo de jóvenes de su edad discutían sobre diferentes temas, mientras pensaba en como había acabado aquí.
Tras tres días de odisea dentro del carromato, alimentándose con lo poco que podía robar, cada vez que paraban, y padeciendo frío, llegaron a la primera ciudad en la que se pondría el mercado. Para su desgracia no era la ciudad que ella había esperado. En lugar de encontrarse en Auzra, situada al este de las tierras de los Valle, se encontraban en Nordap, situada al sur.
Solos, sin dinero y hambrientos no la había quedado más remedio que buscar un trabajo para conseguir dinero, ya que el dinero y las joyas, que se había llevado del castillo, los había perdido durante la travesía. Únicamente había podido encontrar trabajo en la taberna-burdel más famosa y transitada de la ciudad, como camarera de la barra, lo que le daba derecho a disponer de una habitación para ella y sus hijos en el piso superior.
-¿Sabéis lo que me ha dicho mi hermano?- Preguntó uno de los chicos mientras ella limpiaba los vasos.
-No ¿Qué?- Preguntaron los otros.
-Que Adelardo del Valle se dirige en estos mismos momentos hacia aquí- Respondió el primero de los chicos- Al parecer su prometida se ha fugado y sospecha que ha llegado hasta aquí escondida en uno de los carros del mercado de hace unos días.
-¿Adelardo del Valle aquí? ¡No me lo puedo creer!- Exclamó uno de los chicos.
A partir de aquí Amapola dejó de escuchar. Las manos la temblaban y un sudor frío la empezaba a bañar la piel. Si Adelardo la veía estaban perdidos y seguro que en esta ocasión los encerraban en una oscura celda. Tenían que marcharse de allí y cuanto antes mejor, pero no podrían hacerlo hasta la noche, cosa que les favorecería, después de haber cobrado el dinero del día.
-¡Alop! ¿Estás ahí?- Preguntó el primero de los chicos.
-¿Qué?- Preguntó distraída.
-Te hemos pedido varias veces que nos llenes los vasos- Contestó el chico señalando su vaso vacío.
-Lo siento. Ahora mismo os sirvo Gigante- Contestó cogiendo los vasos.
Lo que quedaba de tarde pasó sin suceder nada especial, solo lo de siempre: peleas, algún borracho al que había que echar, malos tratos a las chicas,… Lo único especial fue que empezó a caer una fuerte tormenta, típica de esa época del año y que se podía extender kilómetros y kilómetros, lo que complicaría, y bastante, su huída.
Quedaban dos horas para que el sol se escondiera, cuando finalizó el turno de Amapola y pudo ir a su habitación para preparar su partida. Sus hijos la esperaban jugando con sus espadas de madera, hermosamente decoradas.
-¿Cómo estás mami?- Preguntó Rodrigo, distrayéndose durante un instante y dejando el costado libre ante los golpes de su hermana- ¡Hau! ¡Eso no vale! ¡Eres una tramposa!
-¡Y tú no sabes perder!- Contestó Sol, sacándole la lengua con una traviesa sonrisa.
-Niños. Prestadme atención que tengo que deciros algo importante- Cuando sus hijos la prestaron atención ella les explicó sus intenciones.
-Ya era hora- Dijo Sol- A mi no me gusta este sitio.
-A mi tampoco. La mayoría de la gente que viene da miedo- Añadió Rodrigo- ¿A dónde vamos?
-A intentar encontrar a tu padre- Contestó- Espero hacerlo pronto.
No tardó casi nada en hacer los tres equipajes, guardarlos en mochilas y salir, sin que nadie se diera cuenta, por la puerta trasera de las cocinas. En el patio exterior la lluvia caía sin cesar, formando pozas y regatos, que parecían ríos, y repiqueteando sobre los tejados. Enormes cascadas caían desde los agujeros de los canalones y los relinchos de los caballos en las cuadras eran eclipsados por el rugir de los truenos. Extrañas sombras aparecían cada vez que algún relámpago rasgaba el cielo y las nubes formaban una masa oscura y espesa que no dejaba pasar la luz.
Pronto los tres se encontraron empapados y las ropas mojadas se pegaban a sus cuerpos dificultándoles la caminata por las calles. Estas, que horas antes se encontraban llenas de gente, estaban desiertas y solo los gatos y perros callejeros se atrevían a vagar por ellas, obligados por sus hambrientos estómagos. Tampoco se oían ruidos de ningún tipo, lo que propiciaba que los truenos se difundieran por todos los callejones, y las luces estaban completamente apagadas, sumiendo la ciudad en una completa oscuridad.
A los pocos minutos consiguieron salir por un hueco que encontraron en la muralla de la ciudad y, siguiendo el “Camino Imperial”, se internaron en el “Bosque Blanco”.
Los bonces se elevaban como gigantes hacia el firmamento juntando sus gruesas ramas, que formaban una hermosa cúpula protectora que cubría el bosque. Sus frutos, parecidos a las avellanas pero con un sabor más dulce, crecían hacia abajo apilándose en racimos como las uvas y eran recogidos por los ardilagos, curiosos animales con aspecto de ardilla, pero con dos colas y alas de murciélago, que solo salen al anochecer y se van a su guaridas de los árboles al amanecer. Entre las altas hierbas, que servían para que las escorñas, pequeños insectos con forma de araña y cola de escorpión, hicieran sus telas, crecían enormes matas de frambuesas, fresas y flerios y por las raíces había conjuntos de exóticas setas.
La lluvia caía sin cesar y, aunque protegidos por la cúpula de las copas, notaban las gotas cayendo sobre sus pieles frías como el hielo. Amapola sabía que pronto la congelación llegaría a sus músculos, por lo que se puso a buscar un lugar donde construir un refugio, hacer fuego y pasar la noche.
Tras unos infructuosos minutos de búsqueda, Amapola encontró un pequeño claro a un lado del camino idóneo para descansar. Construyó un refugio pequeño con ramas y hojas, que encontró por los alrededores, y, después de varios intentos, consiguió hacer fuego con dos piedras. Seguidamente, haciendo una cuerda con varias lianas, preparó una trampa al lado de un árbol cercano, en el que se podían ver huellas de conejo.
Luego, mientras esperaba a que cayera algún conejo incauto, tendió sus ropas mojadas a un lado del refugio y se taparon con mantas, mientras se calentaban con las llamas de la hoguera.
Ya entrada la noche, cuando la luna se elevaba, la tormenta, que ya llevaba varias horas descargando su ejército contra la tierra y desgarrando el cielo con increíbles relámpagos, cesó de repente y el cielo se empezó a despejar, por lo que muy pronto el bosque se llenó de ruidos.
Amapola aprovechó para acercarse a la trampa y descubrir a un conejo atrapado, que pronto estuvo haciéndose al fuego atado a un palo, que lo atravesaba de parte a parte. Tuvieron que esperar media hora a que el conejo estuviera listo y pudieran comérselo habidamente, acompañándolo de unos cuantos boncenos, que llenaron sus estómagos vacíos.
Después llegó la hora de que sus hijos durmieran mientras ella hacía guardia. La noche era fresca, algo normal después de una tormenta tan intensa, y los sonidos de los animales mantuvieron a Amapola con los sentidos alerta. Lo que más temía era la aparición de los lobos y los lebos, mezcla de lobo y león, que solían atacar en manadas de una docena de individuos feroces y astutos.
Pronto pudo escuchar a los topillos y ratoncillos correteando por la tierra en busca de semillas para llenar sus madrigueras. Por las ramas de los árboles vagaban las ardillas, mapaches y ardilagos. También se divisaba algún que otro milano, murciélago y se podía escuchar a un búho. Aparte se oían otros sonidos provocados por animales desconocidos para ella.
Llevaba dos horas de aburrida y pesada vigilancia, cuando escuchó el ruido de ramas que se rompían. Al instante se levantó como un resorte y se puso a escudriñar las sombras en busca de la fuente del ruido, pero no vió nada y se volvió a sentar.
Nada más hacerlo, un hombre apareció por detrás y la inmovilizó. No podía verle la cara porque iba completamente tapado por una capucha oscura y un temor profundo la invadió, pero la dio fuerzas para enfrentarse a su atacante. Así, revolviéndose como una tigresa, consiguió zafarse de sus brazos y, dándose la vuelta, le lanzó una certera patada en el estómago, dejándolo sin respiración.
El hombre se dobló, completamente ahogado, y empezó a buscar un lugar donde poder descansar y recuperar la respiración. Amapola aprovechó esos instantes para sacar la daga que tenía oculta y se fue acercando al enemigo por la espalda. Estaba a punto de clavarle la daga en el cuello, el otro estaba apoyado en una roca, intentando restablecerse, sin darse cuenta del peligro, cuando una mano la agarró la muñeca evitándolo.
Ella, sin perder la calma, se giró al instante con fuerza, librándose de la mano opresora y describiendo una curva con la daga, que iba directa a por su nuevo enemigo. Por desgracia este tenía buenos reflejos y se agachó a tiempo de que la daga no le destrozara el cuello, sin embargo no se libró de un rodillazo que Amapola le dio, destrozándole la nariz, cuando se agachó.
El hombre se cayó hacia atrás de culo, con la nariz chorreándole sangre, y la capucha se le fue hacia atrás, desvelando su rostro. Se trataba de un joven de su misma edad con el pelo rubio y largo y unos hermosos ojos azul claro, nariz respingona, labios sonrosados y un cuello pequeño. Las orejas, que eran picudas, la indicaron que se trataba de un elfo, subespecie del hombre, creado por cambios genéticos hacia ya muchos siglos en la antigua era, que es más pequeña que el hombre pero más veloz, ágil y hábil.
-¿Dónde están mis hijos elfito?- Preguntó echando chispas por los ojos. No la hacía falta mirar hacia el refugio para saber que sus hijos ya no estarían allí. El elfo por toda respuesta la miró de arriba abajo y sonrió, irritándola aún más- Te he preguntado que dónde están mis hijos.
-¡Mata a esa zorra de una vez!- Gritó el primer hombre, que todavía no se había recuperado- ¿Tanto te cuesta derrotar a una chica Elaphus?
