Después de haber dormido durante dos horas, tras la llegada de sus hombres, y de haber mandado poner rumbo a Drakon, la isla en la que tenían su refugio, se despertó, se levantó y abrió la ventana dejando que la fresca brisa marina acariciase su piel desnuda y que la luz bañase su habitación.
Tenía la enorme cama de oro con mantas y sabanas doradas ubicada en el lado derecho de la puerta, según entrabas en la habitación, y delante de esta un monstruoso armario con toda su ropa. Encima de la cabecera de la cama, colgado de la pared, había un retrato suyo y de Amapola en los jardines de Torre Blanca, pintado por Perseo, y a los pies había una puerta para pasar al baño compartido con la habitación de Perseo, que ahora era la de Oscar.
El suelo, construido con tablas doradas, estaba cubierto por una alfombra dorada con la forma de un dragón y el techo era un bonito dibujo de todas las constelaciones con una luna llena en el centro, de la que colgaba una lámpara con la forma del barco.
La ventana, desde la que observaba el horizonte, estaba al lado del armario ropero y al otro lado de esta había un gigantesco armario, que haciendo escuadra, también ocupaba la pared izquierda de la habitación, en el que guardaba todas sus armas.
El resto de la habitación, es decir, el lado izquierdo de la puerta, estaba ocupado por un entretejido de troncos en los que dormía Furioso.
Se vistió, poniéndose una camisa dorada de mangas cortas y un pantalón vaquero dorado, con un cinturón marrón y una hebilla plateada, mientras Furioso se desperezaba, consultó su reloj, descubriendo que eran las diez de la mañana y que había dormido dos horas, y salió de la habitación seguido de su fiel compañero.
Cruzó el pasillo, deteniéndose para ver como estaba Oscar, quien dormía placidamente y tranquilo como un bebe, y salió a cubierta. Después se dirigió a proa, saludando a los piratas con los que se encontraba, atravesó la puerta secreta que había detrás de las escaleras y que se abría empujando un tablón que tenía una mancha con forma de Dragón, y llegó a la cámara de proa, que era la sala de torturas.
-¡Oh si!- Gritó Roberto, justo cuando cerraba la puerta, corriéndose en la boca de Procopio.
La sala, que ocupaba todo el castillo, era oscura debido a que no tenía ninguna ventana y la poca luz que había provenía de las pequeñas lámparas de aceite que colgaban del techo. Las paredes estaban ocupadas por armarios en los que se guardaban las herramientas de tortura y desperdigadas por todo el lugar había máquinas de pesadilla, que harían gritar al más fuerte de los hombres.
Sin embargo había un lugar que estaba libre de estos elementos. En la esquina izquierda de la pared que estaba delante de la puerta se encontraba el lugar en el que ataban a sus presos, que se componía de una pequeña bañera, pegada a la pared izquierda, una serie de ganchos en la pared y una vieja cama. Enfrente de los ganchos había una pequeña mesa de madera cuadrada con tres minúsculos taburetes redondos.
En esos momentos, de los ganchos partían fuertes cadenas de hierro que se ataban a las muñecas y tobillos de Procopio, quien se encontraba arrodillado delante de Roberto y, además, tenía un collar de cuero negro, que tenía una correa por detrás, atado fuertemente a su cuello.
Roberto, a pesar de haberse corrido, seguía bombeando en la boca de Procopio, ahogándolo con su semen, y Ricardo observaba la escena medio tumbado en la cama, con signos evidentes de haber disfrutado de Procopio, mientras Alejandro y Santiago se entretenían jugando una partida de ajedrez en la mesa, a donde se dirigió.
-¿Quién va ganando?- Les preguntó sentándose en el taburete libre, que estaba enfrente de Procopio.
-Santiago- Respondió Alejandro lanzando un quejido al ver como su contrincante le comía la dama con un caballo- Es demasiado bueno para mí.
-Oh tú eres demasiado malo para este juego- Le dijo Santiago con una sonrisa burlona.
-¡Oye! Una cosa es que me venzas pero no me acuchilles después de muerto- Replicó Alejandro.
-La vedad ofende ¿Eh?- Le dijo para pincharlo aún más.
-¿Desde cuando estás en mi contra?- Preguntó Alejandro volviéndose hacia él.
-Desde que sé que te tirabas a mi hermano- Respondió con seriedad haciéndolo enrojecer-¿Has acabado?- Le preguntó luego a Roberto- Quiero hablar con él.
-Espera un momento más- Respondió Roberto sin dejar de bombear en la boca de Procopio, que estaba morado, por la poya que tenía en la boca y el semen que le llenaba la garganta y le salía por las comisuras de los labios.
-Estos dos para el sexo son como dioses- Comentó Santiago volviendo a centrarse en la partida.
Alfredo solo pudo darle la razón con un asentimiento de cabeza. Los dos gemelos habían sido el noveno y décimo hijo de un matrimonio de humildes campesinos de Setop, que los vendió a los tres años a una familia de ricos comerciantes de Rednatnas, en cuya casa sirvieron como esclavos durante siete años.
Cuando tenían diez años, Rednatnas sufrió el ataque de la flota de los marqueses de Oablib, donde acabaron en manos de un cruel comerciante, que les dejó las marcas de latigazos que ahora lucían en sus espaldas, y fueron pasando de mano en mano hasta acabar en Anolecrab.
Allí fueron adquiridos por la duquesa de Anoladab, quien los convirtió en esclavos sexuales en su palacio y les obligó a prostituirse con todo aquel que quisiera sus servicios, pagando previamente a la duquesa un dinero que ellos nunca vieron, durante los años que estuvieron con ella.
Tenían quince años cuando Anoladab fue atacada por su padre, ya que tenía una cuenta que saldar con el marido de la duquesa, quien los liberó, los llevó al barco y los incluyó en su tripulación, donde encajaron a la perfección.
Por eso ninguno de los dos dudaba a la hora de arriesgar su vida para salvarlo, a pesar de sus quejas y replicas. Pensaban que, debido a que su padre los había liberado, estaban en deuda con él y, como estaba muerto, la saldaban protegiéndolo.
