Grumetes.

CatBlackianos

miércoles, 28 de agosto de 2013

CAPITULO II: La fuga de Amapola

Después de haber dormido durante dos horas, tras la llegada de sus hombres, y de haber mandado poner rumbo a Drakon, la isla en la que tenían su refugio, se despertó, se levantó y abrió la ventana dejando que la fresca brisa marina acariciase su piel desnuda y que la luz bañase su habitación.
            Tenía la enorme cama de oro con mantas y sabanas doradas ubicada en el lado derecho de la puerta, según entrabas en la habitación, y delante de esta un monstruoso armario con toda su ropa. Encima de la cabecera de la cama, colgado de la pared, había un retrato suyo y de Amapola en los jardines de Torre Blanca, pintado por Perseo, y a los pies había una puerta para pasar al baño compartido con la habitación de Perseo, que ahora era la de Oscar.
            El suelo, construido con tablas doradas, estaba cubierto por una alfombra dorada con la forma de un dragón y el techo era un bonito dibujo de todas las constelaciones con una luna llena en el centro, de la que colgaba una lámpara con la forma del barco.
            La ventana, desde la que observaba el horizonte, estaba al lado del armario ropero y al otro lado de esta había un gigantesco armario, que haciendo escuadra, también ocupaba la pared izquierda de la habitación, en el que guardaba todas sus armas.
            El resto de la habitación, es decir, el lado izquierdo de la puerta, estaba ocupado por un entretejido de troncos en los que dormía Furioso.
            Se vistió, poniéndose una camisa dorada de mangas cortas y un pantalón vaquero dorado, con un cinturón marrón y una hebilla plateada, mientras Furioso se desperezaba, consultó su reloj, descubriendo que eran las diez de la mañana y que había dormido dos horas, y salió de la habitación seguido de su fiel compañero.
            Cruzó el pasillo, deteniéndose para ver como estaba Oscar, quien dormía placidamente y tranquilo como un bebe, y salió a cubierta. Después se dirigió a proa, saludando a los piratas con los que se encontraba, atravesó la puerta secreta que había detrás de las escaleras y que se abría empujando un tablón que tenía una mancha con forma de Dragón, y llegó a la cámara de proa, que era la sala de torturas.
            -¡Oh si!- Gritó Roberto, justo cuando cerraba la puerta, corriéndose en la boca de Procopio.
              La sala, que ocupaba todo el castillo, era oscura debido a que no tenía ninguna ventana y la poca luz que había provenía de las pequeñas lámparas de aceite que colgaban del techo. Las paredes estaban ocupadas por armarios en los que se guardaban las herramientas de tortura y desperdigadas por todo el lugar había máquinas de pesadilla, que harían gritar al más fuerte de los hombres.
            Sin embargo había un lugar que estaba libre de estos elementos. En la esquina izquierda de la pared que estaba delante de la puerta se encontraba el lugar en el que ataban a sus presos, que se componía de una pequeña bañera, pegada a la pared izquierda, una serie de ganchos en la pared y una vieja cama. Enfrente de los ganchos había una pequeña mesa de madera cuadrada con tres minúsculos taburetes redondos.
            En esos momentos, de los ganchos partían fuertes cadenas de hierro que se ataban a las muñecas y tobillos de Procopio, quien se encontraba arrodillado delante de Roberto y, además, tenía un collar de cuero negro, que tenía una correa por detrás, atado fuertemente a su cuello.
            Roberto, a pesar de haberse corrido, seguía bombeando en la boca de Procopio, ahogándolo con su semen, y Ricardo observaba la escena medio tumbado en la cama, con signos evidentes de haber disfrutado de Procopio, mientras Alejandro y Santiago se entretenían jugando una partida de ajedrez en la mesa, a donde se dirigió.
            -¿Quién va ganando?- Les preguntó sentándose en el taburete libre, que estaba enfrente de Procopio.
            -Santiago- Respondió Alejandro lanzando un quejido al ver como su contrincante le comía la dama con un caballo- Es demasiado bueno para mí.
            -Oh tú eres demasiado malo para este juego- Le dijo Santiago con una sonrisa burlona.
            -¡Oye! Una cosa es que me venzas pero no me acuchilles después de muerto- Replicó Alejandro.
            -La vedad ofende ¿Eh?- Le dijo para pincharlo aún más.
            -¿Desde cuando estás en mi contra?- Preguntó Alejandro volviéndose hacia él.
            -Desde que sé que te tirabas a mi hermano- Respondió con seriedad haciéndolo enrojecer-¿Has acabado?- Le preguntó luego a Roberto- Quiero hablar con él.
            -Espera un momento más- Respondió Roberto sin dejar de bombear en la boca de Procopio, que estaba morado, por la poya que tenía en la boca y el semen que le llenaba la garganta y le salía por las comisuras de los labios.
            -Estos dos para el sexo son como dioses- Comentó Santiago volviendo a centrarse en la partida.
            Alfredo solo pudo darle la razón con un asentimiento de cabeza. Los dos gemelos habían sido el noveno y décimo hijo de un matrimonio de humildes campesinos de Setop, que los vendió a los tres años a una familia de ricos comerciantes de Rednatnas, en cuya casa sirvieron como esclavos durante siete años.
            Cuando tenían diez años, Rednatnas sufrió el ataque de la flota de los marqueses de Oablib, donde acabaron en manos de un cruel comerciante, que les dejó las marcas de latigazos que ahora lucían en sus espaldas, y fueron pasando de mano en mano hasta acabar en Anolecrab.
            Allí fueron adquiridos por la duquesa de Anoladab, quien los convirtió en esclavos sexuales en su palacio y les obligó a prostituirse con todo aquel que quisiera sus servicios, pagando previamente a la duquesa un dinero que ellos nunca vieron, durante los años que estuvieron con ella.
            Tenían quince años cuando Anoladab fue atacada por su padre, ya que tenía una cuenta que saldar con el marido de la duquesa, quien los liberó, los llevó al barco y los incluyó en su tripulación, donde encajaron a la perfección.
            Por eso ninguno de los dos dudaba a la hora de arriesgar su vida para salvarlo, a pesar de sus quejas y replicas. Pensaban que, debido a que su padre los había liberado, estaban en deuda con él y, como estaba muerto, la saldaban protegiéndolo.
            Esta forma de pensar hacía que sintieran que habían fallado a su padre, al no haber impedido el fatal desenlace de Perseo, y sentían una enorme frustración, o al menos eso pensaba él, que pagaban en Procopio, quien, por cierto, estaba a punto de morir ahogado.
            -¡Roberto! ¡Ya vasta!- Le ordenó levantándose.
            -Si señor- Contestó este sacando su polla de la boca de Procopio, que enseguida escupió todo el semen que tenía y respiro con grandes bocanadas- Luego volveré- le dijo Roberto acariciándole los testículos- Todavía no hemos acabado.
            Roberto se tumbó en la cama, al lado de su hermano, y él se fue acercando a Procopio hasta detenerse a medio metro de él, mientras Alejandro y Santiago dejaban la partida para presenciar el espectáculo.
            -¿Te has divertido?- Le preguntó con sorna.
            -La verdad es que no. Tus muchachos no saben follar como es debido- Respondió Procopio, todavía respirando con dificultad, levantando la cabeza y mirándolo con odio.
            -No te preocupes, eso se puede arreglar ¿Verdad que si chicos?- Preguntó a los dos gemelos, que por toda respuesta sonrieron lujuriosamente.
            -¿Por qué no me matas de una vez y acabamos con esto?- Le preguntó Procopio.
            -Pensaba hacerlo. Lentamente, pero acabarías muriendo- Respondió arrodillándose delante de él para mirarlo directamente a los ojos- Sin embargo hay un pequeño problema. Armando, uno de mis mejores guerreros, me ha informado de que el cuerpo de mi hermano no estaba en la ciudad. Me gustaría que me dijeras donde está.
            -Cortado en cachitos en la barriga de los perros del castillo- Contestó Procopio con una sonrisa antes de recibir un fuerte puñetazo, que le llenó la boca de sangre, que tuvo que escupir a un lado.
            -¿Dónde está?- Volvió a preguntar lentamente y con una voz que indicaba que no aguantaría bromas ni chanzas.
            -Seguro que en tu lecho- Respondió Procopio sonriéndole burlonamente- Apuesto a que te divertías con él todas las noches- Añadió antes de recibir todo un ejército de puñetazos que le destrozaron la cara.
            -Esas palabras te vana costar muy caras- Le dijo rodeándole el cuello con una mano y levantándole la cabeza para mirarlo a los ojos- Y te puedo asegurar que me dirás donde está el cuerpo de Perseo.
            -No te lo puedo decir porque no lo sé- Contestó Procopio al borde de la inconsciencia con la boca y nariz rotas y el ojo derecho morado- Se lo di hace cinco meses al duque del Castillo de Cristal.
            -¡¿Cómo?!- Tronó echando humo por la nariz como un toro embravecido.
            -Acaso te pensabas que iba a tener el cuerpo de tu hermano para siempre. Son muchos los que odian al gran Dragón Dorado y muchos los que quieren vengarse utilizando el cuerpo de tu hermanito.
            -Lleváoslo a la enfermería y luego lo traéis aquí para divertiros- Les dijo a Alejandro y a Santiago- Ricardo vete al comedor a ver como están nuestros invitados. Roberto conmigo.
            Dadas estas órdenes salió seguido de Roberto a la cubierta, sin dejar de pensar en las palabras de Procopio ¿Cómo había podido ese gusano dar el cuerpo de su hermano a Aniceto, el duque del Castillo de Cristal, el lugar más depravado de esos contornos? Por todos era sabido que Aniceto metía en su lecho a sus hermanos y hermanas, con las que tenía hijos, a los que también metía, cuando cumplían trece años, en su cama, que a su vez seguían los pasos de su padre. Además los hombres que tenía a su cargo se tiraban a cualquier cosa que tuviera vida, se decía que algunos incluso fornicaban con los árboles. A si que ¿Por qué no iban a hacerlo también con el cuerpo de su hermano?
            En estos pensamientos iba sumergido cuando llegó a la habitación de Oscar y entró, echándolos a un lado por el momento.
            Oscar estaba despierto y de pie delante del espejo del armario, viendo como le quedaba la ropa de Perseo, lo que lo dejó paralizado durante unos instantes.
            -Siento mucho haberme puesto la ropa de Perseo- Dijo Oscar atropelladamente al ver su reacción- Pero no tenía ropa y no sabía que ponerme.
            -Tranquilo. No pasa nada. Nadie iba a usar esa ropa y estoy seguro de que Perseo hubiera querido que te la quedaras tú- Contestó.
            -Gracias ¿Cómo están los chicos que estaban conmigo?- Preguntó Oscar sentándose en la cama con preocupación.
            -Bien. De ellos quería hablarte- Respondió sentándose a su lado- Cuando lleguemos a Drakon tendremos que dárselos a alguien que los lleve a un lugar seguro.
            -Con alguno te podrías quedar- Le dijo Oscar- Beltrán es vidente y su hermano Camilo puede leer el pensamiento. Luego están Dael, que es un excelente guerrero, y Eloy, que tiene una puntería envidiable. También hay un inventor Isaías, que podría serte de utilidad, y un hipnotizador, Lázaro. Ah, casi se me olvidaban los gemelos Magno y Nerón, que querían unirse a ti.
             -¿Los gemelos son unos chicos con el pelo naranja y los ojos verdes?- Preguntó Roberto desde la puerta.
            -Si- Respondió Oscar.
            -¿Los conoces?- Le preguntó a Roberto.
            -Desde que han entrado al barco no han parado de repetir que querían hablar contigo, supongo que para pedirte unirse a la tripulación- Respondió Roberto.
            -¿Cómo sabes eso si estabas con Procopio?- Preguntó.
            -Me lo ha dicho Pascual, que fue a darles algo de ropa.
            -¿Valdrían?
            -Yo creo que si. El problema sería donde alojarlos en el barco.
            -Podrían compartir habitación- Dijo Oscar.
            -Yo no lo veo mala idea- Aprobó Roberto- Si quieres tú y yo podemos compartir habitación.