-¡Cierra el pico!-Le espetó el otro- No todos los días puede uno enfrentarse a tan valiente marquesita- Añadió con sorna.
-Asi que Elaphus ¿Eh? Que nombre tan valeroso para tan gallardo guerrero- Contestó ella.
-Además de valiente y fuerte con lengua afilada- Dijo Elaphus mientras se levantaba. Al verle de pie Amapola no tardó ni un segundo en sacar su otra daga- ¡Claro! ¡Cómo no! Tenías que tener más armas- Añadió quitándose el cinturón en el que guardaba la vaina con su espada.
-¿Qué haces?- Preguntó su compañero.
-Hacer un combate justo- Respondió Elaphus sacando sus dagas- Quiero disfrutar de un baile con la dragona más bella de estos contornos- Ante este comentario Amapola ni se inmutó- ¿No te sorprende que sepa quién eres?
-¿Qué otra razón os impulsaría a atacar a una mujer con sus hijos perdidos en el bosque, sino la recompensa que seguramente os habrá prometido Adelardo del Valle?
-Tienes razón en que Adelardo ha puesto precio a vuestra captura. Pero no lo hacemos por él- Contestó Elaphus- Hay otra gente interesada en ti y que nos envía para llevarte con ellos pacíficamente, aunque si quieres luchar… Yo siempre estoy dispuesto a un buen combate- Por toda respuesta Amapola se puso en posición de combate- Aunque antes deberías pensar en tus hijos, que ahora están custodiados por varios de mis hombres, quienes, si me pasa algo, no sé lo que les harían.
Amapola se le quedó mirando. Tenía razón. No podía atacar sin pensar. Sus hijos estaban atrapados por esos hombres y corrían un grave peligro. Además, el tipo quería llevarla pacíficamente. Así que ¿Por qué derramar sangre innecesaria? Ya se escaparía en una ocasión propicia. Tras pensar esto se guardó las dagas.
-¡Bien! ¡Veo que además eres lista!- Contestó Elaphus guardándose las dagas y poniéndose el cinturón- Ese de ahí que todavía no se ha recuperado de tu golpe es Ursus. Y ahora vamos con tus hijos- Añadió poniendo la palma hacia arriba para llevarla agarrada de la mano.
Ella se quedó mirando la mano extendida e ignorándola empezó a caminar hacia delante, arrancándole una sonrisa a Elaphus, que enseguida se colocó a su lado marcando el camino.
No tardaron en cruzar unos arbustos y llegar a un pequeño claro, en el que Elaphus y sus compañeros habían levantado un campamento. Las tiendas, construidas con ramas y hojas, se encontraban en círculo rodeando una hoguera. Delante de cada tienda había un grueso tronco, a corta distancia de la hoguera, donde se encontraban los hombres de Elaphus, custodiando a los hijos de Amapola, que estaban atados a uno de los troncos.
-¿Qué os ha pasado?- Preguntó Elaphus a dos hombres que se curaban heridas de arma blanca.
-¡Eso!- Exclamó uno de los hombres señalando a Rodrigo y a Sol- Esos hijos del demonio nos han atacado con puñales que llevaba escondidos.
-¡¿Y qué pensabais?!- Exclamó Elaphus mirando a sus hombres-¿Qué se dejarían coger fácilmente? ¡Por el amor de Fauna! Es la familia del  “Dragón Dorado”. No son inofensivos y tienen fuego en las venas. Ahora ¡Soltadlos! Esta encantadora y delicada señorita- Dijo señalando a Amapola y sonriendo ante la mirada fulminante que esta le lanzó- ha accedido a acompañarnos pacíficamente.
Los hombres soltaron a los pequeños, que enseguida se refugiaron en los brazos de su madre.
-¿A dónde nos lleváis?- Preguntó mirando a Elaphus por encima de las cabezas de sus hijos.
-Al templo de Fauna, querida- Respondió Elaphus.

viernes, 11 de octubre de 2013

CAPÍTULO III Drakon y su reina

Tras una semana de travesía sin ningún incidente, cosa extraña en sus viajes, el Dragón Dorado avistaba la niebla espesa que rodeaba la isla Drakon, cuya cima, el volcán Mercurio, se elevaba dos mil metros por encima de la espumosa superficie del océano Azul, que se extendía desde las costas de Acirema hasta las de Aporue y bañaba por el sur las de Acirfa.
Esta espesa niebla, que impedía ver a más de cinco metros de distancia, era la responsable de que la isla Drakon siguiera siendo nada más que una leyenda, ya que cubría una enorme multitud de gigantescas rocas puntiagudas entre las que se formaban fuertes corrientes de agua y terribles remolinos, que llevaban a cualquier barco que se atreviera a cruzar la niebla hasta las oscuras profundidades del mar.
Los únicos que conocían a la perfección la ubicación de las rocas, de las corrientes y de los remolinos eran los bravos piratas del Dragón Dorado, que sin temor se adentraban en la niebla. El barco, manejado hábilmente por Atlantes, utilizaba las corrientes y el empuje de los remolinos para cruzar entre las rocas, que se elevaban por sus dos costados, y esquivar los restos de los barcos estrellados, que llenaban el mar de madera, restos de vela, cabos, palos y cajas vaciadas por los habitantes de Drakon, contra las rocas.
Sentado a horcajadas sobre el bauprés, cuyas velas, al igual que las del resto del barco, se habían replegado al entrar en la niebla, se encontraba Mercurio, un joven musculoso e intrépido de quince años con el pelo castaño, ojos verde vivos y unos rasgos fuertes, que solo llevaba unos calzoncillos dorados, bastante ajustados, y lucía en la espalda el tatuaje de un dragón.
Este muchacho, que tenía una vista prodigiosa, era el primero en divisar las rocas y el encargado de avisar a Atlantes previniéndole de la roca que era, ya que sabía diferenciarlas, para que el magnífico timonel virara hacia el lado en el que se encontraba la corriente marina o bien para coger el impulso de algún remolino, que lanzaban al barco hacia delante como un tirachinas.
-Ten cuidado- Le dijo Alfredo, apoyado en la quilla del barco con Furioso a su lado, a Mercurio.
-No te preocupes tío Alfri- Contestó Mercurio con voz cansada, ya que Alfredo llevaba diciéndole lo mismo desde hacia un buen rato.
-Alfredo no te preocupes y deja tranquilo al chico- Le dijo Alejandro sentado en una pequeña mesa con Santiago enfrente, mientras jugaban una partida de dados.
-¡Claro! Y que le pase algo ¿Te imaginas lo que me haría mi hermana entonces?- Preguntó Alfredo provocándoles escalofríos a sus dos compañeros.
-Mejor no pensarlo- Respondió Santiago- Si hay alguien peor que tú es Antígona.
-Le has oído ¿No?- Le dijo a Mercurio.
-Si, Alfri- Respondió el chico con voz cansina.
-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así? Debes de tratar…
-¡La roca de Drogo!- Gritó de repente Mercurio con todas sus fuerzas, cortando a Alfredo.
Al instante Atlantes, desde la otra punta del barco, viró a estribor y el barco dio un bandazo, señal de que había entrado en una corriente, impulsándose hacia delante. Unos segundos después el barco pasaba al lado de una gigantesca roca con la forma de un Dragón iniciando el vuelo.
-Como te estaba diciendo- Dijo para llamar la atención de su sobrino- Debes de tratarme con respeto. Puede que sea tu tío pero también soy tu capitán y no deberías de olvidarlo.
-Como digas capi Alfri- Contestó Mercurio con una sonrisa traviesa.
-Esa sonrisa debe de ser herencia de familia- Dijo Santiago riéndose junto a Alejandro hasta que Alfredo se volvió hacia ellos con cara de pocos amigos- Buena jugada Alex.
-Gracias- Contestó Alejandro, mientras tiraba los dos dados que quedaban haciendo un repoquer, que hizo que en su rostro apareciera una radiante sonrisa- Esto es lo mío.
-Para mi desgracia- Dijo Santiago asumiendo que tenía la partida perdida.
-¿Vas a bajar?- Le preguntó a Mercurio.
-No.
-¿Te vas a vestir?
-No.
-¿Algunas vez harás algo de lo que te digo?
-No.
-Eres insufrible- Dijo Alfredo haciendo un gesto de cansancio con las mano.
-Me vendrá de familia ¡Darcy!
Tras el potente grito el barco viró a babor, cogiendo el impulso de un remolino y pasando, al cabo de pocos segundos, al lado de una roca con la forma de un dragón acostado.
-Dentro de poco llegaremos a Drakon- Dijo Mercurio bajándose del bauprés.
-Vistete antes de ir a ver a tu madre- Le dijo cuando pasó por su lado.
-Vale. Lo que tu digas- Contestó Mercurio sin hacerle mucho caso.
-Ese chico va a acabar con vosotros- Le dijo Santiago, quien acababa de perder la partida.
-Tampoco es tan malo- Contestó Alejandro.
-No me digas que ahora te gusta mi sobrino. Tiene la edad que tanto te gusta- Le dijo mordazmente.
Alejandro abrió la boca para contestar algo, pero se lo pensó mejor y en su lugar se levantó y bajó a cubierta. Tras unos segundos Santiago lo siguió, dejando a solas a Alfredo.
El barco surcaba las aguas, balanceándose con las olas, mientras atravesaba la espesa niebla, que lo envolvía por completo y tapaba la parte superior de los palos, las cofas y las velas más altas.
Tal y como había dicho Mercurio, en pocos segundos la niebla empezó a desaparecer y el sol volvió a iluminar el barco, permitiendo a Alfredo ver la bahía de los delfines en el extremo sur de la isla.
La bahía se encontraba entre dos altos acantilados, en uno de los cuales, en el de la derecha, estaba la enorme torre vigía, que también servía de faro, mientras que en el acantilado de la izquierda se encontraba el castillo de la reina de la isla.