Esta forma de pensar hacía que sintieran que habían fallado a su padre, al no haber impedido el fatal desenlace de Perseo, y sentían una enorme frustración, o al menos eso pensaba él, que pagaban en Procopio, quien, por cierto, estaba a punto de morir ahogado.
-¡Roberto! ¡Ya vasta!- Le ordenó levantándose.
-Si señor- Contestó este sacando su polla de la boca de Procopio, que enseguida escupió todo el semen que tenía y respiro con grandes bocanadas- Luego volveré- le dijo Roberto acariciándole los testículos- Todavía no hemos acabado.
Roberto se tumbó en la cama, al lado de su hermano, y él se fue acercando a Procopio hasta detenerse a medio metro de él, mientras Alejandro y Santiago dejaban la partida para presenciar el espectáculo.
-¿Te has divertido?- Le preguntó con sorna.
-La verdad es que no. Tus muchachos no saben follar como es debido- Respondió Procopio, todavía respirando con dificultad, levantando la cabeza y mirándolo con odio.
-No te preocupes, eso se puede arreglar ¿Verdad que si chicos?- Preguntó a los dos gemelos, que por toda respuesta sonrieron lujuriosamente.
-¿Por qué no me matas de una vez y acabamos con esto?- Le preguntó Procopio.
-Pensaba hacerlo. Lentamente, pero acabarías muriendo- Respondió arrodillándose delante de él para mirarlo directamente a los ojos- Sin embargo hay un pequeño problema. Armando, uno de mis mejores guerreros, me ha informado de que el cuerpo de mi hermano no estaba en la ciudad. Me gustaría que me dijeras donde está.
-Cortado en cachitos en la barriga de los perros del castillo- Contestó Procopio con una sonrisa antes de recibir un fuerte puñetazo, que le llenó la boca de sangre, que tuvo que escupir a un lado.
-¿Dónde está?- Volvió a preguntar lentamente y con una voz que indicaba que no aguantaría bromas ni chanzas.
-Seguro que en tu lecho- Respondió Procopio sonriéndole burlonamente- Apuesto a que te divertías con él todas las noches- Añadió antes de recibir todo un ejército de puñetazos que le destrozaron la cara.
-Esas palabras te vana costar muy caras- Le dijo rodeándole el cuello con una mano y levantándole la cabeza para mirarlo a los ojos- Y te puedo asegurar que me dirás donde está el cuerpo de Perseo.
-No te lo puedo decir porque no lo sé- Contestó Procopio al borde de la inconsciencia con la boca y nariz rotas y el ojo derecho morado- Se lo di hace cinco meses al duque del Castillo de Cristal.
-¡¿Cómo?!- Tronó echando humo por la nariz como un toro embravecido.
-Acaso te pensabas que iba a tener el cuerpo de tu hermano para siempre. Son muchos los que odian al gran Dragón Dorado y muchos los que quieren vengarse utilizando el cuerpo de tu hermanito.
-Lleváoslo a la enfermería y luego lo traéis aquí para divertiros- Les dijo a Alejandro y a Santiago- Ricardo vete al comedor a ver como están nuestros invitados. Roberto conmigo.
Dadas estas órdenes salió seguido de Roberto a la cubierta, sin dejar de pensar en las palabras de Procopio ¿Cómo había podido ese gusano dar el cuerpo de su hermano a Aniceto, el duque del Castillo de Cristal, el lugar más depravado de esos contornos? Por todos era sabido que Aniceto metía en su lecho a sus hermanos y hermanas, con las que tenía hijos, a los que también metía, cuando cumplían trece años, en su cama, que a su vez seguían los pasos de su padre. Además los hombres que tenía a su cargo se tiraban a cualquier cosa que tuviera vida, se decía que algunos incluso fornicaban con los árboles. A si que ¿Por qué no iban a hacerlo también con el cuerpo de su hermano?
En estos pensamientos iba sumergido cuando llegó a la habitación de Oscar y entró, echándolos a un lado por el momento.
Oscar estaba despierto y de pie delante del espejo del armario, viendo como le quedaba la ropa de Perseo, lo que lo dejó paralizado durante unos instantes.
-Siento mucho haberme puesto la ropa de Perseo- Dijo Oscar atropelladamente al ver su reacción- Pero no tenía ropa y no sabía que ponerme.
-Tranquilo. No pasa nada. Nadie iba a usar esa ropa y estoy seguro de que Perseo hubiera querido que te la quedaras tú- Contestó.
-Gracias ¿Cómo están los chicos que estaban conmigo?- Preguntó Oscar sentándose en la cama con preocupación.
-Bien. De ellos quería hablarte- Respondió sentándose a su lado- Cuando lleguemos a Drakon tendremos que dárselos a alguien que los lleve a un lugar seguro.
-Con alguno te podrías quedar- Le dijo Oscar- Beltrán es vidente y su hermano Camilo puede leer el pensamiento. Luego están Dael, que es un excelente guerrero, y Eloy, que tiene una puntería envidiable. También hay un inventor Isaías, que podría serte de utilidad, y un hipnotizador, Lázaro. Ah, casi se me olvidaban los gemelos Magno y Nerón, que querían unirse a ti.
-¿Los gemelos son unos chicos con el pelo naranja y los ojos verdes?- Preguntó Roberto desde la puerta.
-Si- Respondió Oscar.
-¿Los conoces?- Le preguntó a Roberto.
-Desde que han entrado al barco no han parado de repetir que querían hablar contigo, supongo que para pedirte unirse a la tripulación- Respondió Roberto.
-¿Cómo sabes eso si estabas con Procopio?- Preguntó.
-Me lo ha dicho Pascual, que fue a darles algo de ropa.
-¿Valdrían?
-Yo creo que si. El problema sería donde alojarlos en el barco.
-Podrían compartir habitación- Dijo Oscar.
-Yo no lo veo mala idea- Aprobó Roberto- Si quieres tú y yo podemos compartir habitación.
-Roberto- Dijo con tono de advertencia.
-Por mi bien- Contestó Oscar sorprendiendo a Alfredo.
-Ves- Le dijo Roberto a Alfredo con una inmensa sonrisa- Al chico le parece buena idea.