            -Roberto- Dijo con tono de advertencia.
            -Por mi bien- Contestó Oscar sorprendiendo a Alfredo.
            -Ves- Le dijo Roberto a Alfredo con una inmensa sonrisa- Al chico le parece buena idea.
            -El chico acaba de pasar por una mala experiencia y no sabe lo que dice- Replicó.
            -Se perfectamente lo que digo- Replicó a su vez Oscar.
            -No te preocupes Alfredo. Lo cuidaré muy bien- Dijo Roberto tumbándose en la cama mirándolos.
            -Eso es lo que me preocupa- Contestó temeroso del interés que perecía tener Roberto en Oscar.
            -No tienes por que ¡Hala, vete! Oscar y yo tenemos mucho de lo que hablar- Le dijo Roberto haciéndole un gesto con la mano para que se fuera.
            -Recuerda que soy tu capitán Roberto. Vigila como me tratas- Contestó achicando los ojos.
            -Lo siento- Se disculpó pero sin borrar la sonrisa- Ven Oscar, túmbate a mi lado- Le dijo a este, que se tumbó a su lado sin dudar ante un sorprendido y preocupado Alfredo- Él no está preocupado.
            -Tú verás lo que haces- Le dijo a Oscar viendo que no podía impedirlo para luego dirigirse a la puerta.
            Cuando ya estaba a punto de salir a cubierta, Roberto salió y lo detuvo.
            -Espera- Le dijo dándole la vuelta- Mira. Sé que Oscar es especial porque es el hermano de Amapola y tú le quieres mucho. Pero también sé que moriría antes que hacerle daño.
            -¿Te gusta de verdad?- Preguntó sorprendido- Si no lo conoces.
            -Por eso quiero conocerle- Contestó Roberto- Teniendo en cuenta como soy es normal que estés preocupado. Pero esa forma de ser no me gusta, es más, la odio.
            -Vaya. Jamás me lo habría imaginado- Dijo pillado por sorpresa- ¿Y crees que Oscar te puede ayudar a cambiar?- Dijo más como afirmación que como pregunta.
            -Eso es. Siempre y cuando tú lo permitas.
            -De acuerdo- Dijo tras pensarlo unos instantes.
            -Gracias. Te lo agradezco- Contestó Roberto antes de volver a la habitación.
            Alfredo salió a cubierta y subió por las escaleras al puesto de mando, donde saludó a Atlantes, su timonel, y se apoyó en la barandilla para vigilar a su tripulación, con la sensación de que lo que acababa de pasar había sido un sueño.
            Pensaba que conocía a su tripulación, pero por lo visto se equivocaba ¿Quién iba a imaginar que Roberto buscaba el amor? Con lo mal que lo había pasado siendo esclavo sexual pensaba que no creía en ello y que por eso disfrutaba del sexo como se podría disfrutar de un libro.
Ahora resultaba que odiaba esa forma de ser y quería cambiar y, siendo sinceros, Oscar, con su forma de ser podría lograrlo. De lo único de lo que no estaba seguro era de si Oscar tendría las fuerzas suficientes para limpiar el pasado de Roberto.
             -Alfredo- Oyó que lo llamaba Alejandro desde las escaleras.
            Ya no lo volvería a ver con los mismos ojos. Pensaba que era su hermano y ahora resultaba que había estado manteniendo una aventura con Perseo. En realidad, ahora que le había dado vueltas al tema, lo que le molestaba era que no se lo hubieran contado, aunque, claro que viendo la reacción que había tenido al enterarse, igual habían hecho lo correcto.
            ¿Pero en que estaba pensando? Tendrían que habérselo contado. Asi, a lo mejor, lo hubiera entendido más fácilmente. En cambio, ahora, le costaba asumir que sus dos hermanos habían estado ocultándole su amor durante cinco años, cosa que habían hecho muy bien, por que él no lo había ni llegado a sospechar.
            -Dime- Le dijo viendo que este se impacientaba por su tardanza en contestar.
            -¿Vas a ir a ver a los compañeros de Oscar?
            -Si. Además, a lo mejor, algunos se unen a nosotros- Respondió yendo con él.
            -Vaya. Eso no me lo esperaba.
            -Yo tampoco.


            El sol entraba a raudales por la ventana redonda, atravesando los finos cortinajes blancos e inundando la habitación con sus dedos cálidos, que traspasaban las casi transparentes sedas que tapaban el cómodo lecho, en el que Amapola dormía placidamente, protegida por las columnillas de plata con forma de guerrero.
            A la derecha de la cama había una pequeña mesita con una lámpara roja sobre ella y, al lado de esta, un gran armario de madera blanca. A la izquierda tenía un elegante tocador rojo con un par de joyeros blancos, que tenían dibujado en la tapa el escudo de la familia Valle. Enfrente de la cama había un enorme arcón blanco con una cerradura de oro, a cuyos lados había dos puertas, una para pasar al baño y la otra daba al cuarto de sus hijos.
            Del techo colgaba una lámpara de globos blancos y el suelo era completamente blanco. Las paredes, de las que colgaba algún que otro cuadro, eran de piedras blancas y rojas.
            Abría los ojos cuando la puerta se abrió y entro Abi, la muchacha a la que habían asignado para servirla.
            -Señora ¿Estáis despierta?- Preguntó la joven apartando las sedas del lecho y asomando la cabeza.
            -Si Abi- Respondió sentándose sobre el mullido y suave colchón- ¿Podrías despertar a mis hijos?
            -Si señora. Pero antes debéis saber que su marido la espera para desayunar con la familia.
            -Gracias Abi- Contestó con un suspiro resignado.
            Mientras Abi entraba en la habitación de sus hijos, ella se despertó por completo, se puso su bata roja y se dirigió al tocador para prepararse.
            Lo primero que hizo fue sacar, del primer cajón a su derecha, un peine dorado, una de las pocas pertenencias que había podido llevarse de Torre Blanca, que muy pronto se encontró entre sus rojos cabellos, que parecían arder por los rayos del sol. Después se echó unas gotas especiales para hacer brillar sus ojos violetas y un rimel para realzar sus pestañas negras como el azabache. A esto siguió el pintalabios rosado con el que se perfiló la boca y, por último, se pintó las uñas de plateado con una mancha dorada en el centro que tenía forma de dragón, aunque esto nadie lo sabía.
            Tras este proceso, que duró un cuarto de hora, se acercó al armario justo en el momento en que Abi salía de la habitación adyacente.
            -He dejado a sus hijos vistiéndose- Dijo la muchacha mientras ella abría el armario-¿Quiere que la ayude?
            -Si, gracias- Contestó con inmensa gratitud. No le gustaba tener que tocar todos esos vestidos, con los colores de la familia Valle, que la recordaban constantemente todo lo que había perdido y la situación en la que estaba, casada con un hombre al que despreciaba y viviendo con una familia a la que odiaba- ¿Sabes por qué me requiere mi marido?
            -Sospecho que tendrá algo que ver con la paloma mensajera que ha llegado hace media hora.
            -¿Una paloma mensajera?- Preguntó entre sorprendida y aliviada. Las palomas mensajeras solo se utilizaban en caso de ataque, más que nada de piratas, y los únicos que se atreverían a atacar esas costas eran los piratas del Dragón Dorado, cosa que la llenaba de esperanza- ¿No me puedes decir nada más?
            -Sobre el contenido no señora- Respondió la joven acercándose con un elegante pero informal vestido banco con bordados rojos- Pero su marido, el marqués y el resto de la familia parecían bastante alterados.
            -Gracias Abi- Contestó mientras esta la empezaba a poner el vestido.
            La esperanza en su pecho crecía por momentos. Si la familia estaba alterada solo podía significar que algo grave les había pasado y eso sería una enorme satisfacción para ella, que no deseaba otra cosa que el mal para la familia que había destruido a la suya, y sería aún mayor esa felicidad si era Alfredo, su único amor, quien les provocara ese mal.
            Si Alfredo estaba atacando esas costas significaba que sabía lo que había sucedido en Torre Blanca y no tardaría en ir a buscarla… No, no podía hacerse ilusiones. Llevaba sin ver a Alfredo siete largísimos años y no habían tenido noticias el uno del otro en todo ese tiempo, a si que ¿Cómo iba Alfredo a saber donde estaba? Había muchos más piratas en el mar y el ataque, si es que había sido eso, que todavía no lo sabía, podría haber sido causado por cualquiera de ellos.
            -¿Se encuentra bien señora?-Preguntó Abi acabando de ponerla el vestido.
            -Si Abi. No te preocupes. Ve a ver si mis hijos necesitan ayuda- Respondió forzando una sonrisa.
            -Como gustéis- Contestó la joven antes de dejarla.
            Cuando la vió desaparecer en el cuarto de sus hijos, volvió al tocador, se sentó y empezó a abrir los joyeros. Del que tenía a la derecha sacó el anillo de boda que le había dado Melitón, hecho de oro con dos montañas y un río dibujados en rojo, y dos pendientes en forma de gota roja con una bola blanca en la punta. Acto seguido, del que tenía a la izquierda, que era más grande que el otro, sacó un collar compuesto por bolitas de nácar y rubies.
            Tras ponerse las joyas, se acercó al enorme arcón y sacó unos hermosos zapatos de un material dorado parecido al cristal pero más resistente. Luego, cerciorándose de que Abi no iba a salir por el momento, dejó al descubierto un doble fondo en la tapa del arcón, del que sacó un cinturón, que ocultó en el vestido, y una pequeña daga, con la empuñadura dorada con forma de dragón, y una pistola dorada, que guardo en sendos compartimentos del cinturón.
            Justo cuando acabó y cerraba el arcón, salió Abi seguida de sus dos pequeños hijos, que tenían seis años y medio.
            Rodrigo era un muchacho que, a pesar de su corta edad, se notaba que era más fuerte que el resto de chicos de su edad. Tenía su mismo pelo rojizo pero sus ojos y el resto de sus rasgos, menos la nariz, que se parecía a la de ella, eran iguales a los de Alfredo. Llevaba un elegante traje de casa, que, para su desagrado, se parecía a los que llevaba la familia del Valle: camisa blanca, chaqueta roja, corbata a rayas, pantalones blancos y mocasines rojos. Además llevaba un anillo rojo con su nombre grabado en blanco.
            Sol tenía su misma constitución, finas curvas y manos suaves y delicadas, pero, al igual que ella, también era fuerte y bastante inteligente. Tenía al pelo naranja de su padre y sus ojos eran como los de ella. Sus rasgos menos la nariz, que se parecía a la de Alfredo, eran como los de ella y llevaba un vestido parecido al suyo pero rojo con bordados blancos, acompañado por unos zapatitos blancos. Tenía un collar como el suyo, pendientes rojos, una diadema blanca con perlas engastadas y un anillo blanco con su nombre en rojo.
            Ambos muchachos estaban malhumorados con expresiones de desagrado y repulsión en sus ojos. Como a ella, no les gustaba tener que llevar esa ropa todos los días y en cuanto llegaban a su habitación se ponían ropa más propia de piratas que de familia aristocrática y elegante.
            -¿Tenemos que ponernos esto?- Preguntó Sol con una voz parecida a la suya pero más aguda.
            -Si cariño- Respondió con dulzura comprensiva.
            -¡Yo no quiero llevar esto!- Exclamó Rodrigo intentando deshacer el nudo de la corbata.
            -Escuchad- Dijo con la voz que utilizaba para decirles algo importante, arrodillándose entre los dos y cogiéndoles de la mano- A mí tampoco me gusta tener que llevar este vestido, pero no nos queda otro remedio que hacerlo. Solo tenéis que aguantar un poco más y papa vendrá a rescatarnos.
            -Siempre nos dices eso mama- Replicó Rodrigo.  
            -Lo sé, pero esta vez es diferente. Estoy segura de que papa vendrá pronto- Contestó- Ahora vamos a bajar a desayunar y os portareis bien ¿Entendido?
            -Si mami- Contestaron con resignación y la cabeza agachada.