Pegado al acantilado de la derecha se encontraba el puerto, que estaba lleno de las pequeñas barcas de los pescadores, atadas mediante cabos a una superficie de madera que se adentraba en el mar. Seguidamente, una ancha playa de arena fina se extendía desde el puerto hasta la desembocadura de un río, que formaba un pequeño delta rico en marisco y aves acuáticas. Al otro lado del río había un espeso y frondoso bosque, que se extendía por toda la isla y llegaba hasta el otro acantilado, en cuyos orificios y resquicios las gaviotas y cormoranes hacían sus nidos.
Tras la playa se encontraba la aldea de los piratas, en la que residían junto a sus familias y habitantes de la isla. La primera línea de casa, que se encontraba a diez pasos de la playa, estaba compuesta por las casas de dos pisos de madera con tejados de paja de los pescadores y marisqueros. Seguidamente estaban las casas, también de dos pisos, pero de piedra gris con tejados de madera, del resto de habitantes de la isla y, al final del pueblo, estaban las granjas y los extensos campos de cultivo, que se extendían hasta la falda del volcán.
El enorme volcán, que se encontraba hacia el sur de la isla, se elevaba hacia arriba intentando tocar el firmamento. Esta monstruosa fuerza de la naturaleza, que se encontraba inactiva, estaba invadida por el gigantesco bosque que poblaba la isla y su abrumadora boca, que antaño escupía rocas llameantes y ríos de lava ardientes, ahora no era más que un profundo lago, cuyas aguas descendían por los túneles y canales, excavados en otro tiempo por los impetuosos ríos de lava, y fluían por toda la isla hasta desembocar en el río o confluir en las tierras pantanosas del norte, desde donde se precipitaban con un enorme estruendo al mar, tapando el bramido del oleaje, y formaban una imponente cascada, que tapaba la entrada de una oscura y tenebrosa cueva, que finalizaba en un lago y en la que guardaban todos sus tesoros.
Nada más encontrarse fuera de la niebla, el barco fue rodeado por los delfines que vivían en aquellas aguas y que saltaban por encima de las olas, aprovechando las estelas del barco.
Mientras Furioso, meneando la cola con alegría, intentaba coger uno de los delfines, la torre vigía divisó el barco y no tardó en hacer sonar las campanas, cuyo sonido se propagó por toda la bahía, rebotando en las rocosas paredes de los acantilados y avisando a los habitantes de su llegada.
El puerto poco a poco se fue llenando de gente de todas las edades, que recibieron a los piratas con fuertes aplausos y multitud de aclamaciones. A medida que el barco se acercaba, las aclamaciones se podían escuchar con mayor claridad y Alfredo mandó hacer sonar todos los cañones del barco, que produjeron un sonido ensordecedor.
A los diez minutos, el espléndido buque atracaba en el muelle y enseguida el ancla fue echada a la mar. Alfredo dio las órdenes pertinentes para buscar alojamiento a los esclavos rescatados en Veguinia y junto a Alejandro, Santiago, los gemelos y Mercurio se dirigió hacia el castillo de su hermana, llevando consigo a Procopio, quien fue increpado por la masa de gente.
El pequeño contingente cruzó el pueblo y emprendió la marcha por el camino que unía los principales puntos de la isla. Uno de estos puntos era la ciclópea fortaleza en la que se alojaban los piratas, cuando no estaban en la mar, para defender la isla por si algún barco lograba atravesar la niebla, cosa que nunca ocurría.
La fortaleza era un recinto cuadrangular, que contaba con dos altas torres, que se elevaban por encima del resto de los edificios de la ciudad, en la zona sur. La única entrada era una puerta doble, protegida por fuertes y gruesos barrotes de hierro, a los que se llegaba tras subir cuatro peldaños. Las ventanas no eran sino pequeñas saeteras desperdigadas por sus cuatro lados, a excepción del enorme ventanal del despacho de Alfredo, que daba a un pequeño balcón.
 Desde la fortaleza, que se encontraba en la plaza, partían una serie de caminos que llevaban al resto de lugares de la isla. El de la izquierda, que fue el que tomaron, llevaba al castillo, cruzando el río a través de un pequeño puente de piedras verdes y atravesando el bosque de avellanos, castaños y robles, que servían de refugio a multitud de animales y pájaros, que con sus sonidos y cantos los acompañaron durante el trayecto.
Tras atravesar el bosque, el camino llegaba a una encrucijada, si se tomaba el camino de la izquierda, que fue lo que hicieron, se llegaba al castillo, y si se tomaba el de la derecha se llegaba a una pequeña iglesia.
El camino se elevaba junto al acantilado, adquiriendo cada vez más pendiente y dificultando el ascenso, sobre todo para Procopio, que acabó siendo arrastrado por Roberto y Ricardo, que lo llevaban agarrado pos las muñecas mediante cadenas. Detrás de los gemelos iban Alejandro y Santiago vigilando que Procopio no se escapara, cosa improbable por no decir imposible, y delante Alfredo con Furioso a la derecha y Mercurio a la izquierda.
El castillo, a medida que se acercaban, iba aumentando de tamaño y belleza. Tenía forma rectangular y contaba con varias partes que iban disminuyendo de tamaño pero aumentaban en altura y sus materiales cambiaban.
El castillo a medida que se acercaban  a el iba aumentando en poderío y belleza. Estaba construido con enormes bloques de ojo de tigre y de carneola, que brillaban con intensidad debido a su fino pulido, mientras que sus torres circulares de ojo de gato y de buey lanzaban hermosos destellos. Las torres acababan en un cono recubierto con tejas doradas como el sol.
Esta, que era la parte exterior del castillo, contaba en su fachada principal con una impresionante balconada, que se sujetaba por medio de columnas de aguamarina, que brillaban como un mar en calma, apoyadas sobre una escalinata de azabache, con barrotes de oro entre los que había vistosas flores. Entre las columnas se encontraba la doble puerta de ámbar, que era protegido por ocho hombres armados.
-¡Bienvenido a casa señor!- Rugieron los hombres cuando vieron llegar a Alfredo- Su hermana le está esperando en el salón del trono- Añadió el que parecía el jefe, que tenía un casco al estilo romano con una cresta de pelo de caballo azul.
-Gracias- Contestó mientras dos de los hombres le abrían la puerta del suntuoso castillo.
La sala en la que se encontraron era una enorme estancia construida completamente con azabaches, menos las dos barandillas de las escaleras ubicadas a ambos extremos de una puerta de cristal negro. A ambos lados había dos puertas que llevaban a diferentes estancias del castillo. Las escaleras llevaban a un primer piso, que se observaba a través de una galería abierta a la entrada, y del techo colgaba una lámpara con forma de dragón.
El pelotón cruzó la puerta central y se internó en un enorme corredor que llevaba las entrañas del castillo. El suelo, compuesto por infinidad de materiales de todos los colores, estaba cubierto por una alfombra roja. Las paredes estaban divididas mediante columnas adosadas, que formaban una bóveda decorada con frescos de las hazañas del “Dragón Dorado”.
Los materiales de las paredes iban cambiando a medida que se acercaban al corazón del castillo, hasta que llegaron a la torre central, hecha por completo con diamantes, y cruzaron la puerta circular de diamante transparente, que llevaba al salón del trono, corazón del castillo.
El suelo era de diamantes azules, menos en el centro, donde había una doble hilera de diamantes rojos, que llevaban hasta la escalinata de diamantes verdes, en la que estaban los tronos amarillos de la reina, el rey y sus hijos. Las columnas, de diamante rosa, tenían una base constituida por cuatro dragones morados y un capitel con forma de barco violeta, que soportaban los arcos marrones.
Solo estaba ocupado el trono de la reina, Antígona, hermana de Alfredo. Era una mujer de unos treinta años, alta como un gigante y con más musculatura que la mayoría de los hombres. Su pelo era rojo en la raíz, naranja en el centro y amarillo en las puntas y lo llevaba atado en la nuca por medio de una coleta, que le colgaba por toda la espalda. Sus ojos, que eran azul marino en la pupila y violetas en el iris, lanzaban destellos relampagueantes, que podían paralizar al más fuerte de los hombres y a la más peligrosa de las fieras. Sus rasgos eran duros y temibles y dos gigantescas cicatrices, producto de sendos latigazos, surcaban su rostro formando una X, cuyo centro se encontraba en la nariz.
En dos pequeñas mesas, colocadas a los pies de la escalinata del trono, se encontraban los ocho consejeros de la reina. Todos ellos antiguos piratas a las órdenes de su abuelo, asesinado durante el asedio a Amor, y poseedores de una gran sabiduría, obtenida en sus muchos años a bordo del “Dragón Dorado” y de haber librado incontables y sangrientas batallas.
-Me alegro de volver a verte hermana- Dijo parándose delante de ella.
-A mi también Alfredo- Contestó Antígona sin mirarle. Desde que habían entrado en la sala su fría mirada se había centrado como un águila sobre Procopio, a quien no quitaba su furiosa mirada de encima- ¿Es él?
-Sí. Así es- Respondió mirando a un maltrecho Procopio, destrozado por llevar una semana soportando tortura tras tortura y humillación tras humillación, atado en la cámara de proa del barco- Te traigo la vida del que acabó con la de nuestro hermano.
Antígona se levantó del trono cuan larga era y bajó las escaleras, haciendo resonar sus negras botas por todo el salón. Toda la ropa que llevaba era de cuero negro, en la cintura tenía una vaina, de de la que sobresalía la empuñadura negra con forma de dragón de su espada, y sobre la cabeza lucía una corona de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
A paso lento y con andares felinos se fue acercando a Procopio, que fue levantado de un fuerte tirón por los gemelos. Cuando estuvo a su altura, mirándole directamente a los ojos, lanzó su mano derecha hacia delante y agarró la entrepierna de Procopio como si fuera una tenaza, apretando y retorciendo, hasta que se le marcaron las azules y oscuras venas de su brazo.
El horrible chillido de Procopio se propagó por todo el salón e hizo temblar a todos los hombres de la sala, a excepción de los ocho consejeros, acostumbrados a oir semejantes gritos.
-Mañana a estas horas me vas a pedir volver al “Dragón Dorado” para que sean ellos los que te torturen- Le dijo lanzando llamas por los ojos y mirándole directamente a sus ojos llorosos.