-El chico acaba de pasar por una mala experiencia y no sabe lo que dice- Replicó.
-Se perfectamente lo que digo- Replicó a su vez Oscar.
-No te preocupes Alfredo. Lo cuidaré muy bien- Dijo Roberto tumbándose en la cama mirándolos.
-Eso es lo que me preocupa- Contestó temeroso del interés que perecía tener Roberto en Oscar.
-No tienes por que ¡Hala, vete! Oscar y yo tenemos mucho de lo que hablar- Le dijo Roberto haciéndole un gesto con la mano para que se fuera.
-Recuerda que soy tu capitán Roberto. Vigila como me tratas- Contestó achicando los ojos.
-Lo siento- Se disculpó pero sin borrar la sonrisa- Ven Oscar, túmbate a mi lado- Le dijo a este, que se tumbó a su lado sin dudar ante un sorprendido y preocupado Alfredo- Él no está preocupado.
-Tú verás lo que haces- Le dijo a Oscar viendo que no podía impedirlo para luego dirigirse a la puerta.
Cuando ya estaba a punto de salir a cubierta, Roberto salió y lo detuvo.
-Espera- Le dijo dándole la vuelta- Mira. Sé que Oscar es especial porque es el hermano de Amapola y tú le quieres mucho. Pero también sé que moriría antes que hacerle daño.
-¿Te gusta de verdad?- Preguntó sorprendido- Si no lo conoces.
-Por eso quiero conocerle- Contestó Roberto- Teniendo en cuenta como soy es normal que estés preocupado. Pero esa forma de ser no me gusta, es más, la odio.
-Vaya. Jamás me lo habría imaginado- Dijo pillado por sorpresa- ¿Y crees que Oscar te puede ayudar a cambiar?- Dijo más como afirmación que como pregunta.
-Eso es. Siempre y cuando tú lo permitas.
-De acuerdo- Dijo tras pensarlo unos instantes.
-Gracias. Te lo agradezco- Contestó Roberto antes de volver a la habitación.
Alfredo salió a cubierta y subió por las escaleras al puesto de mando, donde saludó a Atlantes, su timonel, y se apoyó en la barandilla para vigilar a su tripulación, con la sensación de que lo que acababa de pasar había sido un sueño.
Pensaba que conocía a su tripulación, pero por lo visto se equivocaba ¿Quién iba a imaginar que Roberto buscaba el amor? Con lo mal que lo había pasado siendo esclavo sexual pensaba que no creía en ello y que por eso disfrutaba del sexo como se podría disfrutar de un libro.
Ahora resultaba que odiaba esa forma de ser y quería cambiar y, siendo sinceros, Oscar, con su forma de ser podría lograrlo. De lo único de lo que no estaba seguro era de si Oscar tendría las fuerzas suficientes para limpiar el pasado de Roberto.
-Alfredo- Oyó que lo llamaba Alejandro desde las escaleras.
Ya no lo volvería a ver con los mismos ojos. Pensaba que era su hermano y ahora resultaba que había estado manteniendo una aventura con Perseo. En realidad, ahora que le había dado vueltas al tema, lo que le molestaba era que no se lo hubieran contado, aunque, claro que viendo la reacción que había tenido al enterarse, igual habían hecho lo correcto.
¿Pero en que estaba pensando? Tendrían que habérselo contado. Asi, a lo mejor, lo hubiera entendido más fácilmente. En cambio, ahora, le costaba asumir que sus dos hermanos habían estado ocultándole su amor durante cinco años, cosa que habían hecho muy bien, por que él no lo había ni llegado a sospechar.
-Dime- Le dijo viendo que este se impacientaba por su tardanza en contestar.
-¿Vas a ir a ver a los compañeros de Oscar?
-Si. Además, a lo mejor, algunos se unen a nosotros- Respondió yendo con él.
-Vaya. Eso no me lo esperaba.
-Yo tampoco.
El sol entraba a raudales por la ventana redonda, atravesando los finos cortinajes blancos e inundando la habitación con sus dedos cálidos, que traspasaban las casi transparentes sedas que tapaban el cómodo lecho, en el que Amapola dormía placidamente, protegida por las columnillas de plata con forma de guerrero.
A la derecha de la cama había una pequeña mesita con una lámpara roja sobre ella y, al lado de esta, un gran armario de madera blanca. A la izquierda tenía un elegante tocador rojo con un par de joyeros blancos, que tenían dibujado en la tapa el escudo de la familia Valle. Enfrente de la cama había un enorme arcón blanco con una cerradura de oro, a cuyos lados había dos puertas, una para pasar al baño y la otra daba al cuarto de sus hijos.
Del techo colgaba una lámpara de globos blancos y el suelo era completamente blanco. Las paredes, de las que colgaba algún que otro cuadro, eran de piedras blancas y rojas.
Abría los ojos cuando la puerta se abrió y entro Abi, la muchacha a la que habían asignado para servirla.
-Señora ¿Estáis despierta?- Preguntó la joven apartando las sedas del lecho y asomando la cabeza.
-Si Abi- Respondió sentándose sobre el mullido y suave colchón- ¿Podrías despertar a mis hijos?
-Si señora. Pero antes debéis saber que su marido la espera para desayunar con la familia.
-Gracias Abi- Contestó con un suspiro resignado.
Mientras Abi entraba en la habitación de sus hijos, ella se despertó por completo, se puso su bata roja y se dirigió al tocador para prepararse.
Lo primero que hizo fue sacar, del primer cajón a su derecha, un peine dorado, una de las pocas pertenencias que había podido llevarse de Torre Blanca, que muy pronto se encontró entre sus rojos cabellos, que parecían arder por los rayos del sol. Después se echó unas gotas especiales para hacer brillar sus ojos violetas y un rimel para realzar sus pestañas negras como el azabache. A esto siguió el pintalabios rosado con el que se perfiló la boca y, por último, se pintó las uñas de plateado con una mancha dorada en el centro que tenía forma de dragón, aunque esto nadie lo sabía.
Tras este proceso, que duró un cuarto de hora, se acercó al armario justo en el momento en que Abi salía de la habitación adyacente.