            -Bien. Vamos- Dijo a Abi, que siempre se hacia la sorda y fue la primera en salir.
            Su habitación, que era la única estancia de la torre circular del extremo más alejado del castillo, se encontraba en lo más alto de la torre y desde su ventana se podía ver por completo el Bosque Blanco, que estaba formado por los árboles de la nieve, que daban un fruto muy dulce y apreciado por todos. Además la única manera de llegar a dicha habitación era a través de una intrincada escalera de caracol de madera, que finalizaba en la estancia circular de abajo, cuya puerta, que era de fuertes barrotes de hierro, llevaba al patio interior del castillo.
            Tras cruzar la puerta llegaron al patio interior, cuyo suelo estaba formado por losas de mármol blancas y rojas, que se dividían en cuatro áreas gracias a cuatro pequeños canales de agua cristalina, que partían de una hermosa fuente escalonada de mármol azul de diferentes tonalidades. Estaba rodeado por una serie de galerías compuestas por arcos ojivales, que eran sujetados por columnillas corintias, y las paredes interiores estaban decoradas con hermosos murales que mostraban paisajes de Bosque Blanco.
            Cruzaron la plaza, abrieron la puerta que estaba enfrente de la de la torre y atravesaron un pasillo con el suelo rojo y el techo y las paredes blancas. De estas paredes colgaban cuadros con imágenes de la ciudad y entre estos había pequeñas mesitas de mármol rojo, en las que había vitrinas con dagas traídas de todo el sistema solar. Hacia la mitad del pasillo se encontraron con dos puertas de madera y marcos de oro tallados con formas geométricas.
            Al cabo de un rato el pasillo cambiaba transformándose en un corredor de piedras rojas, formado por arcos de herradura y con un tejado completamente plano. A ambos lados de este corredor había bancos de mármol blanco y acababa en una puerta circular, que llevaba al ala principal del castillo, donde estaban los aposentos de la familia del Valle, y estaba flanqueada por dos altas estatuas con forma de dragóntropos, terribles seres mitad humano mitad lagarto.
            Nada más cruzar la puerta se encontraron en un pasillo con paredes rojas y techo y suelo blancos, cuya única luz provenía de los candelabros de la pared. La primera puerta que vieron a su izquierda era de cristal casi opaco y llevaba a las cocinas, mientras que enfrente estaba la despensa.
            La segunda puerta a la izquierda llevaba al salón-comedor en el que se encontraba la familia del Valle esperándola para el desayuno.
            El suelo estaba hecho de mármol rojo y las paredes, de las que colgaban cuadros de sangrientas batallas, eran blancas. El techo era un bonito fresco de la ciudad y de él colgaba una rojiza lámpara de bolas.
            A la derecha de la puerta había un inmenso bodegón de madera roja lleno de suculentos vinos y delante de este había un conjunto de sillones blancos, colocados alrededor de una larga mesa blanca de cristal. En la pared de la derecha había dos puertas, una en cada esquina, que llevaban al salón del trono.
            Enfrente de la puerta había una inmensa cristalera transparente, que permitía ver los árboles y las flores del jardín que rodeaba al castillo. En el lado derecho, delante de la cristalera, había una pequeña tarima de madera blanca sobre la que descansaba un elegante piano rojo.
            En la izquierda de la sala se encontraba la larga mesa de madera blanca con las patas talladas, que estaba repleta de suculentos manjares dispuestos para el desayuno en las brillantes fuentes hechas con rubies. Alrededor de estas fuentes brillaban con intenso fulgor los platos de oro y los cubiertos de plata y refulgían las copas.
            Presidiendo la mesa, enfrente de la vidriera, se encontraba Melitón del Valle, un hombre de cincuenta años con pelo marrón y rasgos fuertes, que tenía una actitud furibunda y un carácter bastante irritable. A su derecha estaba su mujer, Soledad, una señora de pelo rubio, hermosos ojos azules y rasgos dulces, que escondían a una víbora que no se detenía ante nada para alcanzar sus propósitos. Y a su izquierda estaba su hijo, Adelardo, con el que se había visto obligada a casarse, de veinte años, que tenía el pelo ocre y unos ojos verde oliva.
             Al lado de Soledad estaba Suplicio, una muchacha de dieciocho años con pelo rubio y ojos verdes hija de Melitón y de su primera mujer, Frígida, hermana de Soledad, a la que habían prometido con Telésforo Ríos, heredero de un enorme marquesado. Junto a esta se encontraba Torcuata, una extravagante mujer, que siempre vestía extraños trajes y se teñía el pelo de colores, casada con Romualdo, y, acompañándola, su hija Umbelina, que se parecía demasiado a Melitón, de dieciséis años. La fila la cerraban Angustias, la hermana mayor de Melitón, que tenía cincuenta y seis años, su hijo Valarico, bastante parecido a Adelardo, que tenía veinticinco años, y su hija Marcelina de veinte años, una chica muy atractiva de pelo rubio y ojos azules.
            Enfrente de esta fila, es decir, al lado de Adelardo, estaban, después de los sitios reservados para ella y sus hijos, Ludovico, un chico de quince años hijo de Melitón y Soledad, que tenía el pelo y los ojos negros y la cara llena de piercings, y, dos asientos más adelante, que se reservaban para Romualdo y Nolasco, Leobardo, el hermano dos años menor de Melitón, y su hijo de dieciocho años Benedicto.
            Nada más entrar supo, por las caras de angustia de la mayoría, los únicos que parecían felices, pero trataban de ocultarlo, eran Adelardo, Valarico y Benedicto, que algo muy grave había tenido que pasar, y, si tenía en cuenta los ojos llorosos de Torcuata y Umbelina, sospechaba que tenía relación con Romualdo y Nolasco, lo que la alegraría más que nada en el mundo.
             -¿Ha ocurrido algo?- Preguntó mientras se sentaba y empezaba a servirse el desayuno.
            -El Dragón Dorado ha atacado Veguinia- Contestó Adelardo, tras un largo rato, haciéndola estar a punto de tirar el cuchillo que tenía en la mano debido a la sorpresa- La han destruido completamente. Según el mensaje habían llegado a las puertas del castillo cuando soltaron las palomas.
            -Tenía entendido que el Dragón Dorado estaba inactivo- Dijo sabiendo que Alfredo no destruiría una ciudad entera sin un motivo.
            -Verás querida- Contestó Soledad- Hace seis meses el barco de Procopio se encontró con el Dragón Dorado, entablando un feroz combate, en el que Melitón mató a Perseo, el hermano de Alfredo, y se llevó su cuerpo.
            -Espero que Romualdo y Nolasco estén bien- Dijo intentando ocultar el inmenso dolor que sentía por esa noticia.
            -No seas embustera- Saltó Marcelina- Solo estás preocupada por Oscar. Pues has de saber, bonita, que el puerto fue lo primero en arder. A si que tu hermano habrá sido cocido por tu calientacamas.
            -Al menos el mío sigue vivo- Contestó con toda la tranquilidad del mundo y provocando un tenso y frío silencio.
            - Abi, llévate a los niños- Dijo Adelardo sabiendo lo que se avecinaba. Cuando los niños se fueron se dirigió a Amapola- Cariño, te agradecería que le pidieras disculpas a mi prima por tus palabras.
            -Tienes razón mi amor- Contestó haciéndose la arrepentida- Lo siento- Le dijo a Agnes- Sé que nunca traicionarías de esa manera a tu querido hermano- Añadió con una sonrisa y recalcando la palabra querido.
            -¡¿Cómo te has atrevido a decir eso?!- Tronó Valarico colorado como un tomate.
            -Diciéndolo-Respondió.
            -Sorprende que estés tan tranquila sabiendo que tu hermano ha muerto- La dijo Umbelina llena de odio y rencor.
            -Puede que mi hermano este muerto- Contestó ella intentando sonar tranquila- Pero se que Alfredo lo habrá encontrado y le dará las honras fúnebres que se merece, mientras que tu padre, tu hermano y la familia Vega habrá muerto entre horribles sufrimientos y sus cuerpos se estarán pudriendo y serán pasto de los animales salvajes- Añadió alterándose cada vez más a cada palabra que salía de sus labios.
            -Siento decirte que Alfredo estará demasiado enfadado por la muerte de su puto hermano para ver el cuerpo del tuyo- Replicó Ludovico.
            -Perseo no era un puto. A diferencia de otros que les chupan la poya a su medio hermano casi todas las noches- Replicó a su vez destilando veneno a cada palabra.
            Aquellas palabras desbordaron el vaso de paciencia de Adelardo, quien de un rápido moviendo la cruzó la cara de un manotazo, que la tiró de la silla y la hizo rodar por el suelo, mientras el resto se reía a carcajadas.
            El dolor estaba a punto de hacerla llorar, pero no podía permitirlo. Ella era Amapola Torres, la mujer del Dragón Dorado, y no podía dejar que sus enemigos la vieran débil. Se lo debía a Oscar, a Alfredo y a su padre.
            Por ello cerró los puños, retuvo sus lágrimas y se levantó llena de fuerza y coraje.
            -Reíros ahora. Porque cuando Alfredo venga a liberarme, yo misma me encargaré de ordenar como torturaros y mataros- Les dijo acallando sus risas y lanzando llamas por los ojos.
            Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó con la cabeza bien alta, sin darles tiempo a contestarla. Cruzó todo el castillo, satisfecha consigo misma, y subió a su habitación.
            -Abi ¿Podrías llevarte a los niños al jardín?- Preguntó a la muchacha.
            -Si señora- Contestó la joven percatándose de la marca que seguramente lucia en la cara.
            Cuando sus hijos se fueron y vió que por fin estaba sola, se tumbó sobre la cama, enterró la cabeza entre las suaves almohadas y lloró desconsoladamente por todo por lo que necesitaba llorar.
            No se podía creer que Perseo estuviera muerto, sobre todo que hubiera muerto a manos de Procopio. Aunque la consolaba estar segura de que a esas alturas Procopio estaría encerrado en el barco soportando las horribles torturas de la tripulación y ella se alegraba por ello. Todavía se acordaba de ese joven apuesto de trece años, que veía en su hermano mayor la persona en la que quería convertirse, tras la trágica perdida de su padre.
Había sido el único del barco que la había tratado con amabilidad desde el principio y no tardo en encariñarse con él. Juntos habían reído muchas veces, se habían contado multitud de historias y se habían bañado alrededor del barco en compañía de Oscar, que enseguida se hizo amigo de Perseo.
Ahora Perseo estaba muerto y posiblemente Oscar también. Pensar en eso hizo que el dolor que sentía en el pecho se agravase enormemente. Su último hermano, por quien se había casado para salvarlo renunciando a su libertad, la persona a la que más quería en este mundo, aparte de Alfredo y de sus hijos, muerto en la destrucción provocada por su amado. No se la ocurría mayor tragedia que esa. Su feliz vida en Torre Blanca parecía que había ocurrido mucho tiempo atrás y que lo que ahora vivía no era más que una horrible…
Varios golpes fuertes en la puerta la sacaron de sus pensamientos y la hicieron levantarse. Se arregló todo lo que pudo, se limpió las lágrimas de la cara y abrió la puerta, encontrándose con Adelardo.
-¿Cómo estás cariño?- Preguntó este haciéndose el preocupado.
-¿Tú cómo crees que estoy? Puñetero folla hermanos- Respondió con fiereza y con las fuerzas recuperadas.
-¿Cómo te has dado cuenta?- Preguntó Adelardo con seriedad.
-¿Acaso importa?
-Supongo que no. Te he traído algo de desayuno- Añadió su marido poniendo entre los dos un carrito.
-Tu familia me ha quitado el apetito.
-Entonces morirás de hambre.
-Así me librare de vosotros.
-¿Dejarías a nuestra merced a tus hijos?
-¿Solo has venido a traerme el desayuno?
-No. Venía a invitarte a venir al mercado de la plaza. Se irán antes de la comida.
-¿Al mercado ambulante?- Preguntó mientras un pensamiento se iluminaba en su cabeza- De acuerdo- Respondió tras pensarlo un momento.