Cuando lo soltó, Procopio se cayó hacia delante, completamente inconsciente debido al intenso dolor que había tenido que padecer, y tuvo que ser sujetado por los dos gemelos.
-¡Lleváoslo a la última celda!- Les ordenó con una potente y furibunda voz, que había que estar loco para desobedecer. Cuando se llevaron a Procopio recuperó la calma y se volvió a Alfredo- ¿Dónde está el cuerpo de Perseo? Quiero preparar su entierro cuanto antes.
-No lo tengo- Respondió con rencor y tristeza- No estaba en Veguinia.
-Entonces ¿Dónde está?- Preguntó Antígona rechinando los dientes y más furiosa que antes.
-Procopio se lo dio hace cinco meses al Duque de Cristal y ahora puede estar en otro sitio- Respondió mientras su hermana enrojecía de ira y lanzaba un potente rugido, que no auguraba nada bueno para su nuevo preso- He venido a dejarte unos esclavos rescatados y me iré. Amapola y mis hijos están secuestrados en manos de Adelardo y su familia. Tengo que ir a rescatarlos.
-Ve. No te lo voy a impedir- Dijo su hermana comprensivamente- Además el Castillo de Cristal no queda lejos de la familia Valle.
-Lo sé y tengo intención de hacerles una pequeña visita de cortesía a sus habitantes- Contestó con una sonrisa endiablada a la que se unió su hermana- ¡Adiós hermana!
-¡Adiós hermano! Procura regresar con el cuerpo de Perseo.
-No tengo intención de volver sin él.
Tras la despedida se dio la vuelta y regresó por donde había venido con la mente puesta en rescatar a su familia y el cuerpo de su hermano y reducir a cenizas las ciudades en las que se refugiaban los que habían contribuido a su separación.

miércoles, 28 de agosto de 2013

CAPITULO II: La fuga de Amapola

Después de haber dormido durante dos horas, tras la llegada de sus hombres, y de haber mandado poner rumbo a Drakon, la isla en la que tenían su refugio, se despertó, se levantó y abrió la ventana dejando que la fresca brisa marina acariciase su piel desnuda y que la luz bañase su habitación.
            Tenía la enorme cama de oro con mantas y sabanas doradas ubicada en el lado derecho de la puerta, según entrabas en la habitación, y delante de esta un monstruoso armario con toda su ropa. Encima de la cabecera de la cama, colgado de la pared, había un retrato suyo y de Amapola en los jardines de Torre Blanca, pintado por Perseo, y a los pies había una puerta para pasar al baño compartido con la habitación de Perseo, que ahora era la de Oscar.
            El suelo, construido con tablas doradas, estaba cubierto por una alfombra dorada con la forma de un dragón y el techo era un bonito dibujo de todas las constelaciones con una luna llena en el centro, de la que colgaba una lámpara con la forma del barco.
            La ventana, desde la que observaba el horizonte, estaba al lado del armario ropero y al otro lado de esta había un gigantesco armario, que haciendo escuadra, también ocupaba la pared izquierda de la habitación, en el que guardaba todas sus armas.
            El resto de la habitación, es decir, el lado izquierdo de la puerta, estaba ocupado por un entretejido de troncos en los que dormía Furioso.
            Se vistió, poniéndose una camisa dorada de mangas cortas y un pantalón vaquero dorado, con un cinturón marrón y una hebilla plateada, mientras Furioso se desperezaba, consultó su reloj, descubriendo que eran las diez de la mañana y que había dormido dos horas, y salió de la habitación seguido de su fiel compañero.
            Cruzó el pasillo, deteniéndose para ver como estaba Oscar, quien dormía placidamente y tranquilo como un bebe, y salió a cubierta. Después se dirigió a proa, saludando a los piratas con los que se encontraba, atravesó la puerta secreta que había detrás de las escaleras y que se abría empujando un tablón que tenía una mancha con forma de Dragón, y llegó a la cámara de proa, que era la sala de torturas.
            -¡Oh si!- Gritó Roberto, justo cuando cerraba la puerta, corriéndose en la boca de Procopio.
              La sala, que ocupaba todo el castillo, era oscura debido a que no tenía ninguna ventana y la poca luz que había provenía de las pequeñas lámparas de aceite que colgaban del techo. Las paredes estaban ocupadas por armarios en los que se guardaban las herramientas de tortura y desperdigadas por todo el lugar había máquinas de pesadilla, que harían gritar al más fuerte de los hombres.
            Sin embargo había un lugar que estaba libre de estos elementos. En la esquina izquierda de la pared que estaba delante de la puerta se encontraba el lugar en el que ataban a sus presos, que se componía de una pequeña bañera, pegada a la pared izquierda, una serie de ganchos en la pared y una vieja cama. Enfrente de los ganchos había una pequeña mesa de madera cuadrada con tres minúsculos taburetes redondos.
            En esos momentos, de los ganchos partían fuertes cadenas de hierro que se ataban a las muñecas y tobillos de Procopio, quien se encontraba arrodillado delante de Roberto y, además, tenía un collar de cuero negro, que tenía una correa por detrás, atado fuertemente a su cuello.
            Roberto, a pesar de haberse corrido, seguía bombeando en la boca de Procopio, ahogándolo con su semen, y Ricardo observaba la escena medio tumbado en la cama, con signos evidentes de haber disfrutado de Procopio, mientras Alejandro y Santiago se entretenían jugando una partida de ajedrez en la mesa, a donde se dirigió.
            -¿Quién va ganando?- Les preguntó sentándose en el taburete libre, que estaba enfrente de Procopio.
            -Santiago- Respondió Alejandro lanzando un quejido al ver como su contrincante le comía la dama con un caballo- Es demasiado bueno para mí.
            -Oh tú eres demasiado malo para este juego- Le dijo Santiago con una sonrisa burlona.
            -¡Oye! Una cosa es que me venzas pero no me acuchilles después de muerto- Replicó Alejandro.
            -La vedad ofende ¿Eh?- Le dijo para pincharlo aún más.
            -¿Desde cuando estás en mi contra?- Preguntó Alejandro volviéndose hacia él.
            -Desde que sé que te tirabas a mi hermano- Respondió con seriedad haciéndolo enrojecer-¿Has acabado?- Le preguntó luego a Roberto- Quiero hablar con él.
            -Espera un momento más- Respondió Roberto sin dejar de bombear en la boca de Procopio, que estaba morado, por la poya que tenía en la boca y el semen que le llenaba la garganta y le salía por las comisuras de los labios.
            -Estos dos para el sexo son como dioses- Comentó Santiago volviendo a centrarse en la partida.
            Alfredo solo pudo darle la razón con un asentimiento de cabeza. Los dos gemelos habían sido el noveno y décimo hijo de un matrimonio de humildes campesinos de Setop, que los vendió a los tres años a una familia de ricos comerciantes de Rednatnas, en cuya casa sirvieron como esclavos durante siete años.
            Cuando tenían diez años, Rednatnas sufrió el ataque de la flota de los marqueses de Oablib, donde acabaron en manos de un cruel comerciante, que les dejó las marcas de latigazos que ahora lucían en sus espaldas, y fueron pasando de mano en mano hasta acabar en Anolecrab.
            Allí fueron adquiridos por la duquesa de Anoladab, quien los convirtió en esclavos sexuales en su palacio y les obligó a prostituirse con todo aquel que quisiera sus servicios, pagando previamente a la duquesa un dinero que ellos nunca vieron, durante los años que estuvieron con ella.
            Tenían quince años cuando Anoladab fue atacada por su padre, ya que tenía una cuenta que saldar con el marido de la duquesa, quien los liberó, los llevó al barco y los incluyó en su tripulación, donde encajaron a la perfección.
            Por eso ninguno de los dos dudaba a la hora de arriesgar su vida para salvarlo, a pesar de sus quejas y replicas. Pensaban que, debido a que su padre los había liberado, estaban en deuda con él y, como estaba muerto, la saldaban protegiéndolo.
            Esta forma de pensar hacía que sintieran que habían fallado a su padre, al no haber impedido el fatal desenlace de Perseo, y sentían una enorme frustración, o al menos eso pensaba él, que pagaban en Procopio, quien, por cierto, estaba a punto de morir ahogado.
            -¡Roberto! ¡Ya vasta!- Le ordenó levantándose.
            -Si señor- Contestó este sacando su polla de la boca de Procopio, que enseguida escupió todo el semen que tenía y respiro con grandes bocanadas- Luego volveré- le dijo Roberto acariciándole los testículos- Todavía no hemos acabado.
            Roberto se tumbó en la cama, al lado de su hermano, y él se fue acercando a Procopio hasta detenerse a medio metro de él, mientras Alejandro y Santiago dejaban la partida para presenciar el espectáculo.
            -¿Te has divertido?- Le preguntó con sorna.
            -La verdad es que no. Tus muchachos no saben follar como es debido- Respondió Procopio, todavía respirando con dificultad, levantando la cabeza y mirándolo con odio.
            -No te preocupes, eso se puede arreglar ¿Verdad que si chicos?- Preguntó a los dos gemelos, que por toda respuesta sonrieron lujuriosamente.
            -¿Por qué no me matas de una vez y acabamos con esto?- Le preguntó Procopio.
            -Pensaba hacerlo. Lentamente, pero acabarías muriendo- Respondió arrodillándose delante de él para mirarlo directamente a los ojos- Sin embargo hay un pequeño problema. Armando, uno de mis mejores guerreros, me ha informado de que el cuerpo de mi hermano no estaba en la ciudad. Me gustaría que me dijeras donde está.
            -Cortado en cachitos en la barriga de los perros del castillo- Contestó Procopio con una sonrisa antes de recibir un fuerte puñetazo, que le llenó la boca de sangre, que tuvo que escupir a un lado.
            -¿Dónde está?- Volvió a preguntar lentamente y con una voz que indicaba que no aguantaría bromas ni chanzas.
            -Seguro que en tu lecho- Respondió Procopio sonriéndole burlonamente- Apuesto a que te divertías con él todas las noches- Añadió antes de recibir todo un ejército de puñetazos que le destrozaron la cara.