-He dejado a sus hijos vistiéndose- Dijo la muchacha mientras ella abría el armario-¿Quiere que la ayude?
-Si, gracias- Contestó con inmensa gratitud. No le gustaba tener que tocar todos esos vestidos, con los colores de la familia Valle, que la recordaban constantemente todo lo que había perdido y la situación en la que estaba, casada con un hombre al que despreciaba y viviendo con una familia a la que odiaba- ¿Sabes por qué me requiere mi marido?
-Sospecho que tendrá algo que ver con la paloma mensajera que ha llegado hace media hora.
-¿Una paloma mensajera?- Preguntó entre sorprendida y aliviada. Las palomas mensajeras solo se utilizaban en caso de ataque, más que nada de piratas, y los únicos que se atreverían a atacar esas costas eran los piratas del Dragón Dorado, cosa que la llenaba de esperanza- ¿No me puedes decir nada más?
-Sobre el contenido no señora- Respondió la joven acercándose con un elegante pero informal vestido banco con bordados rojos- Pero su marido, el marqués y el resto de la familia parecían bastante alterados.
-Gracias Abi- Contestó mientras esta la empezaba a poner el vestido.
La esperanza en su pecho crecía por momentos. Si la familia estaba alterada solo podía significar que algo grave les había pasado y eso sería una enorme satisfacción para ella, que no deseaba otra cosa que el mal para la familia que había destruido a la suya, y sería aún mayor esa felicidad si era Alfredo, su único amor, quien les provocara ese mal.
Si Alfredo estaba atacando esas costas significaba que sabía lo que había sucedido en Torre Blanca y no tardaría en ir a buscarla… No, no podía hacerse ilusiones. Llevaba sin ver a Alfredo siete largísimos años y no habían tenido noticias el uno del otro en todo ese tiempo, a si que ¿Cómo iba Alfredo a saber donde estaba? Había muchos más piratas en el mar y el ataque, si es que había sido eso, que todavía no lo sabía, podría haber sido causado por cualquiera de ellos.
-¿Se encuentra bien señora?-Preguntó Abi acabando de ponerla el vestido.
-Si Abi. No te preocupes. Ve a ver si mis hijos necesitan ayuda- Respondió forzando una sonrisa.
-Como gustéis- Contestó la joven antes de dejarla.
Cuando la vió desaparecer en el cuarto de sus hijos, volvió al tocador, se sentó y empezó a abrir los joyeros. Del que tenía a la derecha sacó el anillo de boda que le había dado Melitón, hecho de oro con dos montañas y un río dibujados en rojo, y dos pendientes en forma de gota roja con una bola blanca en la punta. Acto seguido, del que tenía a la izquierda, que era más grande que el otro, sacó un collar compuesto por bolitas de nácar y rubies.
Tras ponerse las joyas, se acercó al enorme arcón y sacó unos hermosos zapatos de un material dorado parecido al cristal pero más resistente. Luego, cerciorándose de que Abi no iba a salir por el momento, dejó al descubierto un doble fondo en la tapa del arcón, del que sacó un cinturón, que ocultó en el vestido, y una pequeña daga, con la empuñadura dorada con forma de dragón, y una pistola dorada, que guardo en sendos compartimentos del cinturón.
Justo cuando acabó y cerraba el arcón, salió Abi seguida de sus dos pequeños hijos, que tenían seis años y medio.
Rodrigo era un muchacho que, a pesar de su corta edad, se notaba que era más fuerte que el resto de chicos de su edad. Tenía su mismo pelo rojizo pero sus ojos y el resto de sus rasgos, menos la nariz, que se parecía a la de ella, eran iguales a los de Alfredo. Llevaba un elegante traje de casa, que, para su desagrado, se parecía a los que llevaba la familia del Valle: camisa blanca, chaqueta roja, corbata a rayas, pantalones blancos y mocasines rojos. Además llevaba un anillo rojo con su nombre grabado en blanco.
Sol tenía su misma constitución, finas curvas y manos suaves y delicadas, pero, al igual que ella, también era fuerte y bastante inteligente. Tenía al pelo naranja de su padre y sus ojos eran como los de ella. Sus rasgos menos la nariz, que se parecía a la de Alfredo, eran como los de ella y llevaba un vestido parecido al suyo pero rojo con bordados blancos, acompañado por unos zapatitos blancos. Tenía un collar como el suyo, pendientes rojos, una diadema blanca con perlas engastadas y un anillo blanco con su nombre en rojo.
Ambos muchachos estaban malhumorados con expresiones de desagrado y repulsión en sus ojos. Como a ella, no les gustaba tener que llevar esa ropa todos los días y en cuanto llegaban a su habitación se ponían ropa más propia de piratas que de familia aristocrática y elegante.
-¿Tenemos que ponernos esto?- Preguntó Sol con una voz parecida a la suya pero más aguda.
-Si cariño- Respondió con dulzura comprensiva.
-¡Yo no quiero llevar esto!- Exclamó Rodrigo intentando deshacer el nudo de la corbata.
-Escuchad- Dijo con la voz que utilizaba para decirles algo importante, arrodillándose entre los dos y cogiéndoles de la mano- A mí tampoco me gusta tener que llevar este vestido, pero no nos queda otro remedio que hacerlo. Solo tenéis que aguantar un poco más y papa vendrá a rescatarnos.
-Siempre nos dices eso mama- Replicó Rodrigo.
-Lo sé, pero esta vez es diferente. Estoy segura de que papa vendrá pronto- Contestó- Ahora vamos a bajar a desayunar y os portareis bien ¿Entendido?
-Si mami- Contestaron con resignación y la cabeza agachada.
-Bien. Vamos- Dijo a Abi, que siempre se hacia la sorda y fue la primera en salir.
Su habitación, que era la única estancia de la torre circular del extremo más alejado del castillo, se encontraba en lo más alto de la torre y desde su ventana se podía ver por completo el Bosque Blanco, que estaba formado por los árboles de la nieve, que daban un fruto muy dulce y apreciado por todos. Además la única manera de llegar a dicha habitación era a través de una intrincada escalera de caracol de madera, que finalizaba en la estancia circular de abajo, cuya puerta, que era de fuertes barrotes de hierro, llevaba al patio interior del castillo.