-¿Vendrás?- Preguntó Adelardo pillado por sorpresa- ¡Genial! Te prometo que no te arrepentirás- Añadió antes de irse.
Amapola esperó a que se fuera y empezó a llorar, pero no de tristeza sino de alegría. Al fin iba a poder escaparse con sus hijos y reunirse con Alfredo. Había dejado que el dolor la engullera pero la idea que tenía la había llenado de esperanzas.
Conociendo como conocía el corazón de Alfredo, lo más seguro es que hubiera dejado intacto el mercado de esclavos de Veguinia. Seguro que había entrado a liberar a los esclavos y al ver a su hermano lo habría llevado al barco. Después de haber destruido la ciudad habría hablado con él y ahora se estaría dirigiendo hacia allí.
Por eso tenía que escapar y reunirse con él en un punto entre Veguinia y las tierras del Valle, o se iniciaría una batalla que podría resultar fatal para alguno de los dos.
Su plan era esconderse en uno de los carromatos que llevaban el mercado. Estos mercados solían seguir siempre la misma ruta y se había enterado de que este venía del este, por lo que esa era su última parada y ahora haría el mismo recorrido a la inversa, a si que en algún punto se encontraría con el Dragón Dorado.
Pero primero tenía que encontrar la forma de escapar del castillo sin que la vieran y el mejor momento era a las doce del mediodía, durante el cambio de guardia, que dejaba las puertas sin vigilancia durante cinco minutos.
La quedaba poco tiempo si quería ir al mercado, volver y prepararse antes de las doce, por ello se cambió deprisa, salió como un cohete de la torre, dejándola una nota a Abi sobre como tenía que vestir a los niños, y llegó a la entrada justo cuando Adelardo bajaba por las escaleras.
La estancia tenía las paredes rojas y el suelo, de baldosas de mármol blanco, tenía en el centro un mosaico con el escudo de armas de los Valle. Del techo, que era un bonito fresco de la ciudad vista desde el mar, colgaba una rojísima lámpara de araña. En el lado derecho de la sala, según se entraba por la puerta principal, había una enorme puerta de madera que llevaba al salón de baile y, al otro lado, otra puerta idéntica daba a una espléndida biblioteca. Junto a la puerta izquierda, casi contra la pared del fondo, había una puerta más pequeña que llevaba a la zona del servicio.
En la pared del fondo había una gigantesca puerta que llevaba al salón del trono y a su derecha unas escaleras de mármol blanco con una barandilla de oro, que llevaba a un primer piso, abierto a la entrada con una barandilla de mármol blanco, cuyas paredes estaban decoradas con hermosos retratos.
-Estás muy guapa- Dijo Adelardo mientras bajaba las escaleras.
-Gracias- Contestó sin dejar de pensar que pronto huiría de su lado para siempre.
-Cuando quieras nos vamos.
-Pues adelante.
Adelardo sonrió, la cogió del brazo y se encaminó con ella hacia la salida. Atravesaron el jardín por un pequeño caminito de guijarros rojos y blancos, esperaron a que levantaran la enorme puerta principal y salieron a la ciudad.
Las casas blancas y rojas los saludaron como si fueran un ejército alineado frente a su capitán. Estas contaban con tres pisos, que eran habitados por los mineros y carpinteros que trabajaban en el Bosque Blanco, donde se pasaban casi todo el día llegando a sus hogares cansados y extenuados. Los balcones, cornisas y fachadas estaban llenos de enredaderas de vistosas flores, que se deslizaban como gusanos por las grietas de las casas.
Las calles contaban con unas pequeñas aceras para los transeúntes en las que había árboles y bancos, además de un sistema de luz compuesto por bolas de fuego rojo, naranja, azul y verde.
La plaza, que se encontraba bastante cerca del castillo, tenía forma cuadrada y, a diferencia del resto de la ciudad, estaba formada por piedras azules de diferentes tonalidades. En el centro contaba con una bella fuente escalonada de mármol verde, en la que había peces de múltiples colores.
El edificio que sobresalía por encima de los demás era el gran templo de Terra, que estaba a la izquierda de la plaza, según se venía del castillo, construido con mármol marrón y naranja.
La fachada principal del templo estaba formada por ocho columnas jónicas naranjas, sustentadas sobres una base escalonada marrón, que servían de apoyo a una cornisa semicircular, con un reloj con manecillas de oro en su centro, y a un grupo de esculturas de Terra que rodeaban el edificio.
Detrás de esta cornisa se levantaba la torre campanario de forma cuadrada, que tenía un tejado piramidal sostenido por columnas y arcos y en cuyo centro se encontraban las cinco campanas de oro que se podían oir desde cualquier punto de la ciudad.
El templo contaba en su centro con un jardín abierto al cielo, donde había una pequeña fuente, que llenaba de agua el lugar convirtiéndolo en una zona algo pantanosa, y rodeado por galerías abovedadas abiertas a él a través de arcos de herradura.
La plaza, en esos momentos, se encontraba llena de puestos con todo tipo de objetos, baratijas, herramientas, comida, ropa y armas y abarrotada de personas, que se empujaban y tropezaban entre si, mientras los tenderos gritaban a todo pulmón para llamar la atención sobre sus productos.
-Me gustaría comprarles ropa a mis hijos- Dijo después de un rato, viendo que él no apartaba los ojos de los puestos de armas- Tú si quieres vete a otro sitio y más tarde nos reunimos en la fuente.
-Como gustes querida- Contestó Adelardo dejándola sola.
Amapola no desaprovechó la oportunidad y compró tres mochilas, tres grandes botellas de agua, tres pares de botas, tres capuchas y algo de comida. Todo esto la llevo media hora, al cabo de la cual se reunió con Adelardo, que había comprado varias dagas y una espada, en la fuente y emprendieron el regreso al castillo.
-¿Has comprado mucho?- Preguntó Adelardo mientras volvían.
-Lo que necesitaba- Respondió sin dar más explicaciones.
-Me alegra ver que estas contenta- Dijo él- A ver si podemos comer tranquilos.
-Fue Marcelina la que empezó insultando a mi hermano- Contestó.
- Y a Alfredo- Añadió Adelardo mirándola con atención.
-Eso es agua pasada- Replicó ella desviando la mirada.
-Pues parecías muy segura de que vendrá a rescatarte- Replicó él a su vez.
-Porque él seguro que todavía me quiere.
-Espero que sea cierto. Asi cuando venga podré separar su cabeza del resto de su cuerpo.
Amapola se tuvo que morder la lengua para no contestar a eso y continuaron el camino en el más absoluto silencio.
El corazón cada vez la latía con más fuerza y los nervios se iban apoderando de ella, pero tenía que permanecer tranquila o si no alguien se daría cuenta de su nerviosismo y empezaría a sospechar de sus planes o bien ella misma daría un paso en falso y acabaría en el calabozo sin nadie que pudiera proteger a sus hijos.
 Ya en el castillo se separaron: Adelardo subió a sus aposentos para prepararse para la comida y ella volvió a cruzar el castillo para ir a la torre, donde sus hijos la esperaban ya vestidos.
-Gracias por todo Abi- Dijo a la muchacha sentada a los pies de la cama.
-Eso ha sonado a despedida señora- Dijo Abi levantándose.
-Por que lo era.
-¿Se va de viaje con el señor?- Preguntó Abi sabiendo que no era asi.
-No Abi. Me voy con mis hijos- Respondió- Si te preguntan di la verdad. No quiero que tengas problemas por mi causa.
-Gracias señora- Contestó la chica emocionada- Me alegro que se vaya. Un corazón como el suyo no merece estar entre esta gente.
-Agradezco tus palabras Abi. Ahora vete. Ya bastante te he comprometido- Contestó también emocionada.
-Adiós señora- Dijo la chica antes de darla un efusivo abrazo y salir llorando de la habitación.
Cuando salió de la habitación, ella se fijó en sus hijos, que llevaban puesto los disfraces de piratas que les había hecho y tenían expresiones de desconcierto en sus inocentes caritas.
-¿Nos vamos mami?- Preguntó Sol.
-Si hija. A buscar a tu padre- Respondió.
-¿No iba a venir?- Preguntó Rodrigo.
-Al final hemos decidido reunirnos en otro sitio. Pero nadie se tiene que enterar y tenemos que hacerlo en secreto- Contestó antes de sacar las capuchas y ponérselas a sus hijos junto con las botas- Esto nos ayudará a escondernos y os he traído esto- Añadió dándoles las mochilas con agua y comida.
Después ella misma se cambió de ropa, se puso la capucha y la mochila, cogió algo de dinero y algunas joyas, por si necesitaba venderlas, y sacó de su baúl sus dagas y unos pequeños puñales para sus hijos, que esperaba no tuvieran que utilizar.
Ya preparados salieron de la torre en el más absoluto silencio, solo roto por el zumbido de las moscas y el viento, llegaron al jardín, donde se escondieron de los guardias utilizando las columnas, y consiguieron llegar a la zona izquierda del castillo sin ser descubiertos.
Una vez pasado el pasillo, llegaron al camino porticado por el que accedieron al jardín y, escondiéndose entre los árboles, llegaron a la puerta oeste del castillo.
-¿A qué esperamos mami?- Preguntó Sol.
-Al cambio de guardia pequeña- Respondió sin soltar la mano de sus hijos.
Nada más decirlo sonaron las campanas del templo y los guardias se levantaron de sus puestos entre risas y dejaron la salida vacía.
-Vamos niños, hay que darse prisa- Les dijo a los pequeños arrastrándolos hacia fuera a toda prisa.
Los niños corrían todo lo que les permitían sus pequeñas piernas y pronto la pequeña se cansó y tuvo que llevarla en brazos. Ella estaba a punto de sufrir un ataque por el estrés, pero lo hecho, hecho estaba y ya no había posibilidad de dar marcha atrás. La esperanza de encontrarse con Alfredo la daba fuerzas para seguir adelante y hacer lo propio con sus hijos, que llegaron a la plaza completamente agotados.
-Venid niños. Escondámonos aquí- Dijo llevándoles a una esquina oscura desde donde se veía la plaza, que estaba llena de carromatos en los que se guardaban los puestos del mercado y los productos que no se habían vendido, pero no se les veía a ellos.
-¿Qué hacemos aquí?- Preguntó Rodrigo.
- Estoy buscando un carromato en el que nos podamos esconder- Respondió.
-¿Viajaremos en uno?- Preguntó Sol.
-Si. Pero no pueden saber que vamos en él.
-¿Qué te parece aquel de allí mami?- Preguntó Rodrigo señalando un carromato que estaba contra la pared del otro lado.
-Perfecto cariño- Respondió dándole un beso en la cabeza- Vamos.
Sin perder de vista la plaza ni un instante por si alguien les veía, Amapola fue llevando a sus hijos, siempre contra la pared y al amparo de las sombras, hacia el carromato, al que llegaron en pocos minutos, que a ella se le hicieron eternos.
Desde ese lado levantó un poco la lona  y, trepando por las tablas, se metió dentro, apartó las cajas, haciendo un hueco para ella y sus hijos, y sacó los brazos para ayudar a sus hijos a subir.
Las cajas entres las que estaban se encontraban llenas de telas y ropa y se apilaban las unas sobre las otras, formando un perfecto escondite para ellos. Sus dos hijos se acurrucaron contra ella y se quedaron dormidos, hasta que alguien abrió la tela por atrás iluminando el interior.
-Estas son las últimas- Se oyó decir a un hombre mientras se oía el ruido de cajas al ser arrastradas- Nos iremos con el resto dentro de cinco minutos.
Tras estas palabras volvieron a cerrar las telas y la oscuridad los envolvió de nuevo. No se podía creer hasta donde habían conseguido llegar, pero no se engañaba, todavía no habían salido de la ciudad y Adelardo y su familia podían darse cuenta de su fuga.
Sus hijos no tardaron en quedarse dormidos, pero ella, a pesar de estar agotada, no podía permitirse ese lujo. Hasta que no estuvieran en otra ciudad, ni ella ni sus hijos estarían a salvo y todavía no se habían puesto ni en marcha.
