Grumetes.

CatBlackianos

lunes, 28 de octubre de 2013

Capítulo V: La Tormenta

En el barco todo estaba dispuesto para la nueva partida. Los esclavos rescatados en Veguinia ya estaban preparados para embarcar en un barco, que los llevaría a un lugar seguro, y los nuevos tripulantes del “Dragón Dorado” se encontraban impacientes por emprender su nueva aventura.
            En el tiempo que habían estado en la isla, el cielo se había cubierto de monstruosas nubes, que tapaban la luz del sol, y un viento gélido y fuerte empezaba a levantar las olas de un mar, que daba más miedo que nunca. La lluvia, los truenos y los relámpagos no tardaron ni cinco minutos, desde que el magnífico barco echara velas y empezara a soportar, con increíble fortaleza, las subidas y bajadas de las olas, en aparecer en el horizonte.
            Por fortuna pudieron pasar la barrera de rocas y remolinos antes de que el temporal los alcanzara con toda su plenitud. El viento les venía de popa, lo que permitió mantener las velas desplegadas, que hacían volar al barco por la superficie del mar. Las olas, que cada vez eran más fuertes, alcanzaban el armazón del barco, haciendo crujir, con ruidos que erizaban los cabellos de nuestros valientes, las tablas del poderoso barco, por la popa y lo atravesaban de lado a lado, llevándose consigo a los piratas, que se sujetaban a cualquier sitio para evitar ser engullidos por los abismos.
            Los relámpagos rasgaban el cielo, iluminándolo con fantasmagóricas formas, y los truenos retumbaban con increíble furor como tambores de guerra en una garganta, ensordeciendo incluso los rugidos de las olas, que parecían querer llevarse consigo al barco a las oscuras profundidades de la mar. Junto a estos la lluvia caía sobre los cuerpos de los piratas como dardos que quisieran traspasarles la piel.
            Sobre el puente de mando, en el alcázar del castillo de popa, Alfredo se encontraba milagrosamente de pie, sujetándose a la balaustrada, mientras observaba el enorme charco en el que se había convertido la cubierta de su barco, y daba, con una potente voz que rivalizaba con los bramidos de los truenos y el rugir de las olas, las órdenes oportunas. Ni la lluvia ni los fuertes empujones que recibía le hacían tambalearse y soportaba la tormenta como una firme roca, que hacía gestos de dolor al escuchar los quejidos de sufrimiento de las tablas de su buque, como si él mismo los sintiera en sus carnes.
            Junto a él, Furioso, totalmente empapado y con el pelaje erizado, emitía sordos rugidos cada vez que se oía un trueno y a su espalda Atlantes sujetaba con extraordinaria fuerza el timón.
            Alfredo estaba inquieto. Su instinto de pirata le decía que un terrible desastre iba a caer sobre el barco y sus tripulantes. Sus ojos observaban con atención cada centímetro, que las olas le dejaban ver, de la superficie de la mar, temiendo que en cualquier momento un monstruo, despertado por la furia de la naturaleza, emergiera de repente.
            El barco ya llevaba veinte minutos soportando la terrible tempestad, cuando el desastre, temido por Alfredo, se produjo. Dos rayos, que al parecer se habían puesto de acuerdo, hicieron diana en la mitad del palo de mesana y en la parte baja del primer trinquete y, aunque la lluvia caía con fuerza, los dos palos empezaron a arder rápidamente.
            Sin embargo, una fortuita ola, que barrió el barco de popa a proa, apagó los dos incendios y Alfredo ordenó cortar los dos palos. Esto se cumplió con muchas dificultades, ya que a los piratas les resultaba muy difícil mantenerse rectos ante el bamboleo del buque, y los dos palo fueron engullidos por la mar, dejando al “Dragón Dorado” a merced de las olas y con dos palos, que corrían el riesgo de sufrir el mismo destino que sus compañeros.
            La tormenta, lejos de menguar, parecía crecer en intensidad, para quitar la figura del barco de la faz de la tierra y ahogar a todos sus tripulantes, y una nueva desgracia puso a prueba la capacidad de Alfredo.
            El viento, que hasta entonces les había sido favorable, de pronto cambió de rumbo amenazando con llevarse consigo las velas de los dos palos que quedaban. Alfredo mandó replegar las velas y los jóvenes piratas no duraron en trepar por los resbaladizos palos, mientras el viento los azotaba y las olas hacían oscilar al barco, hasta llegar a las vergas, donde, aguantando a duras penas el equilibrio y con el riesgo de caerse, abriéndose la cabeza contra la cubierta o bien ahogándose entre las aguas, soltaron las jarcias que sujetaban las velas, recogiéndolas sobre las vergas, a las que fueron atadas.
            Hecha esta maniobra, el barco quedaba a merced del empuje de las olas y sus tripulantes solo contaban con su resistencia para no sucumbir en mitad del océano. El barco atravesaba las olas, subiendo y bajando como una hoja llevada por la corriente de un río, y los piratas se garraban a babor y estribor para no ser llevados, aún asi, las hijas de Océano, conseguían romper su resistencia y, haciendo que sus manos se soltasen, los arrastraban por la cubierta, golpeándolos contra el suelo y los objetos y los dejaban magullados y heridos, para que sus compañeros, a riesgo de ser arrastrados por las olas, los recogieran y los llevaran al interior del barco.