            -Esas palabras te vana costar muy caras- Le dijo rodeándole el cuello con una mano y levantándole la cabeza para mirarlo a los ojos- Y te puedo asegurar que me dirás donde está el cuerpo de Perseo.
            -No te lo puedo decir porque no lo sé- Contestó Procopio al borde de la inconsciencia con la boca y nariz rotas y el ojo derecho morado- Se lo di hace cinco meses al duque del Castillo de Cristal.
            -¡¿Cómo?!- Tronó echando humo por la nariz como un toro embravecido.
            -Acaso te pensabas que iba a tener el cuerpo de tu hermano para siempre. Son muchos los que odian al gran Dragón Dorado y muchos los que quieren vengarse utilizando el cuerpo de tu hermanito.
            -Lleváoslo a la enfermería y luego lo traéis aquí para divertiros- Les dijo a Alejandro y a Santiago- Ricardo vete al comedor a ver como están nuestros invitados. Roberto conmigo.
            Dadas estas órdenes salió seguido de Roberto a la cubierta, sin dejar de pensar en las palabras de Procopio ¿Cómo había podido ese gusano dar el cuerpo de su hermano a Aniceto, el duque del Castillo de Cristal, el lugar más depravado de esos contornos? Por todos era sabido que Aniceto metía en su lecho a sus hermanos y hermanas, con las que tenía hijos, a los que también metía, cuando cumplían trece años, en su cama, que a su vez seguían los pasos de su padre. Además los hombres que tenía a su cargo se tiraban a cualquier cosa que tuviera vida, se decía que algunos incluso fornicaban con los árboles. A si que ¿Por qué no iban a hacerlo también con el cuerpo de su hermano?
            En estos pensamientos iba sumergido cuando llegó a la habitación de Oscar y entró, echándolos a un lado por el momento.
            Oscar estaba despierto y de pie delante del espejo del armario, viendo como le quedaba la ropa de Perseo, lo que lo dejó paralizado durante unos instantes.
            -Siento mucho haberme puesto la ropa de Perseo- Dijo Oscar atropelladamente al ver su reacción- Pero no tenía ropa y no sabía que ponerme.
            -Tranquilo. No pasa nada. Nadie iba a usar esa ropa y estoy seguro de que Perseo hubiera querido que te la quedaras tú- Contestó.
            -Gracias ¿Cómo están los chicos que estaban conmigo?- Preguntó Oscar sentándose en la cama con preocupación.
            -Bien. De ellos quería hablarte- Respondió sentándose a su lado- Cuando lleguemos a Drakon tendremos que dárselos a alguien que los lleve a un lugar seguro.
            -Con alguno te podrías quedar- Le dijo Oscar- Beltrán es vidente y su hermano Camilo puede leer el pensamiento. Luego están Dael, que es un excelente guerrero, y Eloy, que tiene una puntería envidiable. También hay un inventor Isaías, que podría serte de utilidad, y un hipnotizador, Lázaro. Ah, casi se me olvidaban los gemelos Magno y Nerón, que querían unirse a ti.
             -¿Los gemelos son unos chicos con el pelo naranja y los ojos verdes?- Preguntó Roberto desde la puerta.
            -Si- Respondió Oscar.
            -¿Los conoces?- Le preguntó a Roberto.
            -Desde que han entrado al barco no han parado de repetir que querían hablar contigo, supongo que para pedirte unirse a la tripulación- Respondió Roberto.
            -¿Cómo sabes eso si estabas con Procopio?- Preguntó.
            -Me lo ha dicho Pascual, que fue a darles algo de ropa.
            -¿Valdrían?
            -Yo creo que si. El problema sería donde alojarlos en el barco.
            -Podrían compartir habitación- Dijo Oscar.
            -Yo no lo veo mala idea- Aprobó Roberto- Si quieres tú y yo podemos compartir habitación.
            -Roberto- Dijo con tono de advertencia.
            -Por mi bien- Contestó Oscar sorprendiendo a Alfredo.
            -Ves- Le dijo Roberto a Alfredo con una inmensa sonrisa- Al chico le parece buena idea.
            -El chico acaba de pasar por una mala experiencia y no sabe lo que dice- Replicó.
            -Se perfectamente lo que digo- Replicó a su vez Oscar.
            -No te preocupes Alfredo. Lo cuidaré muy bien- Dijo Roberto tumbándose en la cama mirándolos.
            -Eso es lo que me preocupa- Contestó temeroso del interés que perecía tener Roberto en Oscar.
            -No tienes por que ¡Hala, vete! Oscar y yo tenemos mucho de lo que hablar- Le dijo Roberto haciéndole un gesto con la mano para que se fuera.
            -Recuerda que soy tu capitán Roberto. Vigila como me tratas- Contestó achicando los ojos.
            -Lo siento- Se disculpó pero sin borrar la sonrisa- Ven Oscar, túmbate a mi lado- Le dijo a este, que se tumbó a su lado sin dudar ante un sorprendido y preocupado Alfredo- Él no está preocupado.
            -Tú verás lo que haces- Le dijo a Oscar viendo que no podía impedirlo para luego dirigirse a la puerta.
            Cuando ya estaba a punto de salir a cubierta, Roberto salió y lo detuvo.
            -Espera- Le dijo dándole la vuelta- Mira. Sé que Oscar es especial porque es el hermano de Amapola y tú le quieres mucho. Pero también sé que moriría antes que hacerle daño.
            -¿Te gusta de verdad?- Preguntó sorprendido- Si no lo conoces.
            -Por eso quiero conocerle- Contestó Roberto- Teniendo en cuenta como soy es normal que estés preocupado. Pero esa forma de ser no me gusta, es más, la odio.
            -Vaya. Jamás me lo habría imaginado- Dijo pillado por sorpresa- ¿Y crees que Oscar te puede ayudar a cambiar?- Dijo más como afirmación que como pregunta.
            -Eso es. Siempre y cuando tú lo permitas.
            -De acuerdo- Dijo tras pensarlo unos instantes.
            -Gracias. Te lo agradezco- Contestó Roberto antes de volver a la habitación.
            Alfredo salió a cubierta y subió por las escaleras al puesto de mando, donde saludó a Atlantes, su timonel, y se apoyó en la barandilla para vigilar a su tripulación, con la sensación de que lo que acababa de pasar había sido un sueño.
            Pensaba que conocía a su tripulación, pero por lo visto se equivocaba ¿Quién iba a imaginar que Roberto buscaba el amor? Con lo mal que lo había pasado siendo esclavo sexual pensaba que no creía en ello y que por eso disfrutaba del sexo como se podría disfrutar de un libro.
Ahora resultaba que odiaba esa forma de ser y quería cambiar y, siendo sinceros, Oscar, con su forma de ser podría lograrlo. De lo único de lo que no estaba seguro era de si Oscar tendría las fuerzas suficientes para limpiar el pasado de Roberto.
             -Alfredo- Oyó que lo llamaba Alejandro desde las escaleras.
            Ya no lo volvería a ver con los mismos ojos. Pensaba que era su hermano y ahora resultaba que había estado manteniendo una aventura con Perseo. En realidad, ahora que le había dado vueltas al tema, lo que le molestaba era que no se lo hubieran contado, aunque, claro que viendo la reacción que había tenido al enterarse, igual habían hecho lo correcto.
            ¿Pero en que estaba pensando? Tendrían que habérselo contado. Asi, a lo mejor, lo hubiera entendido más fácilmente. En cambio, ahora, le costaba asumir que sus dos hermanos habían estado ocultándole su amor durante cinco años, cosa que habían hecho muy bien, por que él no lo había ni llegado a sospechar.
            -Dime- Le dijo viendo que este se impacientaba por su tardanza en contestar.
            -¿Vas a ir a ver a los compañeros de Oscar?
            -Si. Además, a lo mejor, algunos se unen a nosotros- Respondió yendo con él.
            -Vaya. Eso no me lo esperaba.
            -Yo tampoco.


            El sol entraba a raudales por la ventana redonda, atravesando los finos cortinajes blancos e inundando la habitación con sus dedos cálidos, que traspasaban las casi transparentes sedas que tapaban el cómodo lecho, en el que Amapola dormía placidamente, protegida por las columnillas de plata con forma de guerrero.
            A la derecha de la cama había una pequeña mesita con una lámpara roja sobre ella y, al lado de esta, un gran armario de madera blanca. A la izquierda tenía un elegante tocador rojo con un par de joyeros blancos, que tenían dibujado en la tapa el escudo de la familia Valle. Enfrente de la cama había un enorme arcón blanco con una cerradura de oro, a cuyos lados había dos puertas, una para pasar al baño y la otra daba al cuarto de sus hijos.
            Del techo colgaba una lámpara de globos blancos y el suelo era completamente blanco. Las paredes, de las que colgaba algún que otro cuadro, eran de piedras blancas y rojas.
            Abría los ojos cuando la puerta se abrió y entro Abi, la muchacha a la que habían asignado para servirla.
            -Señora ¿Estáis despierta?- Preguntó la joven apartando las sedas del lecho y asomando la cabeza.
            -Si Abi- Respondió sentándose sobre el mullido y suave colchón- ¿Podrías despertar a mis hijos?
            -Si señora. Pero antes debéis saber que su marido la espera para desayunar con la familia.
            -Gracias Abi- Contestó con un suspiro resignado.
            Mientras Abi entraba en la habitación de sus hijos, ella se despertó por completo, se puso su bata roja y se dirigió al tocador para prepararse.
            Lo primero que hizo fue sacar, del primer cajón a su derecha, un peine dorado, una de las pocas pertenencias que había podido llevarse de Torre Blanca, que muy pronto se encontró entre sus rojos cabellos, que parecían arder por los rayos del sol. Después se echó unas gotas especiales para hacer brillar sus ojos violetas y un rimel para realzar sus pestañas negras como el azabache. A esto siguió el pintalabios rosado con el que se perfiló la boca y, por último, se pintó las uñas de plateado con una mancha dorada en el centro que tenía forma de dragón, aunque esto nadie lo sabía.
            Tras este proceso, que duró un cuarto de hora, se acercó al armario justo en el momento en que Abi salía de la habitación adyacente.