Estaba deseando encontrarse con Alfredo. Seguro que todavía no se había recuperado de la muerte de Perseo y la necesitaría. Además algo en su interior la decía que su hermano Oscar se encontraba a salvo en el Dragón Dorado y quería cerciorarse de que estaba bien cuanto antes.
De repente el templo dio la una y en la parte delantera del carro so oyó ruido de gente subiendo en él.
-¡Arre!- Tras el grito del conductor, los caballos se pusieron en marcha y el carro dio un bandazo, uniéndose a la caravana, que pronto saldría de las murallas de la ciudad.

lunes, 12 de agosto de 2013

CAPITULO I: Asalto a Veguinia

El refulgente rey de los cielos expandía sus dedos por encima de la superficie del espumoso mar, haciendo huir a su plateada mujer y a sus brillantes soldados, y los animales iniciaban sus actividades, cuando la ciudad de Veguinia se despertó con el ajetreo del gigantesco puerto.
            Los barcos pescantes, cargados hasta arriba de toneladas de peces, crustáceos, moluscos y todo tipo de seres marinos, descargaban las redes con los extraños animales traídos de tierras lejanas para venderlos en la lonja. De los mercantes partían tablas de madera por las que desfilaban contingentes de marineros cargados con los productos que se venderían en el mercado, mientras que de los esclavistas descendían interminables hileras de hombres, vestidos solo con un pequeño trapo atado a la cintura y atados los unos a los otros de pies y manos, que eran dirigidos por traficantes de aspecto terrible y aterrador, que saturaban el aire con sus gritos y órdenes.
            Las puertas de la lonja y de los mercados se abrían de par en par, permitiendo a los compradores invadir el espacio antes de que empezara el mercado, y, a la vez, los bares y locales de alterne y juego, que habían estado abiertos toda la noche, cerraban las puertas obligando a los emborrachados y risueños marineros a dirigirse a sus barcos, donde les esperaban sus intrépidos capitanes.
            A los ruidos del puerto se unían los gritos de las bandadas de gaviotas, que inundaban los cielos y se lanzaban como flechas a por los desechos que los bares lanzaban al mar, y las campanadas del gigantesco templo que se encontraba en la plaza central de la ciudad.
            De entre todos los barcos destacaba el gigantesco buque del capitán Romualdo. Un hermoso barco rojo de seis palos y cuatro hileras de cañones, que eran la envidia de todas las armadas circundantes, además de los cañones de los alcázares de popa y proa.
            Romualdo, hombre de mediana edad con el pelo castaño y ojos verde oliva, de complexión fuerte y porte regio, vestido con un informal pero elegante traje, del que colgaba una espléndida espada, que estaba guardada en la vaina negra de su cinturón, se encontraba dirigiendo la descarga de esclavos, de los que ninguno superaba los veinte ni bajaba de los trece, acompañado por su hijo de veinte años, Nolasco, que era como él salvo que tenía el pelo rubio, cuando un destello dorado en el horizonte llamó su atención.
            -Nolasco. Pásame el catalejo- Ordenó a su hijo con una voz atronadora.
            -Aquí tiene padre- Contestó el chico entregándoselo y mirándolo con odio mal disimulado, aunque él no se dio cuenta.
            Se llevó el catalejo a la cara, lo ajustó y se quedó mirando al punto brillante. Al instante se quedó paralizado y su piel empezó a palidecer, mientras gotas de frío sudor empezaban a resbalarle por el rostro.
            -¿Qué ocurre padre?- Preguntó Nolasco al notar la reacción de su padre.
            -Vamos a morir todos- Respondió Romualdo con voz apenas audible.
            -¿Qué?- Preguntó su hijo sin entenderle.
            -¡Qué vamos a morir todos!- Gritó a pleno pulmón llamando la atención de todo el puerto-¡El “Dragón Dorado” se acerca hacia nosotros!
            Durante algunos instantes la noticia dejó paralizada toda la actividad del puerto, pero pronto esto cambió a un estallido general de puro terror e histeria colectiva, que llenó el puerto de gente corriendo y gritando de un sitio a otro sin rumbo y se propagó, como un marabunta, al resto de la ciudad.
            -¡Nolasco!- Gritó Romualdo por encima del griterío.
            -¡Dime padre!-Contestó Nolasco en alguna parte entre la gente.
            -¡Vete al palacio y avisa a tu tío! ¡Qué prepare al ejército!
            -¡Ahora mismo!- Contestó el chico saliendo, a través de empujones, de entre la gente, para después correr con una velocidad vertiginosa hacia el castillo, mientras las campanas del templo repercutían sin cesar anunciando a la ciudad la destrucción que pronto caería sobre ellos.
            Este estallido de terror estaba más que justificado. El “Dragón Dorado” no era un barco cualquiera, sino que era uno de los barcos piratas más temidos de todo el sistema solar.
            El terrible navío contaba con cuatro baterías compuestas por los más aterradores cañones que existían, sin contar los cuatro de la toldilla, los diez del alcázar, los seis del castillo de proa, ni el escalofriante cañón camuflado en la boca del mascarón, que tenía forma de dragón. En total contaba con 107 cañones, que desde hacia siete años sembraban el caos en todas las ciudades marineras.
            Además contaba con cinco palos, cuyos palos, vergas y cofas estaban hechos con madera dorada de Auriux y cuyas velas, jarcias y obenques estaban fabricadas con tela y cuerdas de oro. El mascarón estaba compuesto por escamas de un dragón marino dorado y toda la estructura del barco estaba decorada con dibujos de este escalofriante animal, incluyendo los palos, en los que parecían enroscarse.
            Por último, en el palo mayor, ondeaba la inconfundible bandera plateada con la cabeza dorada de un dragón de los piratas de Drakon, uno de los pocos lugares del Sistema Solar que no aparecía en los mapas.
            El capitán no era menos terrible que su barco. Tenía el pelo de color rojo fuego y unos ojos azul marino rodeados por una corola violeta, que lanzaban destellos cuando se enfurecía. Sus manos, perdidas en un combate, eran de oro puro y refulgían como el sol. Su rostro era de facciones esbeltas y hermosas y su cuerpo estaba lleno de fuertes músculos.
            Toda la ropa que llevaba estaba compuesta por escamas doradas de dragón, incluyendo su calzado y su cinturón, del que colgaban su poderosa pistola y la vaina de la que sobresalía la empuñadura con forma de dragón de su afiladísima espada.
            En la oreja izquierda tenía un pequeño pendiente cuadrado violeta y en la mano derecha un hermoso anillo con forma de dragón dorado, que se enroscaba mordiéndose la cola y tenía cuernos de rubies, ojos de zafiros, dientes de diamantes y garras de azabache.
            Su semblante era de auténtica furia y su penetrante mirada no se apartaba del castillo de los Vega, su objetivo, observándolo desde la quilla del barco en el castillo de proa, mientras acariciaba a Furioso, su gigantesco, musculoso y fuerte tigre, que nunca se apartaba de su lado.
            -Pronto serás vengado, querido hermano- Dijo en apenas un susurro mientras se llevaba el anillo a los labios- Pancracio pagará tu muerte con la sangre de sus vasallos.
            Nada más decir esto oyó el continuo repiqueteo de las campanas del templo de Terra y una pérfida sonrisa surcó su rostro.
            -¡Nos han avistado!- Gritó Nicolás desde la cofa del primer trinquete con su catalejo, avisando a la tripulación.
            Mientras la tripulación se asomaba por babor y estribor, sus pensamientos giraron en torno a su hermano Perseo, que era cinco años menor que él, y su muerte seis meses atrás.
            Cruzaban el océano Draconio, tras haber atacado una ciudad de Sisarb, cuando se encontraron con un barco loñapse, dirigido por Pancracio de la Vega, el primogénito de Torcuato de la Vega, y se produjo un combate, que duró varias horas y finalizó con la muerte de su hermano, que tenía veinte años, a manos de Pancracio y la huida de este, quien se llevó el cuerpo de Perseo.
            Desde entonces se había estado preparando y por ello no se había echado a la mar durante seis meses y había dejado que la ira y la sed de venganza se acumularan en su interior, al mismo tiempo que la impaciencia de su tripulación crecía día a día y la sed de sangre y destrucción los invadía poco a poco.
            -Alfredo- Dijo una voz detrás de él.
            Alfredo se dio la vuelta y se encontró con la figura de Alejandro, su segundo de abordo, que también era como un hermano para él, ya que su padre lo había adoptado cuando tenían cinco años.
            Tenía el pelo rubio y unos hermosos ojos verdes. Era de facciones robustas y tenía una fuerte musculatura, además de una cicatriz que le cruzaba toda la cara, desde la ceja izquierda hasta la nariz, pasándole por el ojo.
            Su traje era igual al de él, salvo que sus escamas no eran tan brillantes. También llevaba una pistola y una espada colgadas de su cinturón.
            -Iros preparando para la batalla y dile a Calixto que suba- Le dijo a Alejandro volviendo a dirigir su mirada a la ciudad.
            -Primero me gustaría pedirte un favor- Le respondió Alejandro.
            -Dime.
            -Me gustaría ser yo quien acabara con Pancracio.
            -¡¿Cómo?!- Tronó Alfredo, dándose la vuelta, enfurecido y con ojos centelleantes- Yo soy el hermano de Perseo. Me corresponde a mí vengar su muerte- Iba diciendo acercándose a él con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.
            -También era mi hermano- Replicó Alejandro tragando saliva pero manteniéndose en el sitio.
            -Pero no de sangre- Le replicó a su vez Alfredo a pocos centímetros de él y con los dientes chirriándole.
            -Pero yo…Pero yo…
            -Pero tú ¿Qué?- Preguntó Alfredo con voz amenazadora.
            -Lo amaba- Respondió Alejandro de sopetón- Llevábamos juntos desde que él tenía quince años y yo veinte.
            Antes de darse cuenta de lo que pasaba, Alejandro se encontró en el suelo con la nariz rota y ante un enfurecido Alfredo.
            -¡¿Cómo has podido hacer eso?!- Le gritó a Alejandro a punto de perder los nervios por completo y levantándolo por la pechera- ¡Solo era un niño! ¡Más que eso! ¡Era como tu hermano! ¡Qué clase de depravado amaría a su hermano!
            -Alfredo por favor, entiéndeme- Suplicó Alejandro mirándolo a los ojos pero sin intentar soltarse- Al principio intente evitar esos sentimientos pero mi corazón mi impulsó a sus brazos.
            -¿Qué quieres decir? ¡¿Te acostaste con él?!
            -Conmigo perdió la inocencia- Respondió Alejandro preparándose para el golpe, que no tardó en llegar y que lo envió, dando vueltas, por todo el castillo hasta que se chocó contra la barandilla, que impidió que se cayera a la cubierta, dándose un fuerte golpe en la espalda que lo dejó sin aire durante unos segundos.
            -¡Apártate de mi vista!-Le gritó dándose la vuelta de nuevo, mientras Alejandro se levantaba apoyándose en la barandilla con muchas dificultades y la sangre chorreándole a caudales por la nariz. Pero cuando sintió que se alejaba le dijo- Si quieres ir a por Pancracio puedes ir, no te lo voy a impedir. Pero si quieres matarlo tendrás que hacerlo antes que yo.
            -Como quieras- Le contestó Alejandro con el semblante serio antes de bajar a cubierta.
             No se lo podía creer. Alejandro y Perseo ¿Juntos? ¿Cómo había podido Alejandro, la persona en la que más confiaba, acostarse con su hermano? ¡Si eran como hermanos! Además. Perseo solo era un niño cuando Alejandro le había dicho que había empezado a amarlo.
            No podía entenderlo. Aunque ahora se explicaba porque Alejandro había estado tan raro durante esos meses ¿Sería verdad que lo amaba y qué no había sido un capricho pasajero, como pensaba que era? Tendría que hablar con Alejandro más calmadamente después de la batalla. Ahora se sentía mal por haberle pegado pero…
            -Aquí me tenéis capitán- La llegada de Calixto lo sacó de sus pensamientos, ya se ocuparía de Alejandro más tarde, y le hizo centrarse en lo que tenía delante.