Tras cruzar la puerta llegaron al patio interior, cuyo suelo estaba formado por losas de mármol blancas y rojas, que se dividían en cuatro áreas gracias a cuatro pequeños canales de agua cristalina, que partían de una hermosa fuente escalonada de mármol azul de diferentes tonalidades. Estaba rodeado por una serie de galerías compuestas por arcos ojivales, que eran sujetados por columnillas corintias, y las paredes interiores estaban decoradas con hermosos murales que mostraban paisajes de Bosque Blanco.
Cruzaron la plaza, abrieron la puerta que estaba enfrente de la de la torre y atravesaron un pasillo con el suelo rojo y el techo y las paredes blancas. De estas paredes colgaban cuadros con imágenes de la ciudad y entre estos había pequeñas mesitas de mármol rojo, en las que había vitrinas con dagas traídas de todo el sistema solar. Hacia la mitad del pasillo se encontraron con dos puertas de madera y marcos de oro tallados con formas geométricas.
Al cabo de un rato el pasillo cambiaba transformándose en un corredor de piedras rojas, formado por arcos de herradura y con un tejado completamente plano. A ambos lados de este corredor había bancos de mármol blanco y acababa en una puerta circular, que llevaba al ala principal del castillo, donde estaban los aposentos de la familia del Valle, y estaba flanqueada por dos altas estatuas con forma de dragóntropos, terribles seres mitad humano mitad lagarto.
Nada más cruzar la puerta se encontraron en un pasillo con paredes rojas y techo y suelo blancos, cuya única luz provenía de los candelabros de la pared. La primera puerta que vieron a su izquierda era de cristal casi opaco y llevaba a las cocinas, mientras que enfrente estaba la despensa.
La segunda puerta a la izquierda llevaba al salón-comedor en el que se encontraba la familia del Valle esperándola para el desayuno.
El suelo estaba hecho de mármol rojo y las paredes, de las que colgaban cuadros de sangrientas batallas, eran blancas. El techo era un bonito fresco de la ciudad y de él colgaba una rojiza lámpara de bolas.
A la derecha de la puerta había un inmenso bodegón de madera roja lleno de suculentos vinos y delante de este había un conjunto de sillones blancos, colocados alrededor de una larga mesa blanca de cristal. En la pared de la derecha había dos puertas, una en cada esquina, que llevaban al salón del trono.
Enfrente de la puerta había una inmensa cristalera transparente, que permitía ver los árboles y las flores del jardín que rodeaba al castillo. En el lado derecho, delante de la cristalera, había una pequeña tarima de madera blanca sobre la que descansaba un elegante piano rojo.
En la izquierda de la sala se encontraba la larga mesa de madera blanca con las patas talladas, que estaba repleta de suculentos manjares dispuestos para el desayuno en las brillantes fuentes hechas con rubies. Alrededor de estas fuentes brillaban con intenso fulgor los platos de oro y los cubiertos de plata y refulgían las copas.
Presidiendo la mesa, enfrente de la vidriera, se encontraba Melitón del Valle, un hombre de cincuenta años con pelo marrón y rasgos fuertes, que tenía una actitud furibunda y un carácter bastante irritable. A su derecha estaba su mujer, Soledad, una señora de pelo rubio, hermosos ojos azules y rasgos dulces, que escondían a una víbora que no se detenía ante nada para alcanzar sus propósitos. Y a su izquierda estaba su hijo, Adelardo, con el que se había visto obligada a casarse, de veinte años, que tenía el pelo ocre y unos ojos verde oliva.
Al lado de Soledad estaba Suplicio, una muchacha de dieciocho años con pelo rubio y ojos verdes hija de Melitón y de su primera mujer, Frígida, hermana de Soledad, a la que habían prometido con Telésforo Ríos, heredero de un enorme marquesado. Junto a esta se encontraba Torcuata, una extravagante mujer, que siempre vestía extraños trajes y se teñía el pelo de colores, casada con Romualdo, y, acompañándola, su hija Umbelina, que se parecía demasiado a Melitón, de dieciséis años. La fila la cerraban Angustias, la hermana mayor de Melitón, que tenía cincuenta y seis años, su hijo Valarico, bastante parecido a Adelardo, que tenía veinticinco años, y su hija Marcelina de veinte años, una chica muy atractiva de pelo rubio y ojos azules.
Enfrente de esta fila, es decir, al lado de Adelardo, estaban, después de los sitios reservados para ella y sus hijos, Ludovico, un chico de quince años hijo de Melitón y Soledad, que tenía el pelo y los ojos negros y la cara llena de piercings, y, dos asientos más adelante, que se reservaban para Romualdo y Nolasco, Leobardo, el hermano dos años menor de Melitón, y su hijo de dieciocho años Benedicto.
Nada más entrar supo, por las caras de angustia de la mayoría, los únicos que parecían felices, pero trataban de ocultarlo, eran Adelardo, Valarico y Benedicto, que algo muy grave había tenido que pasar, y, si tenía en cuenta los ojos llorosos de Torcuata y Umbelina, sospechaba que tenía relación con Romualdo y Nolasco, lo que la alegraría más que nada en el mundo.
-¿Ha ocurrido algo?- Preguntó mientras se sentaba y empezaba a servirse el desayuno.
-El Dragón Dorado ha atacado Veguinia- Contestó Adelardo, tras un largo rato, haciéndola estar a punto de tirar el cuchillo que tenía en la mano debido a la sorpresa- La han destruido completamente. Según el mensaje habían llegado a las puertas del castillo cuando soltaron las palomas.
-Tenía entendido que el Dragón Dorado estaba inactivo- Dijo sabiendo que Alfredo no destruiría una ciudad entera sin un motivo.
-Verás querida- Contestó Soledad- Hace seis meses el barco de Procopio se encontró con el Dragón Dorado, entablando un feroz combate, en el que Melitón mató a Perseo, el hermano de Alfredo, y se llevó su cuerpo.