            -He dejado a sus hijos vistiéndose- Dijo la muchacha mientras ella abría el armario-¿Quiere que la ayude?
            -Si, gracias- Contestó con inmensa gratitud. No le gustaba tener que tocar todos esos vestidos, con los colores de la familia Valle, que la recordaban constantemente todo lo que había perdido y la situación en la que estaba, casada con un hombre al que despreciaba y viviendo con una familia a la que odiaba- ¿Sabes por qué me requiere mi marido?
            -Sospecho que tendrá algo que ver con la paloma mensajera que ha llegado hace media hora.
            -¿Una paloma mensajera?- Preguntó entre sorprendida y aliviada. Las palomas mensajeras solo se utilizaban en caso de ataque, más que nada de piratas, y los únicos que se atreverían a atacar esas costas eran los piratas del Dragón Dorado, cosa que la llenaba de esperanza- ¿No me puedes decir nada más?
            -Sobre el contenido no señora- Respondió la joven acercándose con un elegante pero informal vestido banco con bordados rojos- Pero su marido, el marqués y el resto de la familia parecían bastante alterados.
            -Gracias Abi- Contestó mientras esta la empezaba a poner el vestido.
            La esperanza en su pecho crecía por momentos. Si la familia estaba alterada solo podía significar que algo grave les había pasado y eso sería una enorme satisfacción para ella, que no deseaba otra cosa que el mal para la familia que había destruido a la suya, y sería aún mayor esa felicidad si era Alfredo, su único amor, quien les provocara ese mal.
            Si Alfredo estaba atacando esas costas significaba que sabía lo que había sucedido en Torre Blanca y no tardaría en ir a buscarla… No, no podía hacerse ilusiones. Llevaba sin ver a Alfredo siete largísimos años y no habían tenido noticias el uno del otro en todo ese tiempo, a si que ¿Cómo iba Alfredo a saber donde estaba? Había muchos más piratas en el mar y el ataque, si es que había sido eso, que todavía no lo sabía, podría haber sido causado por cualquiera de ellos.
            -¿Se encuentra bien señora?-Preguntó Abi acabando de ponerla el vestido.
            -Si Abi. No te preocupes. Ve a ver si mis hijos necesitan ayuda- Respondió forzando una sonrisa.
            -Como gustéis- Contestó la joven antes de dejarla.
            Cuando la vió desaparecer en el cuarto de sus hijos, volvió al tocador, se sentó y empezó a abrir los joyeros. Del que tenía a la derecha sacó el anillo de boda que le había dado Melitón, hecho de oro con dos montañas y un río dibujados en rojo, y dos pendientes en forma de gota roja con una bola blanca en la punta. Acto seguido, del que tenía a la izquierda, que era más grande que el otro, sacó un collar compuesto por bolitas de nácar y rubies.
            Tras ponerse las joyas, se acercó al enorme arcón y sacó unos hermosos zapatos de un material dorado parecido al cristal pero más resistente. Luego, cerciorándose de que Abi no iba a salir por el momento, dejó al descubierto un doble fondo en la tapa del arcón, del que sacó un cinturón, que ocultó en el vestido, y una pequeña daga, con la empuñadura dorada con forma de dragón, y una pistola dorada, que guardo en sendos compartimentos del cinturón.
            Justo cuando acabó y cerraba el arcón, salió Abi seguida de sus dos pequeños hijos, que tenían seis años y medio.
            Rodrigo era un muchacho que, a pesar de su corta edad, se notaba que era más fuerte que el resto de chicos de su edad. Tenía su mismo pelo rojizo pero sus ojos y el resto de sus rasgos, menos la nariz, que se parecía a la de ella, eran iguales a los de Alfredo. Llevaba un elegante traje de casa, que, para su desagrado, se parecía a los que llevaba la familia del Valle: camisa blanca, chaqueta roja, corbata a rayas, pantalones blancos y mocasines rojos. Además llevaba un anillo rojo con su nombre grabado en blanco.
            Sol tenía su misma constitución, finas curvas y manos suaves y delicadas, pero, al igual que ella, también era fuerte y bastante inteligente. Tenía al pelo naranja de su padre y sus ojos eran como los de ella. Sus rasgos menos la nariz, que se parecía a la de Alfredo, eran como los de ella y llevaba un vestido parecido al suyo pero rojo con bordados blancos, acompañado por unos zapatitos blancos. Tenía un collar como el suyo, pendientes rojos, una diadema blanca con perlas engastadas y un anillo blanco con su nombre en rojo.
            Ambos muchachos estaban malhumorados con expresiones de desagrado y repulsión en sus ojos. Como a ella, no les gustaba tener que llevar esa ropa todos los días y en cuanto llegaban a su habitación se ponían ropa más propia de piratas que de familia aristocrática y elegante.
            -¿Tenemos que ponernos esto?- Preguntó Sol con una voz parecida a la suya pero más aguda.
            -Si cariño- Respondió con dulzura comprensiva.
            -¡Yo no quiero llevar esto!- Exclamó Rodrigo intentando deshacer el nudo de la corbata.
            -Escuchad- Dijo con la voz que utilizaba para decirles algo importante, arrodillándose entre los dos y cogiéndoles de la mano- A mí tampoco me gusta tener que llevar este vestido, pero no nos queda otro remedio que hacerlo. Solo tenéis que aguantar un poco más y papa vendrá a rescatarnos.
            -Siempre nos dices eso mama- Replicó Rodrigo.  
            -Lo sé, pero esta vez es diferente. Estoy segura de que papa vendrá pronto- Contestó- Ahora vamos a bajar a desayunar y os portareis bien ¿Entendido?
            -Si mami- Contestaron con resignación y la cabeza agachada.
            -Bien. Vamos- Dijo a Abi, que siempre se hacia la sorda y fue la primera en salir.
            Su habitación, que era la única estancia de la torre circular del extremo más alejado del castillo, se encontraba en lo más alto de la torre y desde su ventana se podía ver por completo el Bosque Blanco, que estaba formado por los árboles de la nieve, que daban un fruto muy dulce y apreciado por todos. Además la única manera de llegar a dicha habitación era a través de una intrincada escalera de caracol de madera, que finalizaba en la estancia circular de abajo, cuya puerta, que era de fuertes barrotes de hierro, llevaba al patio interior del castillo.
            Tras cruzar la puerta llegaron al patio interior, cuyo suelo estaba formado por losas de mármol blancas y rojas, que se dividían en cuatro áreas gracias a cuatro pequeños canales de agua cristalina, que partían de una hermosa fuente escalonada de mármol azul de diferentes tonalidades. Estaba rodeado por una serie de galerías compuestas por arcos ojivales, que eran sujetados por columnillas corintias, y las paredes interiores estaban decoradas con hermosos murales que mostraban paisajes de Bosque Blanco.
            Cruzaron la plaza, abrieron la puerta que estaba enfrente de la de la torre y atravesaron un pasillo con el suelo rojo y el techo y las paredes blancas. De estas paredes colgaban cuadros con imágenes de la ciudad y entre estos había pequeñas mesitas de mármol rojo, en las que había vitrinas con dagas traídas de todo el sistema solar. Hacia la mitad del pasillo se encontraron con dos puertas de madera y marcos de oro tallados con formas geométricas.
            Al cabo de un rato el pasillo cambiaba transformándose en un corredor de piedras rojas, formado por arcos de herradura y con un tejado completamente plano. A ambos lados de este corredor había bancos de mármol blanco y acababa en una puerta circular, que llevaba al ala principal del castillo, donde estaban los aposentos de la familia del Valle, y estaba flanqueada por dos altas estatuas con forma de dragóntropos, terribles seres mitad humano mitad lagarto.
            Nada más cruzar la puerta se encontraron en un pasillo con paredes rojas y techo y suelo blancos, cuya única luz provenía de los candelabros de la pared. La primera puerta que vieron a su izquierda era de cristal casi opaco y llevaba a las cocinas, mientras que enfrente estaba la despensa.
            La segunda puerta a la izquierda llevaba al salón-comedor en el que se encontraba la familia del Valle esperándola para el desayuno.
            El suelo estaba hecho de mármol rojo y las paredes, de las que colgaban cuadros de sangrientas batallas, eran blancas. El techo era un bonito fresco de la ciudad y de él colgaba una rojiza lámpara de bolas.
            A la derecha de la puerta había un inmenso bodegón de madera roja lleno de suculentos vinos y delante de este había un conjunto de sillones blancos, colocados alrededor de una larga mesa blanca de cristal. En la pared de la derecha había dos puertas, una en cada esquina, que llevaban al salón del trono.
            Enfrente de la puerta había una inmensa cristalera transparente, que permitía ver los árboles y las flores del jardín que rodeaba al castillo. En el lado derecho, delante de la cristalera, había una pequeña tarima de madera blanca sobre la que descansaba un elegante piano rojo.
            En la izquierda de la sala se encontraba la larga mesa de madera blanca con las patas talladas, que estaba repleta de suculentos manjares dispuestos para el desayuno en las brillantes fuentes hechas con rubies. Alrededor de estas fuentes brillaban con intenso fulgor los platos de oro y los cubiertos de plata y refulgían las copas.
            Presidiendo la mesa, enfrente de la vidriera, se encontraba Melitón del Valle, un hombre de cincuenta años con pelo marrón y rasgos fuertes, que tenía una actitud furibunda y un carácter bastante irritable. A su derecha estaba su mujer, Soledad, una señora de pelo rubio, hermosos ojos azules y rasgos dulces, que escondían a una víbora que no se detenía ante nada para alcanzar sus propósitos. Y a su izquierda estaba su hijo, Adelardo, con el que se había visto obligada a casarse, de veinte años, que tenía el pelo ocre y unos ojos verde oliva.
             Al lado de Soledad estaba Suplicio, una muchacha de dieciocho años con pelo rubio y ojos verdes hija de Melitón y de su primera mujer, Frígida, hermana de Soledad, a la que habían prometido con Telésforo Ríos, heredero de un enorme marquesado. Junto a esta se encontraba Torcuata, una extravagante mujer, que siempre vestía extraños trajes y se teñía el pelo de colores, casada con Romualdo, y, acompañándola, su hija Umbelina, que se parecía demasiado a Melitón, de dieciséis años. La fila la cerraban Angustias, la hermana mayor de Melitón, que tenía cincuenta y seis años, su hijo Valarico, bastante parecido a Adelardo, que tenía veinticinco años, y su hija Marcelina de veinte años, una chica muy atractiva de pelo rubio y ojos azules.