            -Haz explotar el templo- Le ordenó con la mirada centelleante- Que sepan que ni sus dioses podrán protegerlos.
            -Será un placer, capitán- Contestó Calixto con una felina sonrisa, que no pasó desapercibida a Alfredo.
            Calixto tenía la misma edad que su hermano y habia sido uno de sus mejores amigos, lo que le hizo pensar en una cosa.
            -Calixto
            -Dime capitán- Contestó el muchacho sentándose en el asiento desde el que se podía dirigir el cañón del mascarón por medio de una serie de palancas, botones y pantallas.
            -¿Sabías de la relación de Alejandro y Perseo? Y, antes de responder, recuerda que soy tu capitán.
            -Todos lo sabíamos señor- Respondió Calixto tras mirarlo durante unos segundos- Y ha de saber que se amaban de verdad y con pasión.
            -Te agradezco tu sinceridad Calixto. Ahora destruye la ciudad de los culpables de la muerte de mi hermano.
            -Con mucho gusto- Dijo el muchacho con una sonrisa poniéndose manos a la obra.
            Lo primero que hizo el joven fue elevar el bauprés, cuyas velas estaban replegadas. Después, por medio de un conjunto de cuerdas y poleas, separó un poco el mascarón del barco. Seguidamente abrió, como una flor, la cabeza del dragón, de la que salió un gigantesco cañón dorado. A continuación ajustó las coordenadas moviendo el cañón en la dirección y altura necesarias y, por último, lo activó.
            De las paredes de la boca del cañón surgieron varios rayos caloríficos, que, juntándose en el centro, empezaron a generar una enorme bola de fuego, que a los pocos segundos fue lanzada a una increíble velocidad.
            El terrible proyectil surcó los cielos como un gigantesco cometa, que tiño de rojo sangre las aguas del mar como un presagio de los torrentes sangrientos que pronto correrían por las calles de la ciudad, haciendo una enorme parábola, mientras iluminaba el firmamento y dejaba una estela de llamas y cenizas, que cubrieron las nubes, e inició un trepidante descenso, que acabó en una enorme explosión de fuego y humo y produjo un ensordecedor sonido, que rompió los cristales de las ventanas de media ciudad.
            Los escombros del templo y de los edificios que lo circundaban fueron lanzados a increíble distancia, una lengua de fuego recorrió las calles, engullendo todo lo que encontraba a su paso e introduciéndose en los edificios, cuyos pisos iban volando uno a uno y sus inquilinos salían despedidos por las ventanas completamente calcinados, y una gigantesca nube de humo negro se elevó hacia el cielo cubriendo la ciudad y sumiéndola en una escalofriante negrura, salpicada por los destellos anaranjados de los escombros llameantes, que se elevaron con la nube y cayeron en forma de docenas de proyectiles destructores.

            Alfredo observaba este Apocalipsis con una enorme satisfacción, que no se esforzaba en disimular, y se reía con enormes y terroríficas carcajadas, mientras Furioso estaba tumbado a su lado con la cabeza elevada, mirando hacia la ciudad, y meneando la cola, como si compartiera la felicidad de su amo.
            -¡Mateo!-Gritó con todas sus fuerzas.
            A los pocos segundos un joven de veintitrés años, algo flaco, con el pelo negro y los ojos marrones, llegaba corriendo.
            -Señor- Dijo el joven cuadrándose delante de él.
            -Escoge a cuatro marineros y destruid todos los barcos del puerto- Le dijo lanzando llamas por los ojos- Que no tengan manera de escapar de la ciudad.
            -Como gustéis- Contestó el joven dándose la vuelta rápidamente y saltando de tres en tres las escaleras que llevaban a la cubierta, donde estaban todos los marineros observando desde ambos lados el caos producido por el cañón.
            Alfredo volvió a centrar su mirada en la ciudad, sacó su catalejo de oro, que guardaba en una funda al lado de su pistola, y lo enfocó en el castillo buscando a su objetivo, al que encontró observando el desastre desde la torre central del enorme castillo con una cara pálida y llena de terror, que demostraba que sabía lo que se le venía encima.
            Sonrió con malicia y empezó a bajar el catalejo, pero un barco anclado en el puerto llamó su atención y volvió a subirlo. Lo enfocó y descubrió el barco de Romualdo, hermano del marqués del Valle, uno de sus mayores enemigos.
            Este marqués, llamado Melitón, era el responsable de la muerte de su padre hacia ya ocho años. Los dos barcos se encontraron en alta mar y la batalla acabó con la destrucción del antiguo “Dragón Dorado”, la muerte de toda su tripulación y él, su hermano y el resto de chicos fueron apresados y llevados al mercado para venderlos como esclavos.
            Sin embargo, gracias a su astucia y a la inteligencia de su hermano, consiguieron huir y reconstruir el barco, no sin antes haber entablado una feroz batalla, en la que perdió las dos manos a manos de Adelardo, el hijo mayor de Melitón, quien además había intentado casarse con Amapola Torres, hija del duque de Torre Blanca, uno de los mayores ducados del norte del reino.
            Esta muchacha era una de las jóvenes más hermosas del reino y había conquistado su corazón cuando se habían conocido a los diecisiete años. Por desgracia el duque acabó descubriendo sus encuentros y, al enterarse de quien era él, lo persiguió obligándolo a huir.
            Estaba pensando en ella, cuando se oyó un fuerte ruido y el barco entero tembló. En la popa del barco, debajo de las cámaras principales, se había abierto una enorme puerta, de la que salieron volando seis pequeñas máquinas doradas, que cegaban al enemigo cuando reflejaban los rayos del sol, con dos alas y una cola articulada, dirigidas por Mateo.
            Alfredo guardó su catalejo y pulsó un botón plateado de su reloj de oro, del que salió una pequeña antena.
            -Mateo ¿Me recibes?- Preguntó acercando el reloj a su boca.
            -Alto y claro capitán- Se oyó responder a Mateo a través del reloj.
            -¿Ves ese barco rojo de seis palos?
            -Afirmativo, mi capitán.
            -Quiero que arda el primero. Es el barco de Romualdo del Valle.
            -Entendido.
            Alfredo cortó la comunicación y observó como los seis aviones, en forma de triángulo, con Mateo en el vértice, se acercaban a gran velocidad al puerto, desplegaban sus cuatro cañones, ubicados debajo de las alas, y lanzaban sus rayos contra los barcos anclados.
            Tal y como había ordenado, el barco de Romualdo fue el primero en estallar en una nube de fuego, humo, madera, cuerdas y hombres quemados y carbonizados y, seguidamente, ardieron el resto de barcos anclados en el muelle, lo que provocó que el aire empezase a oler a carne quemada.
            -¡Alejandro!- Gritó mientras los aviones se reunían de nuevo y emprendían la destrucción de la zona mercantil.
            -Me llamabais capitán- Dijo Alejandro apareciendo al cabo de unos instantes con el semblante serio, una mirada de dolor y la nariz escayolada.
            -¿Está lista la tripulación?- Le preguntó observando su estado.
            -Lista, en formación y esperando tus órdenes- Respondió Alejandro.
            -Divídelos en dos. Una parte la dirigirás tú, destruyendo el barrio obrero, la otra la dirigiré yo mismo hacia la zona rica. El primero que llegue al castillo que inicie su destrucción.
            -Como quieras- Contestó Alejandro con un brillo llameante en sus ojos, lo que indicaba que había captado el reto implícito en sus últimas palabras, antes de irse.
            Alfredo volvió a centrar la mirada en la ciudad, donde los aviones de Mateo estaban sembrando la destrucción a su paso. En pocos segundos habían convertido en un mar de gigantescas llamas, que danzaban macabramente en los tejados de los edificios, lanzando llamaradas hacia el cielo, donde se convertían en nubes negras, la mitad de la zona mercantil e incluso desde el barco se podían oir los aterradores y angustiosos gritos de sus habitantes, a los que se veía corretear, como hormigas ante una tromba de agua, por las calles sin rumbo.
            Tras observar su obra se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras, seguido de Furioso, cuya boca abierta y los ruidos que hacía indicaban que sabía que se avecinaba la batalla.
            -Quédate aquí y lanza algún cañonazo de vez en cuando- Le dijo a Calixto, recibiendo como respuesta un gesto con la cabeza.
            Bajó las escaleras como solo un capitán pirata podía hacerlo y llegó a cubierta, donde su tripulación, totalmente armada, le esperaba dividida en dos grupos, en uno de los cuales se encontraba Alejandro al frente.
            -¡Supongo que recordareis la muerte tan horrible de mi hermano!- Fue gritando mientras paseaba por delante de ellos y un coro de gruñidos respondía a su palabras-¡Pues allí!- Dijo señalando hacia la ciudad- ¡Se encuentra el culpable de su muerte! ¡Quiero que la ciudad arda hasta sus cimientos y que los cadáveres de sus habitantes adornen las calles!- Iba gritando mientras la furia y la ira inundaban su cuerpo y el fuego sustituía a la sangre en sus venas-¡No quiero clemencia, ni consideraciones de ningún tipo! ¡Solo quiero muerte! ¡¿Lo habéis comprendido?!- Un coro de gritos le respondió y él sonrió- Pues entonces ¡Qué noten el fuego de los dragones dorados!-Gritó con todas sus fuerzas, levantando su espada, antes de dirigirse a los botes de estribor, seguido por su grupo, mientras Alejandro se dirigía a los de babor.
            Los botes fueron lanzados al mar rapidamente y los marineros empezaron a remar con fuerzas increíbles, enardecidos por las palabras de su capitán, y hacían volar los botes, que a los pocos minutos arribaban en el muelle entre los quemados y destruidos barcos y rodeados de cadáveres, de los que las gaviotas y los peces ya se habían empezado a alimentar.
            Los marineros, convertidos en bravos soldados, con Alfredo a la cabeza, treparon por las escaleras del muelle y, ya arriba, no tardaron ni un segundo en invadir el puerto persiguiendo a sus víctimas, que huían inútilmente del ataque de los piratas escondiéndose en los pocos lugares que se habían librado del ataque de los aviones.
            Alfredo se dirigió sin dudarlo hacia el recinto que servía para el mercado de esclavos, donde esperaba encontrarse con Romualdo. En su recorrido movía la espada como si de un fino palillo se tratara cercenando cuellos, le daba igual que fueran de mujeres, hombres, niños o ancianos, desparramando entrañas, que se desperdigaban por el suelo como un castillo de naipes en una mesa, y cortando miembros a diestro y siniestro, lo que hacía que sus enemigos se convirtieran en géiseres de sangre, mientras Furioso dejaba un horrendo sendero de cadáveres descuartizados a su paso.
            Tardó pocos minutos en encontrarse ante las puertas del mercado, que volaron en miles de astillas ante los cañonazos de sus compañeros, y se adentró con furia en su interior, atravesando de parte a parte por la cintura, separándole las piernas del resto del cuerpo y salpicándose con la sangre que se elevó hacia arriba y cayo sobre él, al primer hombre con el que se encontró.
            El lugar estaba lleno de personas, que se habían refugiado allí pensando que estaban a salvo y que se pusieron a gritar con histeria al ver a los bravos piratas. Gritos que poco a poco, a pesar de la feroz resistencia que oponían los hombres, se fueron apagando a una velocidad asombrosa debido al imparable ataque de Alfredo y sus hombres.
            Media hora después, el lugar estaba lleno de cadáveres y los únicos que quedaban con vida luchaban con desesperación en el escenario de madera, que servía para exhibir a los esclavos y en el que había atados como dos docenas de jóvenes, que miraban aterrados la escena que se producía ante ellos.
            Alfredo no se preocupó de estos pobres muchachos, tan ocupado como estaba en matar a sus enemigos, hasta que oyó un grito, entre desesperado y esperanzado, que lo llamaba.
            El grito había sido lanzado por un chico de dieciocho años, rubio y de hermosos ojos azul claro, al que, a pesar de estar desnudo completamente y cubierto de mugre, polvo y suciedad, reconoció enseguida.
            -¿Oscar?- Le preguntó sorprendido y dirigiéndose hacia él.