-Espero que Romualdo y Nolasco estén bien- Dijo intentando ocultar el inmenso dolor que sentía por esa noticia.
-No seas embustera- Saltó Marcelina- Solo estás preocupada por Oscar. Pues has de saber, bonita, que el puerto fue lo primero en arder. A si que tu hermano habrá sido cocido por tu calientacamas.
-Al menos el mío sigue vivo- Contestó con toda la tranquilidad del mundo y provocando un tenso y frío silencio.
- Abi, llévate a los niños- Dijo Adelardo sabiendo lo que se avecinaba. Cuando los niños se fueron se dirigió a Amapola- Cariño, te agradecería que le pidieras disculpas a mi prima por tus palabras.
-Tienes razón mi amor- Contestó haciéndose la arrepentida- Lo siento- Le dijo a Agnes- Sé que nunca traicionarías de esa manera a tu querido hermano- Añadió con una sonrisa y recalcando la palabra querido.
-¡¿Cómo te has atrevido a decir eso?!- Tronó Valarico colorado como un tomate.
-Diciéndolo-Respondió.
-Sorprende que estés tan tranquila sabiendo que tu hermano ha muerto- La dijo Umbelina llena de odio y rencor.
-Puede que mi hermano este muerto- Contestó ella intentando sonar tranquila- Pero se que Alfredo lo habrá encontrado y le dará las honras fúnebres que se merece, mientras que tu padre, tu hermano y la familia Vega habrá muerto entre horribles sufrimientos y sus cuerpos se estarán pudriendo y serán pasto de los animales salvajes- Añadió alterándose cada vez más a cada palabra que salía de sus labios.
-Siento decirte que Alfredo estará demasiado enfadado por la muerte de su puto hermano para ver el cuerpo del tuyo- Replicó Ludovico.
-Perseo no era un puto. A diferencia de otros que les chupan la poya a su medio hermano casi todas las noches- Replicó a su vez destilando veneno a cada palabra.
Aquellas palabras desbordaron el vaso de paciencia de Adelardo, quien de un rápido moviendo la cruzó la cara de un manotazo, que la tiró de la silla y la hizo rodar por el suelo, mientras el resto se reía a carcajadas.
El dolor estaba a punto de hacerla llorar, pero no podía permitirlo. Ella era Amapola Torres, la mujer del Dragón Dorado, y no podía dejar que sus enemigos la vieran débil. Se lo debía a Oscar, a Alfredo y a su padre.
Por ello cerró los puños, retuvo sus lágrimas y se levantó llena de fuerza y coraje.
-Reíros ahora. Porque cuando Alfredo venga a liberarme, yo misma me encargaré de ordenar como torturaros y mataros- Les dijo acallando sus risas y lanzando llamas por los ojos.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó con la cabeza bien alta, sin darles tiempo a contestarla. Cruzó todo el castillo, satisfecha consigo misma, y subió a su habitación.
-Abi ¿Podrías llevarte a los niños al jardín?- Preguntó a la muchacha.
-Si señora- Contestó la joven percatándose de la marca que seguramente lucia en la cara.
Cuando sus hijos se fueron y vió que por fin estaba sola, se tumbó sobre la cama, enterró la cabeza entre las suaves almohadas y lloró desconsoladamente por todo por lo que necesitaba llorar.
No se podía creer que Perseo estuviera muerto, sobre todo que hubiera muerto a manos de Procopio. Aunque la consolaba estar segura de que a esas alturas Procopio estaría encerrado en el barco soportando las horribles torturas de la tripulación y ella se alegraba por ello. Todavía se acordaba de ese joven apuesto de trece años, que veía en su hermano mayor la persona en la que quería convertirse, tras la trágica perdida de su padre.
Había sido el único del barco que la había tratado con amabilidad desde el principio y no tardo en encariñarse con él. Juntos habían reído muchas veces, se habían contado multitud de historias y se habían bañado alrededor del barco en compañía de Oscar, que enseguida se hizo amigo de Perseo.
Ahora Perseo estaba muerto y posiblemente Oscar también. Pensar en eso hizo que el dolor que sentía en el pecho se agravase enormemente. Su último hermano, por quien se había casado para salvarlo renunciando a su libertad, la persona a la que más quería en este mundo, aparte de Alfredo y de sus hijos, muerto en la destrucción provocada por su amado. No se la ocurría mayor tragedia que esa. Su feliz vida en Torre Blanca parecía que había ocurrido mucho tiempo atrás y que lo que ahora vivía no era más que una horrible…
Varios golpes fuertes en la puerta la sacaron de sus pensamientos y la hicieron levantarse. Se arregló todo lo que pudo, se limpió las lágrimas de la cara y abrió la puerta, encontrándose con Adelardo.
-¿Cómo estás cariño?- Preguntó este haciéndose el preocupado.
-¿Tú cómo crees que estoy? Puñetero folla hermanos- Respondió con fiereza y con las fuerzas recuperadas.
-¿Cómo te has dado cuenta?- Preguntó Adelardo con seriedad.
-¿Acaso importa?
-Supongo que no. Te he traído algo de desayuno- Añadió su marido poniendo entre los dos un carrito.
-Tu familia me ha quitado el apetito.
-Entonces morirás de hambre.
-Así me librare de vosotros.
-¿Dejarías a nuestra merced a tus hijos?
-¿Solo has venido a traerme el desayuno?
-No. Venía a invitarte a venir al mercado de la plaza. Se irán antes de la comida.
-¿Al mercado ambulante?- Preguntó mientras un pensamiento se iluminaba en su cabeza- De acuerdo- Respondió tras pensarlo un momento.
-¿Vendrás?- Preguntó Adelardo pillado por sorpresa- ¡Genial! Te prometo que no te arrepentirás- Añadió antes de irse.
Amapola esperó a que se fuera y empezó a llorar, pero no de tristeza sino de alegría. Al fin iba a poder escaparse con sus hijos y reunirse con Alfredo. Había dejado que el dolor la engullera pero la idea que tenía la había llenado de esperanzas.