            Enfrente de esta fila, es decir, al lado de Adelardo, estaban, después de los sitios reservados para ella y sus hijos, Ludovico, un chico de quince años hijo de Melitón y Soledad, que tenía el pelo y los ojos negros y la cara llena de piercings, y, dos asientos más adelante, que se reservaban para Romualdo y Nolasco, Leobardo, el hermano dos años menor de Melitón, y su hijo de dieciocho años Benedicto.
            Nada más entrar supo, por las caras de angustia de la mayoría, los únicos que parecían felices, pero trataban de ocultarlo, eran Adelardo, Valarico y Benedicto, que algo muy grave había tenido que pasar, y, si tenía en cuenta los ojos llorosos de Torcuata y Umbelina, sospechaba que tenía relación con Romualdo y Nolasco, lo que la alegraría más que nada en el mundo.
             -¿Ha ocurrido algo?- Preguntó mientras se sentaba y empezaba a servirse el desayuno.
            -El Dragón Dorado ha atacado Veguinia- Contestó Adelardo, tras un largo rato, haciéndola estar a punto de tirar el cuchillo que tenía en la mano debido a la sorpresa- La han destruido completamente. Según el mensaje habían llegado a las puertas del castillo cuando soltaron las palomas.
            -Tenía entendido que el Dragón Dorado estaba inactivo- Dijo sabiendo que Alfredo no destruiría una ciudad entera sin un motivo.
            -Verás querida- Contestó Soledad- Hace seis meses el barco de Procopio se encontró con el Dragón Dorado, entablando un feroz combate, en el que Melitón mató a Perseo, el hermano de Alfredo, y se llevó su cuerpo.
            -Espero que Romualdo y Nolasco estén bien- Dijo intentando ocultar el inmenso dolor que sentía por esa noticia.
            -No seas embustera- Saltó Marcelina- Solo estás preocupada por Oscar. Pues has de saber, bonita, que el puerto fue lo primero en arder. A si que tu hermano habrá sido cocido por tu calientacamas.
            -Al menos el mío sigue vivo- Contestó con toda la tranquilidad del mundo y provocando un tenso y frío silencio.
            - Abi, llévate a los niños- Dijo Adelardo sabiendo lo que se avecinaba. Cuando los niños se fueron se dirigió a Amapola- Cariño, te agradecería que le pidieras disculpas a mi prima por tus palabras.
            -Tienes razón mi amor- Contestó haciéndose la arrepentida- Lo siento- Le dijo a Agnes- Sé que nunca traicionarías de esa manera a tu querido hermano- Añadió con una sonrisa y recalcando la palabra querido.
            -¡¿Cómo te has atrevido a decir eso?!- Tronó Valarico colorado como un tomate.
            -Diciéndolo-Respondió.
            -Sorprende que estés tan tranquila sabiendo que tu hermano ha muerto- La dijo Umbelina llena de odio y rencor.
            -Puede que mi hermano este muerto- Contestó ella intentando sonar tranquila- Pero se que Alfredo lo habrá encontrado y le dará las honras fúnebres que se merece, mientras que tu padre, tu hermano y la familia Vega habrá muerto entre horribles sufrimientos y sus cuerpos se estarán pudriendo y serán pasto de los animales salvajes- Añadió alterándose cada vez más a cada palabra que salía de sus labios.
            -Siento decirte que Alfredo estará demasiado enfadado por la muerte de su puto hermano para ver el cuerpo del tuyo- Replicó Ludovico.
            -Perseo no era un puto. A diferencia de otros que les chupan la poya a su medio hermano casi todas las noches- Replicó a su vez destilando veneno a cada palabra.
            Aquellas palabras desbordaron el vaso de paciencia de Adelardo, quien de un rápido moviendo la cruzó la cara de un manotazo, que la tiró de la silla y la hizo rodar por el suelo, mientras el resto se reía a carcajadas.
            El dolor estaba a punto de hacerla llorar, pero no podía permitirlo. Ella era Amapola Torres, la mujer del Dragón Dorado, y no podía dejar que sus enemigos la vieran débil. Se lo debía a Oscar, a Alfredo y a su padre.
            Por ello cerró los puños, retuvo sus lágrimas y se levantó llena de fuerza y coraje.
            -Reíros ahora. Porque cuando Alfredo venga a liberarme, yo misma me encargaré de ordenar como torturaros y mataros- Les dijo acallando sus risas y lanzando llamas por los ojos.
            Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó con la cabeza bien alta, sin darles tiempo a contestarla. Cruzó todo el castillo, satisfecha consigo misma, y subió a su habitación.
            -Abi ¿Podrías llevarte a los niños al jardín?- Preguntó a la muchacha.
            -Si señora- Contestó la joven percatándose de la marca que seguramente lucia en la cara.
            Cuando sus hijos se fueron y vió que por fin estaba sola, se tumbó sobre la cama, enterró la cabeza entre las suaves almohadas y lloró desconsoladamente por todo por lo que necesitaba llorar.
            No se podía creer que Perseo estuviera muerto, sobre todo que hubiera muerto a manos de Procopio. Aunque la consolaba estar segura de que a esas alturas Procopio estaría encerrado en el barco soportando las horribles torturas de la tripulación y ella se alegraba por ello. Todavía se acordaba de ese joven apuesto de trece años, que veía en su hermano mayor la persona en la que quería convertirse, tras la trágica perdida de su padre.
Había sido el único del barco que la había tratado con amabilidad desde el principio y no tardo en encariñarse con él. Juntos habían reído muchas veces, se habían contado multitud de historias y se habían bañado alrededor del barco en compañía de Oscar, que enseguida se hizo amigo de Perseo.
Ahora Perseo estaba muerto y posiblemente Oscar también. Pensar en eso hizo que el dolor que sentía en el pecho se agravase enormemente. Su último hermano, por quien se había casado para salvarlo renunciando a su libertad, la persona a la que más quería en este mundo, aparte de Alfredo y de sus hijos, muerto en la destrucción provocada por su amado. No se la ocurría mayor tragedia que esa. Su feliz vida en Torre Blanca parecía que había ocurrido mucho tiempo atrás y que lo que ahora vivía no era más que una horrible…
Varios golpes fuertes en la puerta la sacaron de sus pensamientos y la hicieron levantarse. Se arregló todo lo que pudo, se limpió las lágrimas de la cara y abrió la puerta, encontrándose con Adelardo.
-¿Cómo estás cariño?- Preguntó este haciéndose el preocupado.
-¿Tú cómo crees que estoy? Puñetero folla hermanos- Respondió con fiereza y con las fuerzas recuperadas.
-¿Cómo te has dado cuenta?- Preguntó Adelardo con seriedad.
-¿Acaso importa?
-Supongo que no. Te he traído algo de desayuno- Añadió su marido poniendo entre los dos un carrito.
-Tu familia me ha quitado el apetito.
-Entonces morirás de hambre.
-Así me librare de vosotros.
-¿Dejarías a nuestra merced a tus hijos?
-¿Solo has venido a traerme el desayuno?
-No. Venía a invitarte a venir al mercado de la plaza. Se irán antes de la comida.
-¿Al mercado ambulante?- Preguntó mientras un pensamiento se iluminaba en su cabeza- De acuerdo- Respondió tras pensarlo un momento.
-¿Vendrás?- Preguntó Adelardo pillado por sorpresa- ¡Genial! Te prometo que no te arrepentirás- Añadió antes de irse.
Amapola esperó a que se fuera y empezó a llorar, pero no de tristeza sino de alegría. Al fin iba a poder escaparse con sus hijos y reunirse con Alfredo. Había dejado que el dolor la engullera pero la idea que tenía la había llenado de esperanzas.
Conociendo como conocía el corazón de Alfredo, lo más seguro es que hubiera dejado intacto el mercado de esclavos de Veguinia. Seguro que había entrado a liberar a los esclavos y al ver a su hermano lo habría llevado al barco. Después de haber destruido la ciudad habría hablado con él y ahora se estaría dirigiendo hacia allí.
Por eso tenía que escapar y reunirse con él en un punto entre Veguinia y las tierras del Valle, o se iniciaría una batalla que podría resultar fatal para alguno de los dos.
Su plan era esconderse en uno de los carromatos que llevaban el mercado. Estos mercados solían seguir siempre la misma ruta y se había enterado de que este venía del este, por lo que esa era su última parada y ahora haría el mismo recorrido a la inversa, a si que en algún punto se encontraría con el Dragón Dorado.
Pero primero tenía que encontrar la forma de escapar del castillo sin que la vieran y el mejor momento era a las doce del mediodía, durante el cambio de guardia, que dejaba las puertas sin vigilancia durante cinco minutos.
La quedaba poco tiempo si quería ir al mercado, volver y prepararse antes de las doce, por ello se cambió deprisa, salió como un cohete de la torre, dejándola una nota a Abi sobre como tenía que vestir a los niños, y llegó a la entrada justo cuando Adelardo bajaba por las escaleras.
La estancia tenía las paredes rojas y el suelo, de baldosas de mármol blanco, tenía en el centro un mosaico con el escudo de armas de los Valle. Del techo, que era un bonito fresco de la ciudad vista desde el mar, colgaba una rojísima lámpara de araña. En el lado derecho de la sala, según se entraba por la puerta principal, había una enorme puerta de madera que llevaba al salón de baile y, al otro lado, otra puerta idéntica daba a una espléndida biblioteca. Junto a la puerta izquierda, casi contra la pared del fondo, había una puerta más pequeña que llevaba a la zona del servicio.
En la pared del fondo había una gigantesca puerta que llevaba al salón del trono y a su derecha unas escaleras de mármol blanco con una barandilla de oro, que llevaba a un primer piso, abierto a la entrada con una barandilla de mármol blanco, cuyas paredes estaban decoradas con hermosos retratos.