            -¡Ayúdame!- Fue la respuesta del chico.
            Tras hacerle un gesto de que esperara, volvió al combate con fuerzas renovadas y preocupantes pensamientos en su cabeza ¿Qué hacía Oscar, hermano de su querida Amapola, en aquel lugar? Y lo que era más importante ¿Cómo había acabado siendo esclavo? ¿Habría pasado algo en Torre Blanca? Era lo más probable y le llenaba de terror lo que pudiera haberle pasado a Amapola. Pero ya le preguntaría a Oscar cuando lo rescatara.
            Los últimos resistentes cayeron a los cinco minutos y Alfredo ordenó la liberación de los pobres chicos.
            -¡Cuánto me alegro de verte!- Exclamó Oscar abrazándolo con fuerza tras ser liberado- Jamás imaginarias lo que ha pasado en Torre Blanca.
            -Ya me lo contarás más tarde- Le dijo- Ahora lo mejor es que te lleve al barco.
            -¿Qué haces aquí?- Preguntó Oscar con curiosidad.
            -Pancracio mató a Perseo hace seis meses- Respondió fríamente.
            -Lo siento- Dijo Oscar con el semblante triste y ensombrecido.
            -Lo se. Se que os hicisteis grandes amigos ¡Roberto! Llévalo al barco- Le dijo a un fuerte, musculoso y alto chico de veintidós años, bastante atractivo, con el pelo castaño y ojos entre azules y verdes.
            -Con mucho gusto- Contestó este con una depravada sonrisa, mientras estrechaba a Oscar contra sus caderas y bajaba las manos por el pecho del paralizado muchacho.
            -Es el hermano de Amapola- Le dijo llevándose una mano a la empuñadura de la espada.
            -Lo siento capitán- Se disculpó Roberto cambiando el semblante y echándose a Oscar al hombro como un saco de patatas.
            -¡Suéltame!- Gritó Oscar indignado por el trato- ¡Puedo caminar yo solo!
            -Lo protegeré con mi vida señor- Dijo Roberto dándose la vuelta y empezando a caminar en dirección a la salida sin hacer caso de los gritos y pataleos de Oscar.
            Tras asegurarse de que Oscar estaba a salvo, volvió a reunir a sus chicos y se dirigieron de nuevo a la ciudad, atravesándola con un paso rápido. Habían perdido demasiado tiempo en el mercado de esclavos y le preocupaba que Alejandro hubiera conseguido llegar al castillo antes que él.
            A los quince minutos atravesaban lo que había sido la plaza principal, con los escombros del gran templo totalmente calcinado a su izquierda, y luchaban encarnizadamente contra un contingente del ejército de la ciudad, que muy pronto tuvo que retroceder ante el furioso embate de los piratas y por el miedo que le profesaban a los afilados dientes de Furioso, que estaban enrojecidos por la sangre y llenos de trozos de carne y de ropa.
            De esta manera, al cabo de una hora de su llegada al puerto, cruzaban las puertas de la primera muralla del castillo, ubicado en la colina más alta de la ciudad.
            La parte principal del Castillo Negro, como se le conocía comunmente por el color de sus piedras, estaba compuesto por cinco gigantescas torres con una gran anchura. De estas la más grande era la central, ya que en ella se encontraba el salón del trono y las habitaciones de la familia de la Vega. Las otras cuatro, que se comunicaban a la principal por medio de puentes sujetados por enormes arcos, servían de alojamiento al resto de habitantes nobles del castillo. Las ventanas eran enormes vidrieras y todas las fachadas estaban salpicadas de hermosos balcones, de los que el más grande era el de la fachada frontal de la torre central, ya que desde él se asomaba el marqués a la plaza.
            Esta plaza, que tenía unas medidas considerables, estaba formada por piedras blancas cuadradas y en su centro había una hermosa y enorme fuente redonda de malaquita, formada por dieciséis delfines de lapislázuli, que lanzaban agua por sus bocas abiertas a un estanque lleno de exóticos peces, y coronada por una estatua de granito rojo, que representaba a Avelino I, el primer marqués de la Vega y fundador de la ciudad en el siglo XXV. Además estaba construida en el centro de un enorme mosaico que representaba el escudo de la Vega.
            La plaza estaba rodeada por una serie de edificios rectangulares grises de tres pisos con tejados a dos aguas de tejas de pizarra roja, en los que se alojaba el servicio, además de las despensas, las caballerizas y los invernaderos de fruta y verdura. En el otro lado, por la parte de atrás del castillo, estaban los gigantescos jardines de vistosas flores y grandes setos con senderos de guijarros y pequeñas plazas con fuentes y bancos de mármol blanco o negro.
            Todo ello estaba rodeado por una alta muralla negra, que cada veinte metros tenía una alta y delgada almena llena de soldados, que se podían ver a través de las saeteras.
            De ambos extremos de esta muralla partía otra muralla, que se cerraba con dos almenas, más grandes que el resto, que aguantaban una fuerte y enorme puerta de madera, y formaba un gigantesco espacio rectangular, en el que estaban los edificios del ejército, los almacenes con la munición y todos los vehículos de guerra.
            Sin dejarse intimidar por la gran altura de las almenas, Alfredo guió a sus hombres hacia ellas, descubriendo que estaban intactas, por lo que dedujo, acertadamente, que Alejandro aún no había llegado, lo que le llenó de nuevas energías.
            Al instante un centenar de soldados salieron por las puertas y se desplegaron delante de ellos para impedirles el paso sin lograr intimidarlos, por lo que muy pronto se inició un espeluznante combate, que acabó con la victoria de los piratas y la retirada de los soldados, que habían perdido algo más de la mitad de sus fuerzas.
            Pasando por encima de cabezas, miembros cercenados, órganos desperdigados y charcos de sangre, Alfredo avanzaba con una firme resolución y se plantó delante de las puertas, que salieron volando, al poco rato, por encima de su cabeza con un solo cañonazo.
            Cruzó las puertas y se encontró delante de todas las fuerzas del ejército, que grosso modo llegaban a los quinientos soldados, lo que le hizo detenerse y estarse unos segundos indeciso, al cabo de los cuales oyó un enorme griterío de felicidad en sus tropas y, al girar la cabeza, vió al grupo de Alejandro, quien se fue acercando a él, reunirse con el suyo.
            -No podemos vencer a tantos soldados separados- Dijo Alejandro colocándose a su lado y mirando al enemigo.
            -Lo se- Contestó Alfredo- Querías de verdad a mi hermano ¿Verdad?
            -Más que eso. Lo amaba con locura y lo sigo haciendo- Respondió Alejandro con el semblante entristecido al recordar a Perseo.
            -Siento los puñetazos de antes- Se disculpó en voz baja.
            -¡Vaya! Tengo que ser realmente importante para que el gran Dragón Dorado se disculpe conmigo- Exclamó Alejandro con una sonrisa burlona pero sin dejar de mirar al frente.
            -No tientes a la suerte Alejandro- Replicó mirándole de reojo- No se me olvida que te metiste en su cama cuando solo tenía quince años.
            -Tienes razón. Lo siento- Se disculpó Alejandro pero sin borrar su sonrisa- ¿Qué hacemos hablando cuando tenemos a esos gusanos haciéndonos frente?
            -Pues… No lo sé- Respondió- Pero eso tiene fácil solución.
            Los dos se miraron de reojo con una mirada de complicidad y volviéndose a sus compañeros los exaltaron al combate entre terroríficos gritos de guerra, que hicieron retroceder un par de pasos a sus adversarios, algo sorprendidos por el repentino estallido de furia, pero al instante siguiente se recuperaron y salieron a su encuentro.
            La batalla fue cruenta y feroz. Los combatientes arrastraban años de increíbles combates y se movían con una agilidad asombrosa, provocando un hermoso baile que acababa con la muerte de uno de los dos bailarines. Las espadas entrechocaban entre si produciendo una lluvia de chispas y un sonido que se propagaba por todo el campo de batalla.
            Sin embargo, a pesar de que ambos bandos eran grandes luchadores, a la media hora, la batalla se empezó a desenvolver a favor de los piratas y las bajas en el ejército del marques se sucedían sin cesar. Así, cuarenta y cinco minutos después de que empezara el combate, los dragones llegaban a las puertas de la segunda muralla, que no tardaron en volar.
            Alfredo y Alejandro eran los que más bajas producían, ya que querían llegar lo antes posible al castillo para enfrentarse a Pancracio, y fueron los primeros en atravesar las puertas de la torre central, en la plaza no se habían encontrado con mucha resistencia, justo cuando desde la azotea lanzaban un centenar de palomas mensajeras, que se desperdigaron en todas direcciones.
            La entrada era una estancia rectangular con el suelo blanco y las paredes celestes. El techo era una enorme cúpula, decorada con la representación del cielo, del que colgaba una hermosa lámpara de araña. A ambos lados había sendas puertas de madera, con marcos de plata tallados y pomos de oro, y delante dos escaleras de mármol negro, que llevaban a una galería de arcos de herradura con columnas de azabache y entre las que había una enorme puerta, custodiada por los pocos soldados que quedaban, que servía de acceso a la sala del trono.
            Después de una pequeña batalla, que tiñó de rojo el suelo blanco de la entrada, atravesaron las puertas dobles de la sala y fueron recibidos por la luz de las cuatro gigantescas lámparas de araña, que colgaban como murciélagos, y de las antorchas llameantes ancladas a las decenas de columnas de mármol negro, que tenían forma de serpiente y aguantaban una serie de arcos de herradura, sobre los que se apoyaba una serie de columnillas de oro, que soportaban el peso de la enorme cúpula. El suelo era blanco y en el centro había una larga alfombra roja que llevaba a la plataforma de mármol rojo negruzco, en la que se encontraban los tronos de los marqueses y sus hijos delante de un tapiz de la familia de Avelino I.
            Apretujados en la escalera de mármol estaba la familia del marqués y todos los habitantes del castillo totalmente aterrados. Al ver aparecer a Alfredo y a Alejandro las mujeres estallaron en gritos y los hombres se levantaron para hacerles frente.
            -¡¿Dónde está Pancracio?!- Tronó Alfredo con una potente voz y empuñando su reluciente y ensangrentada espada.
            -¡Estoy aquí!- Contestó el susodicho avanzando hacia el centro de la sala y empuñando su espada.
            -¡NO!- Exclamó una joven levantándose- Por favor, no vayas. Acabarán contigo- Le dijo a Pancracio agarrándolo del brazo.
            -Oh yo con ellos- Replicó Pancracio con una voz que no admitía replica.
            La siguiente suplica de la joven acabó en un grito al ver aparecer al resto de los piratas, que invadieron la estancia lanzando escalofriantes gritos de batalla, que presagiaban la muerte, y persiguieron al resto de la corte, que huyó despavorida, como gacelas perseguidas por leones, saliendo por las puertas laterales y dejando a solas a los tres adversarios.
            -Por fin estoy ante ti bastardo- Le dijo Alfredo mientras Furioso se tumbaba en un lado para presenciar el espectáculo.
            -Pagarás por la muerte de Perseo- Añadió Alejandro.
            Pancracio se les quedó mirando unos segundos y, de repente, estalló en estridentes carcajadas, lo que les enfureció aún más.
            -¡¿De qué te ríes?!- Tronó Alfredo perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
            -Asi que esto es por ese joven al que atravesé como si de un trozo de carne de cerdo se tratara- Respondió Pancracio parando de reir pero con la cara risueña.
            -Vigila tus palabras- Le advirtió Alejandro acercándose a él junto a Alfredo, lentamente y con movimientos felinos.
            -¿Queréis vengarlo? Muy bien. Os espero- Dijo el marquesito haciéndoles frente.
            Los dos piratas, unidos por el amor que sentían hacia Perseo, se lanzaron a por Pancracio como uno solo y lo rodearon: Alfredo lo atacaba por delante mientras Alejandro le arremetía por detrás.