Conociendo como conocía el corazón de Alfredo, lo más seguro es que hubiera dejado intacto el mercado de esclavos de Veguinia. Seguro que había entrado a liberar a los esclavos y al ver a su hermano lo habría llevado al barco. Después de haber destruido la ciudad habría hablado con él y ahora se estaría dirigiendo hacia allí.
Por eso tenía que escapar y reunirse con él en un punto entre Veguinia y las tierras del Valle, o se iniciaría una batalla que podría resultar fatal para alguno de los dos.
Su plan era esconderse en uno de los carromatos que llevaban el mercado. Estos mercados solían seguir siempre la misma ruta y se había enterado de que este venía del este, por lo que esa era su última parada y ahora haría el mismo recorrido a la inversa, a si que en algún punto se encontraría con el Dragón Dorado.
Pero primero tenía que encontrar la forma de escapar del castillo sin que la vieran y el mejor momento era a las doce del mediodía, durante el cambio de guardia, que dejaba las puertas sin vigilancia durante cinco minutos.
La quedaba poco tiempo si quería ir al mercado, volver y prepararse antes de las doce, por ello se cambió deprisa, salió como un cohete de la torre, dejándola una nota a Abi sobre como tenía que vestir a los niños, y llegó a la entrada justo cuando Adelardo bajaba por las escaleras.
La estancia tenía las paredes rojas y el suelo, de baldosas de mármol blanco, tenía en el centro un mosaico con el escudo de armas de los Valle. Del techo, que era un bonito fresco de la ciudad vista desde el mar, colgaba una rojísima lámpara de araña. En el lado derecho de la sala, según se entraba por la puerta principal, había una enorme puerta de madera que llevaba al salón de baile y, al otro lado, otra puerta idéntica daba a una espléndida biblioteca. Junto a la puerta izquierda, casi contra la pared del fondo, había una puerta más pequeña que llevaba a la zona del servicio.
En la pared del fondo había una gigantesca puerta que llevaba al salón del trono y a su derecha unas escaleras de mármol blanco con una barandilla de oro, que llevaba a un primer piso, abierto a la entrada con una barandilla de mármol blanco, cuyas paredes estaban decoradas con hermosos retratos.
-Estás muy guapa- Dijo Adelardo mientras bajaba las escaleras.
-Gracias- Contestó sin dejar de pensar que pronto huiría de su lado para siempre.
-Cuando quieras nos vamos.
-Pues adelante.
Adelardo sonrió, la cogió del brazo y se encaminó con ella hacia la salida. Atravesaron el jardín por un pequeño caminito de guijarros rojos y blancos, esperaron a que levantaran la enorme puerta principal y salieron a la ciudad.
Las casas blancas y rojas los saludaron como si fueran un ejército alineado frente a su capitán. Estas contaban con tres pisos, que eran habitados por los mineros y carpinteros que trabajaban en el Bosque Blanco, donde se pasaban casi todo el día llegando a sus hogares cansados y extenuados. Los balcones, cornisas y fachadas estaban llenos de enredaderas de vistosas flores, que se deslizaban como gusanos por las grietas de las casas.
Las calles contaban con unas pequeñas aceras para los transeúntes en las que había árboles y bancos, además de un sistema de luz compuesto por bolas de fuego rojo, naranja, azul y verde.
La plaza, que se encontraba bastante cerca del castillo, tenía forma cuadrada y, a diferencia del resto de la ciudad, estaba formada por piedras azules de diferentes tonalidades. En el centro contaba con una bella fuente escalonada de mármol verde, en la que había peces de múltiples colores.
El edificio que sobresalía por encima de los demás era el gran templo de Terra, que estaba a la izquierda de la plaza, según se venía del castillo, construido con mármol marrón y naranja.
La fachada principal del templo estaba formada por ocho columnas jónicas naranjas, sustentadas sobres una base escalonada marrón, que servían de apoyo a una cornisa semicircular, con un reloj con manecillas de oro en su centro, y a un grupo de esculturas de Terra que rodeaban el edificio.
Detrás de esta cornisa se levantaba la torre campanario de forma cuadrada, que tenía un tejado piramidal sostenido por columnas y arcos y en cuyo centro se encontraban las cinco campanas de oro que se podían oir desde cualquier punto de la ciudad.
El templo contaba en su centro con un jardín abierto al cielo, donde había una pequeña fuente, que llenaba de agua el lugar convirtiéndolo en una zona algo pantanosa, y rodeado por galerías abovedadas abiertas a él a través de arcos de herradura.
La plaza, en esos momentos, se encontraba llena de puestos con todo tipo de objetos, baratijas, herramientas, comida, ropa y armas y abarrotada de personas, que se empujaban y tropezaban entre si, mientras los tenderos gritaban a todo pulmón para llamar la atención sobre sus productos.
-Me gustaría comprarles ropa a mis hijos- Dijo después de un rato, viendo que él no apartaba los ojos de los puestos de armas- Tú si quieres vete a otro sitio y más tarde nos reunimos en la fuente.
-Como gustes querida- Contestó Adelardo dejándola sola.
Amapola no desaprovechó la oportunidad y compró tres mochilas, tres grandes botellas de agua, tres pares de botas, tres capuchas y algo de comida. Todo esto la llevo media hora, al cabo de la cual se reunió con Adelardo, que había comprado varias dagas y una espada, en la fuente y emprendieron el regreso al castillo.
-¿Has comprado mucho?- Preguntó Adelardo mientras volvían.
-Lo que necesitaba- Respondió sin dar más explicaciones.
-Me alegra ver que estas contenta- Dijo él- A ver si podemos comer tranquilos.
-Fue Marcelina la que empezó insultando a mi hermano- Contestó.
- Y a Alfredo- Añadió Adelardo mirándola con atención.
-Eso es agua pasada- Replicó ella desviando la mirada.
-Pues parecías muy segura de que vendrá a rescatarte- Replicó él a su vez.
-Porque él seguro que todavía me quiere.
-Espero que sea cierto. Asi cuando venga podré separar su cabeza del resto de su cuerpo.
Amapola se tuvo que morder la lengua para no contestar a eso y continuaron el camino en el más absoluto silencio.