-Estás muy guapa- Dijo Adelardo mientras bajaba las escaleras.
-Gracias- Contestó sin dejar de pensar que pronto huiría de su lado para siempre.
-Cuando quieras nos vamos.
-Pues adelante.
Adelardo sonrió, la cogió del brazo y se encaminó con ella hacia la salida. Atravesaron el jardín por un pequeño caminito de guijarros rojos y blancos, esperaron a que levantaran la enorme puerta principal y salieron a la ciudad.
Las casas blancas y rojas los saludaron como si fueran un ejército alineado frente a su capitán. Estas contaban con tres pisos, que eran habitados por los mineros y carpinteros que trabajaban en el Bosque Blanco, donde se pasaban casi todo el día llegando a sus hogares cansados y extenuados. Los balcones, cornisas y fachadas estaban llenos de enredaderas de vistosas flores, que se deslizaban como gusanos por las grietas de las casas.
Las calles contaban con unas pequeñas aceras para los transeúntes en las que había árboles y bancos, además de un sistema de luz compuesto por bolas de fuego rojo, naranja, azul y verde.
La plaza, que se encontraba bastante cerca del castillo, tenía forma cuadrada y, a diferencia del resto de la ciudad, estaba formada por piedras azules de diferentes tonalidades. En el centro contaba con una bella fuente escalonada de mármol verde, en la que había peces de múltiples colores.
El edificio que sobresalía por encima de los demás era el gran templo de Terra, que estaba a la izquierda de la plaza, según se venía del castillo, construido con mármol marrón y naranja.
La fachada principal del templo estaba formada por ocho columnas jónicas naranjas, sustentadas sobres una base escalonada marrón, que servían de apoyo a una cornisa semicircular, con un reloj con manecillas de oro en su centro, y a un grupo de esculturas de Terra que rodeaban el edificio.
Detrás de esta cornisa se levantaba la torre campanario de forma cuadrada, que tenía un tejado piramidal sostenido por columnas y arcos y en cuyo centro se encontraban las cinco campanas de oro que se podían oir desde cualquier punto de la ciudad.
El templo contaba en su centro con un jardín abierto al cielo, donde había una pequeña fuente, que llenaba de agua el lugar convirtiéndolo en una zona algo pantanosa, y rodeado por galerías abovedadas abiertas a él a través de arcos de herradura.
La plaza, en esos momentos, se encontraba llena de puestos con todo tipo de objetos, baratijas, herramientas, comida, ropa y armas y abarrotada de personas, que se empujaban y tropezaban entre si, mientras los tenderos gritaban a todo pulmón para llamar la atención sobre sus productos.
-Me gustaría comprarles ropa a mis hijos- Dijo después de un rato, viendo que él no apartaba los ojos de los puestos de armas- Tú si quieres vete a otro sitio y más tarde nos reunimos en la fuente.
-Como gustes querida- Contestó Adelardo dejándola sola.
Amapola no desaprovechó la oportunidad y compró tres mochilas, tres grandes botellas de agua, tres pares de botas, tres capuchas y algo de comida. Todo esto la llevo media hora, al cabo de la cual se reunió con Adelardo, que había comprado varias dagas y una espada, en la fuente y emprendieron el regreso al castillo.
-¿Has comprado mucho?- Preguntó Adelardo mientras volvían.
-Lo que necesitaba- Respondió sin dar más explicaciones.
-Me alegra ver que estas contenta- Dijo él- A ver si podemos comer tranquilos.
-Fue Marcelina la que empezó insultando a mi hermano- Contestó.
- Y a Alfredo- Añadió Adelardo mirándola con atención.
-Eso es agua pasada- Replicó ella desviando la mirada.
-Pues parecías muy segura de que vendrá a rescatarte- Replicó él a su vez.
-Porque él seguro que todavía me quiere.
-Espero que sea cierto. Asi cuando venga podré separar su cabeza del resto de su cuerpo.
Amapola se tuvo que morder la lengua para no contestar a eso y continuaron el camino en el más absoluto silencio.
El corazón cada vez la latía con más fuerza y los nervios se iban apoderando de ella, pero tenía que permanecer tranquila o si no alguien se daría cuenta de su nerviosismo y empezaría a sospechar de sus planes o bien ella misma daría un paso en falso y acabaría en el calabozo sin nadie que pudiera proteger a sus hijos.
 Ya en el castillo se separaron: Adelardo subió a sus aposentos para prepararse para la comida y ella volvió a cruzar el castillo para ir a la torre, donde sus hijos la esperaban ya vestidos.
-Gracias por todo Abi- Dijo a la muchacha sentada a los pies de la cama.
-Eso ha sonado a despedida señora- Dijo Abi levantándose.
-Por que lo era.
-¿Se va de viaje con el señor?- Preguntó Abi sabiendo que no era asi.
-No Abi. Me voy con mis hijos- Respondió- Si te preguntan di la verdad. No quiero que tengas problemas por mi causa.
-Gracias señora- Contestó la chica emocionada- Me alegro que se vaya. Un corazón como el suyo no merece estar entre esta gente.
-Agradezco tus palabras Abi. Ahora vete. Ya bastante te he comprometido- Contestó también emocionada.
-Adiós señora- Dijo la chica antes de darla un efusivo abrazo y salir llorando de la habitación.
Cuando salió de la habitación, ella se fijó en sus hijos, que llevaban puesto los disfraces de piratas que les había hecho y tenían expresiones de desconcierto en sus inocentes caritas.
-¿Nos vamos mami?- Preguntó Sol.
-Si hija. A buscar a tu padre- Respondió.
-¿No iba a venir?- Preguntó Rodrigo.
-Al final hemos decidido reunirnos en otro sitio. Pero nadie se tiene que enterar y tenemos que hacerlo en secreto- Contestó antes de sacar las capuchas y ponérselas a sus hijos junto con las botas- Esto nos ayudará a escondernos y os he traído esto- Añadió dándoles las mochilas con agua y comida.
Después ella misma se cambió de ropa, se puso la capucha y la mochila, cogió algo de dinero y algunas joyas, por si necesitaba venderlas, y sacó de su baúl sus dagas y unos pequeños puñales para sus hijos, que esperaba no tuvieran que utilizar.
Ya preparados salieron de la torre en el más absoluto silencio, solo roto por el zumbido de las moscas y el viento, llegaron al jardín, donde se escondieron de los guardias utilizando las columnas, y consiguieron llegar a la zona izquierda del castillo sin ser descubiertos.
Una vez pasado el pasillo, llegaron al camino porticado por el que accedieron al jardín y, escondiéndose entre los árboles, llegaron a la puerta oeste del castillo.
-¿A qué esperamos mami?- Preguntó Sol.
-Al cambio de guardia pequeña- Respondió sin soltar la mano de sus hijos.
Nada más decirlo sonaron las campanas del templo y los guardias se levantaron de sus puestos entre risas y dejaron la salida vacía.
-Vamos niños, hay que darse prisa- Les dijo a los pequeños arrastrándolos hacia fuera a toda prisa.
Los niños corrían todo lo que les permitían sus pequeñas piernas y pronto la pequeña se cansó y tuvo que llevarla en brazos. Ella estaba a punto de sufrir un ataque por el estrés, pero lo hecho, hecho estaba y ya no había posibilidad de dar marcha atrás. La esperanza de encontrarse con Alfredo la daba fuerzas para seguir adelante y hacer lo propio con sus hijos, que llegaron a la plaza completamente agotados.
-Venid niños. Escondámonos aquí- Dijo llevándoles a una esquina oscura desde donde se veía la plaza, que estaba llena de carromatos en los que se guardaban los puestos del mercado y los productos que no se habían vendido, pero no se les veía a ellos.
-¿Qué hacemos aquí?- Preguntó Rodrigo.
- Estoy buscando un carromato en el que nos podamos esconder- Respondió.
-¿Viajaremos en uno?- Preguntó Sol.
-Si. Pero no pueden saber que vamos en él.
-¿Qué te parece aquel de allí mami?- Preguntó Rodrigo señalando un carromato que estaba contra la pared del otro lado.
-Perfecto cariño- Respondió dándole un beso en la cabeza- Vamos.
Sin perder de vista la plaza ni un instante por si alguien les veía, Amapola fue llevando a sus hijos, siempre contra la pared y al amparo de las sombras, hacia el carromato, al que llegaron en pocos minutos, que a ella se le hicieron eternos.
Desde ese lado levantó un poco la lona  y, trepando por las tablas, se metió dentro, apartó las cajas, haciendo un hueco para ella y sus hijos, y sacó los brazos para ayudar a sus hijos a subir.
Las cajas entres las que estaban se encontraban llenas de telas y ropa y se apilaban las unas sobre las otras, formando un perfecto escondite para ellos. Sus dos hijos se acurrucaron contra ella y se quedaron dormidos, hasta que alguien abrió la tela por atrás iluminando el interior.
-Estas son las últimas- Se oyó decir a un hombre mientras se oía el ruido de cajas al ser arrastradas- Nos iremos con el resto dentro de cinco minutos.
Tras estas palabras volvieron a cerrar las telas y la oscuridad los envolvió de nuevo. No se podía creer hasta donde habían conseguido llegar, pero no se engañaba, todavía no habían salido de la ciudad y Adelardo y su familia podían darse cuenta de su fuga.
Sus hijos no tardaron en quedarse dormidos, pero ella, a pesar de estar agotada, no podía permitirse ese lujo. Hasta que no estuvieran en otra ciudad, ni ella ni sus hijos estarían a salvo y todavía no se habían puesto ni en marcha.
Estaba deseando encontrarse con Alfredo. Seguro que todavía no se había recuperado de la muerte de Perseo y la necesitaría. Además algo en su interior la decía que su hermano Oscar se encontraba a salvo en el Dragón Dorado y quería cerciorarse de que estaba bien cuanto antes.
De repente el templo dio la una y en la parte delantera del carro so oyó ruido de gente subiendo en él.
-¡Arre!- Tras el grito del conductor, los caballos se pusieron en marcha y el carro dio un bandazo, uniéndose a la caravana, que pronto saldría de las murallas de la ciudad.