            El joven les hacía frente con una fuerza y vigor envidiables, manteniéndoles a raya. Las espadas entrechocaban con fuerza lanzando refulgentes y chisporroteantes chispas anaranjadas, mientras los tres combatientes danzaban con grandiosidad y elegancia. Bailaban y daban vueltas deslizándose por el suelo de mármol blanco, que reflejaba la hermosa danza como si se tratase de un espejo, que, a medida que el combate se recrudecía, iba cubriéndose de pequeñas gotas de sudor que lo hacían resbaladizo.
             Pancracio, a pesar de defenderse con gran furia, fue incapaz de resistir el doble embate por mucho tiempo y, ya cansado y con los músculos doloridos, fue retrocediendo hasta chocar contra la pared, pero sin dejar de parar las estocadas de los dos piratas, que, al ver la situación de su contrincante, le acometieron con mayor fuerza.
            Al cabo de media hora de lucha, Alfredo, gracias a una magistral finta, consiguió quitarle la espada, que salió volando dando vueltas hasta el otro extremo de la sala, y tanto él como Alejandro le colocaron las espadas en los hombros, clavándoselas en el cuello y cruzándolas por delante, con lo que la cabeza de Pancracio quedó atrapada entre los dos filos afilados como cuchillas.
            Por fin tenía al asesino de su hermano donde quería, con su espada clavada en su cuello. Lo único que tenía que hacer era mover un poco la espada para que su filo lo atravesase unos milímetros, cortando la carne y dejando salir la sangre en una hermosa cascada roja y espesa, que bajaría por el pecho de Pancracio hasta formar un enorme charco viscoso a sus pies.
            Disfrutaría como un niño viendo como la vida se apagaba en los ojos de su enemigo. Pero no podía hacerlo. Esa muerte sería demasiado rápida y dulce para el cabrón que tenía enfrente.
            -Quieto- Dijo con firmeza viendo que Alejandro estaba a punto de cortarle el cuello a Pancracio.
            -¿Por qué?- Preguntó este rechinando los dientes.
            -¿No prefieres torturarlo de las maneras más horribles, disfrutando de sus gritos, y provocarle una muerte lenta, dolorosa y horrible?
            -Si. Eso me gusta más- Respondió Alejandro con una perversa sonrisa.
            -Me lo imaginaba- Dijo separándose- Mantenlo ahí.
            -Será un placer- Contestó Alejandro rodeando el cuello de Pancracio con una fuerte mano y sustituyendo la espada por un puñal, que colocó en su yugular- Vas a desear estar muerto- Le dijo a Pancracio acercando su boca a su oreja y clavándole la punta del puñal hasta que salió una gota de sangre.
            -Alejandro contrólate- Le advirtió Alfredo acercándose de nuevo con una fuerte cuerda que utilizó para atarle las manos a la espalda- Ahora volvamos al barco.
            Llevando a Pancracio atado salieron del castillo, mientras sus hombres volvían a su lado con las espadas ensangrentadas y amplias sonrisas siniestras en sus rostros, y cruzaron las dos plazas del castillo, que estaban llenas de cuerpos y miembros cercenados que eran pasto de los animales, hasta detenerse delante de las primeras puertas en la cima de la colina, desde donde se veía la ciudad…Bueno, lo que quedaba de ella.
            Los edificios que quedaban en pie y no se habían convertido en gigantescos escombros llameantes eran engullidos por enormes llamas anaranjadas, que se elevaban hacia arriba, llenando el cielo de oscuras nubes, que, gracias al viento de las alturas, llevaba el insoportable olor a carne quemada a todos los rincones. Desde aquella distancia se escuchaban los gritos desgarradores de la gente atrapada en sus casas, los llantos de los niños abandonados en las calles y los chillidos de las personas que corrían por las calles abrazadas por el fuego.
            -Espero que estés disfrutando de las vistas- Le dijo Alfredo a Pancracio acercándose a él- Por que esto es obra tuya.
            Dicho esto empezó a descender por la colina adentrándose en la ciudad, sin preocuparse por las altas y peligrosas llamas que lo rodeaban, y acabando con el sufrimiento de todo ser vivo con el que se encontraba.
            Con un paso rápido, solo tardaron veinte minutos en encontrarse en la cubierta del barco, donde ordenó atar a Pancracio al palo mayor.
            -Ahora podéis ir a la ciudad a hacer lo que queráis- Les dijo a sus hombres- Roberto, Ricardo. Vigilad al prisionero y no os preocupéis. Seréis los primeros en disfrutar de su compañía- Añadió dirigiéndose a los gemelos- Por cierto ¿Dónde habéis alojado a Oscar?
            -En los aposentos de su hermano- Respondió Roberto- Espero que no os moleste.
            -No, no te preocupes. Has hecho bien- Contestó- Alejandro, Santiago seguidme.
            Tras dar estas órdenes, que no tardaron ni un segundo en cumplirse, cruzó la cubierta en dirección a popa donde, entre las dos escaleras que llevaban al puesto de mando, se encontraba la puerta que llevaba a las cámaras principales, formadas por cuatro habitaciones, dos baños, situados entre estas, y una oficina-salón.
            Después de bajar los peldaños de las pequeñas escaleras, posó su mano sobre el pomo de la primera puerta a babor con la que se encontró y ahí la dejó. Desde la muerte de su hermano seis meses atrás, no había vuelto a pisar esa habitación y las emociones se atropellaban en su interior como un huracán que le dejó inmovilizado en el sitio.
            -Si me lo permitís capitán- Dijo Santiago su otro segundo de abordo.
            Este, que era algo más bajo que él, tenía el pelo verde y unos brillantes ojos ámbar. En el rostro, que lo tenía enrojecido, no tenía ni un solo pelo debido a que le habían quemado la cara años atrás y en la oreja izquierda, labio inferior y donde tendrían que estar las cejas llevaba varios piercings con forma de aro. Sus facciones eran de rasgos duros y su traje de cuero de piel de dragón dorado marcaba sus prominentes músculos.
            Sin embargo era un alma cándida y buena, que se dedicaba, en el poco tiempo libre que tenían, a tocar música ora con el piano ora con el violín y a cantar con su melodiosa y delicada voz, lo que no impedía que fuera uno de los más bravos piratas del barco y digno hijo de su padre, quien había sido el segundo de a bordo del suyo. Su arma favorita, al igual que lo había sido de su padre, era el hacha de doble filo, que manejaba con gran maestría y destreza, partiendo todas las cabezas con las que se encontraba.
            -Adelante- Le contestó respirando profundamente y cediéndole el sitio.
            Santiago abrió la puerta, entró en la habitación y se apartó a un lado dejándole el paso a Alfredo.
            La alfombra azul, que cubría la habitación, destacaba sobre los tablones rojos y de las paredes colgaban hermosos cuadros hechos por Perseo en el caballete que había a la izquierda de la puerta. En el lado izquierdo de la pared de la izquierda estaba la pequeña puerta que llevaba al baño y al lado había una enorme estantería marrón, que contenía las pinturas, pinceles y cuadernos de dibujo de Perseo. En la pared del otro lado había un armario con doble puerta de cristal y a su lado la cama de madera con sabanas y mantas de seda, a cuyo lado había una mesita. A los pies de la cama, pegado a la pared, había otro armario que contenía las armas de Perseo y sobre la cama, en la pared y delante de la puerta, había una ventana con barrotes de oro, totalmente abierta, que dejaba entrar el sol en torrentes de luz que inundaban la habitación.
            Oscar, que había estado dormido hasta entonces, se levantó de golpe al oir la puerta, totalmente aterrado. Pero, al ver quien era y donde estaba, volvió a tumbarse y se arrebujó entre las sabanas.
            -¿Cómo estás?- Preguntó Alfredo acercándose a la cama con preocupación y mirándolo con dulzura.
              -Bien- Respondió Oscar tímidamente, mirándolo mientras se sentaba en el borde de la cama.
            -¿Te han hecho algo malo?-Preguntó intentando no ser muy brusco.
            -Preferiría no hablar de ello de momento- Respondió Oscar apartando los ojos de los de Alfredo.
            -Como quieras- Dijo algo acongojado por la reacción de Oscar y apartándole el pelo de la cara-¿Qué ha ocurrido en Torre Blanca?
            -Después de tu fuga, mi padre quiso buscar un buen matrimonio para Amapola. Pero ella rechazaba a todos los pretendientes que le presentaba nuestro padre- Empezó Oscar a responder mirándolo de nuevo a los ojos y poniéndose las mantas por debajo de los hombros- Al final nuestro padre se cansó y desistió de su empeño de casarla. Sin embargo, hace una semana, Adelardo, con todas sus tropas, invadió nuestras tierras y asesinó a nuestros padres y al resto de nuestros hermanos, para luego llevarnos a su castillo- Continuó, mirando por la ventana con una voz triste y apagada mientras sus ojos se llenaban de lágrimas- Ya allí me mantuvo encerrado y amenazó a mi hermana con matarme si no se casaba con él. Mi hermana accedió y se casaron, pero Adelardo me entregó a su tío, mercader de esclavos, diciendo que el trato era no matarme y que no habían hablado de que no pudiera venderme como esclavo. Tras navegar una semana, de la que de momento no voy a hablar, llegamos a Veguinia y… bueno, el resto ya lo conoces.
            Alfredo había escuchado el relato con un semblante serio y los puños y dientes apretados, intentando controlar el fuego que bullía en su interior con el riesgo de hacerle explotar.
            -No te preocupes- Le dijo a Oscar poniendo la voz más dulce de la que fue capaz y poniéndole una mano en el hombro con suavidad- Rescataremos a tu hermana.
            -Aún hay más- Dijo Oscar dándose la vuelta con el dolor del recuerdo dibujado en su rostro- Adelardo también tiene a tus hijos.
            -¿Cómo que a mis hijos?- Preguntó lentamente tras un helador silencio y con un nudo en la garganta.
            -Dos meses después de que te fueras, Amapola me confesó que estaba embarazada y al cabo de varios meses tuvo mellizos, Aquiles y Azalea- Respondió Oscar mirándolo fijamente.
            -De acuerdo. No te preocupes. Tú ahora descansa- Le dijo levantándose y dándose la vuelta para encontrarse con la mirada preocupada de sus dos segundos- Vamos a la oficina. Tenemos que hablar.
            Abandonaron la habitación, dejando a Oscar para que descansara, y cruzaron el pasillo hasta llegar al fondo, donde, tras bajar dos peldaños, cruzaron las enormes puertas de la oficina del capitán.
            El suelo estaba cubierto totalmente por una alfombra roja con hilos de oro y del techo, que tenía dibujado un mar embravecido con un barco en el centro que luchaba contra un dragón dorado, colgaba una lámpara hecha con un enorme cráneo de dragón. Enfrente de la puerta, delante de la enorme cristalera de barrotes de oro y cortinajes de seda roja, había un elegante escritorio francés del siglo XV con tres sillas de oro y piel de quimera, una detrás de él y las otras delante. A la derecha había un impresionante mapa, enmarcado en plata, del mundo, que estaba rodeado por estanterías llenas de libros, y a la izquierda había una mesa de cristal con tres hermosos sillones rojos rodeándola y un alargado armario bodega, sobre el que reposaba un brillante y reluciente juego de copas.
            -¡No me lo puedo creer!- Exclamó entrando como un huracán y sentándose en uno de los sillones, mientras Alejandro se sentaba delante y Santiago llenaba tres copas con vino.
            -Tranquilo- Le dijo Alejandro cogiendo la copa que le ofrecía Santiago- Rescataremos a Amapola y a tus hijos.
            -Y lo haremos ahora mismo- Contestó con una firme resolución.
            -No te pierdas capitán y piensa con la cabeza- Replicó Santiago apoyándose en el armario- Los muchachos estarán cansados después del ataque y querrán dejar el botín en la isla.
            -Cierto. Además si queremos atacar el castillo de los del Valle tendremos que prepararnos en Drakon y dejar a todos eso jóvenes esclavos, a los que has querido rescatar, en algún lugar seguro- Añadió Alejandro.
            -De acuerdo. Tenéis razón- Dijo respirando con profundidad para calmar sus nervios, que amenazaban con apoderarse de él- Pero después acabaré con Adelardo- Añadió con fieras llamas en su ojos y una profunda y siniestra voz.