El corazón cada vez la latía con más fuerza y los nervios se iban apoderando de ella, pero tenía que permanecer tranquila o si no alguien se daría cuenta de su nerviosismo y empezaría a sospechar de sus planes o bien ella misma daría un paso en falso y acabaría en el calabozo sin nadie que pudiera proteger a sus hijos.
Ya en el castillo se separaron: Adelardo subió a sus aposentos para prepararse para la comida y ella volvió a cruzar el castillo para ir a la torre, donde sus hijos la esperaban ya vestidos.
-Gracias por todo Abi- Dijo a la muchacha sentada a los pies de la cama.
-Eso ha sonado a despedida señora- Dijo Abi levantándose.
-Por que lo era.
-¿Se va de viaje con el señor?- Preguntó Abi sabiendo que no era asi.
-No Abi. Me voy con mis hijos- Respondió- Si te preguntan di la verdad. No quiero que tengas problemas por mi causa.
-Gracias señora- Contestó la chica emocionada- Me alegro que se vaya. Un corazón como el suyo no merece estar entre esta gente.
-Agradezco tus palabras Abi. Ahora vete. Ya bastante te he comprometido- Contestó también emocionada.
-Adiós señora- Dijo la chica antes de darla un efusivo abrazo y salir llorando de la habitación.
Cuando salió de la habitación, ella se fijó en sus hijos, que llevaban puesto los disfraces de piratas que les había hecho y tenían expresiones de desconcierto en sus inocentes caritas.
-¿Nos vamos mami?- Preguntó Sol.
-Si hija. A buscar a tu padre- Respondió.
-¿No iba a venir?- Preguntó Rodrigo.
-Al final hemos decidido reunirnos en otro sitio. Pero nadie se tiene que enterar y tenemos que hacerlo en secreto- Contestó antes de sacar las capuchas y ponérselas a sus hijos junto con las botas- Esto nos ayudará a escondernos y os he traído esto- Añadió dándoles las mochilas con agua y comida.
Después ella misma se cambió de ropa, se puso la capucha y la mochila, cogió algo de dinero y algunas joyas, por si necesitaba venderlas, y sacó de su baúl sus dagas y unos pequeños puñales para sus hijos, que esperaba no tuvieran que utilizar.
Ya preparados salieron de la torre en el más absoluto silencio, solo roto por el zumbido de las moscas y el viento, llegaron al jardín, donde se escondieron de los guardias utilizando las columnas, y consiguieron llegar a la zona izquierda del castillo sin ser descubiertos.
Una vez pasado el pasillo, llegaron al camino porticado por el que accedieron al jardín y, escondiéndose entre los árboles, llegaron a la puerta oeste del castillo.
-¿A qué esperamos mami?- Preguntó Sol.
-Al cambio de guardia pequeña- Respondió sin soltar la mano de sus hijos.
Nada más decirlo sonaron las campanas del templo y los guardias se levantaron de sus puestos entre risas y dejaron la salida vacía.
-Vamos niños, hay que darse prisa- Les dijo a los pequeños arrastrándolos hacia fuera a toda prisa.
Los niños corrían todo lo que les permitían sus pequeñas piernas y pronto la pequeña se cansó y tuvo que llevarla en brazos. Ella estaba a punto de sufrir un ataque por el estrés, pero lo hecho, hecho estaba y ya no había posibilidad de dar marcha atrás. La esperanza de encontrarse con Alfredo la daba fuerzas para seguir adelante y hacer lo propio con sus hijos, que llegaron a la plaza completamente agotados.
-Venid niños. Escondámonos aquí- Dijo llevándoles a una esquina oscura desde donde se veía la plaza, que estaba llena de carromatos en los que se guardaban los puestos del mercado y los productos que no se habían vendido, pero no se les veía a ellos.
-¿Qué hacemos aquí?- Preguntó Rodrigo.
- Estoy buscando un carromato en el que nos podamos esconder- Respondió.
-¿Viajaremos en uno?- Preguntó Sol.
-Si. Pero no pueden saber que vamos en él.
-¿Qué te parece aquel de allí mami?- Preguntó Rodrigo señalando un carromato que estaba contra la pared del otro lado.
-Perfecto cariño- Respondió dándole un beso en la cabeza- Vamos.
Sin perder de vista la plaza ni un instante por si alguien les veía, Amapola fue llevando a sus hijos, siempre contra la pared y al amparo de las sombras, hacia el carromato, al que llegaron en pocos minutos, que a ella se le hicieron eternos.
Desde ese lado levantó un poco la lona y, trepando por las tablas, se metió dentro, apartó las cajas, haciendo un hueco para ella y sus hijos, y sacó los brazos para ayudar a sus hijos a subir.
Las cajas entres las que estaban se encontraban llenas de telas y ropa y se apilaban las unas sobre las otras, formando un perfecto escondite para ellos. Sus dos hijos se acurrucaron contra ella y se quedaron dormidos, hasta que alguien abrió la tela por atrás iluminando el interior.
-Estas son las últimas- Se oyó decir a un hombre mientras se oía el ruido de cajas al ser arrastradas- Nos iremos con el resto dentro de cinco minutos.
Tras estas palabras volvieron a cerrar las telas y la oscuridad los envolvió de nuevo. No se podía creer hasta donde habían conseguido llegar, pero no se engañaba, todavía no habían salido de la ciudad y Adelardo y su familia podían darse cuenta de su fuga.
Sus hijos no tardaron en quedarse dormidos, pero ella, a pesar de estar agotada, no podía permitirse ese lujo. Hasta que no estuvieran en otra ciudad, ni ella ni sus hijos estarían a salvo y todavía no se habían puesto ni en marcha.
Estaba deseando encontrarse con Alfredo. Seguro que todavía no se había recuperado de la muerte de Perseo y la necesitaría. Además algo en su interior la decía que su hermano Oscar se encontraba a salvo en el Dragón Dorado y quería cerciorarse de que estaba bien cuanto antes.
De repente el templo dio la una y en la parte delantera del carro so oyó ruido de gente subiendo en él.
-¡Arre!- Tras el grito del conductor, los caballos se pusieron en marcha y el carro dio un bandazo, uniéndose a la caravana, que pronto saldría de las murallas de la ciudad.