            Mientras Alfredo observaba con creciente temor y angustia como sus hombres corrían el riesgo de ser llevados a los abismos, una gigantesca ola, más grande que las otras, se estrelló por la popa del barco y se llevó consigo a un despistado Alfredo, que, empujado por la fuerza de las aguas, estuvo a punto de caerse a la cubierta del barco. A pesar de que la ola le había pillado por sorpresa, un capitán pirata tan bravo como él tenía que estar prevenido mentalmente para todo tipo de accidentes, por ello, mientras la ola lo arrastraba, había conseguido agarrarse firmemente a uno de los palos de la balaustrada, quedando colgado de él.
              Al mismo tiempo que intentaba volver a subir a su puesto, se  pudieron escuchar varios ruidos fuertes, que provenían del interior del barco, seguidos de los sonidos de pesados objetos que se arrastraban y chocaban contra las paredes del barco. Alfredo sabía lo que significaban aquellos sonidos, algunos cañones de las baterías se habrían soltado de los amarres que los sujetaban y ahora estarían yendo de un lado a otro de las baterías, chocándose contra las tablas de madera, que no tardarían en ceder ante su fuerza, provocando la entrada en gran cantidad de las aguas.
            Pensando en esto, Alfredo redobló sus esfuerzos para subir a su puesto, pero poco a poco, cansado como estaba y por lo resbaladizo que estaba el palo, sus dedos empezaron a soltarse y ya estaba a punto de caerse, cuando una mano le sujeto de la muñeca.
            -¡Agarrame la mano!- Gritó Alejandro por encima del estridente ruido, desde el puesto de mando, mientras que con la otra mano agarraba la parte alta de la camisa de Alfredo para tirar de él hacia arriba.
            Con esta nueva ayuda, Alfredo consiguió subir a su puesto y observar con horror lo que había ocurrido. El timón ya no estaba y con él habían desaparecido Furioso y Atlantes, lo que hizo que su corazón palpitase con angustia. Quería a toda su tripulación como si fuesen sus hermanos y la perdida de cualquiera de ellos suponía un duro golpe para él.
            -¡Hay que buscar a Atlantes y a Furioso!- Le dijo a Alejandro por encima del ruido.
            -¡Ya estamos en ello!- Contestó el otro- ¡Y Furioso esta bien! ¡Consiguió caer a cuatro patas sobre la cubierta del barco y lo hemos llevado a uno de los camarotes principales!
            -¡Capitán! ¡Alejandro! ¡Hemos encontrado a Atlantes!- Gritó Hércules, un joven de veintitrés años musculoso, que era general de los Gigantes de Hierro, una de las fuerzas que componían la tripulación del barco.
            -¡¿Dónde está?!- Preguntó Alfredo bajando a toda prisa por las escaleras que llevaban a cubierta, mientras las olas seguían sin darles tregua.
            -¡Allá abajo!- Respondió Hércules señalando hacia la pared de estribor del barco.
            Palideciendo todo lo posible y más, Alfredo se asomó por estribor y comprobó con horror que Atlantes se sujetaba a duras penas a la pared del barco, resistiendo con increíbles fuerzas el ímpetu de las olas.
            -¡Sujétate fuerte!- Le gritó, aunque sabía que difícilmente podía oírle- ¡Enseguida te sacaremos de ahí! ¡Traed una cuerda!- Ordenó después a sus hombres, que se apresuraron a traerla. Uno de los extremos fue atado al palo mayor y el otro echado sobre Atlantes, que al notar la cuerda sobre su cabeza no tardó en agarrarla, bamboleándose de lado a lado como un péndulo- ¡Tirad!- Gritó Alfredo que era el primer en sujetar la cuerda y en tirar de ella sujetándose con un pie en el combés.
            El ascenso de Atlantes fue peligroso y angustiante. Con solo la cuerda como sujeción, el timonel del barco se encontraba a merced del viento, que lo hacía estrellarse contra el estribor del barco, haciéndole perder fuerzas a una peligrosa velocidad y magullándole el cuerpo, y desprotegido ante las olas, que en cualquier momento podían elevarse llevándoselo consigo. Los quince minutos que duró el lento ascenso se hicieron eternos para los tripulantes del navío y, justo cuando la cuerda esta a punto de romperse por el roce contra el borde del barco, Alfredo consiguió agarrar a Atlantes, que cayó inconsciente en sus brazos, con la cara y los brazos completamente magullados por los golpes recibidos.
            -¡Ponedlo a salvo!- Gritó Alfredo pasándoselo a los dos gemelos- ¡Los demás id a las baterías! ¡Creo que varios cañones se han soltado y hay que amarrarlos antes de que causen una desgracia irreparable!- Añadió después dirigiéndose al resto de sus hombre, que como almas perseguidas por el diablo no tardaron ni un segundo en desaparecer en el interior del barco-¡El resto achicad toda el agua que haya podido entrar al barco!
            Mientras los piratas llevaban a cabo las nuevas órdenes recibidas, la tormenta seguía bramando con furia. La lluvia parecía querer anegar de nueva la tierra, los truenos hacían vibrar el aire, los relámpagos rompían el cielo y las olas se levantaban como gigantes cayendo luego sobre el barco, que era como una hoja de papel en mitad de un gigantesco huracán.
            De repente a oídos de Alfredo llegó un enorme rugido, que no provenía de las olas ni de los truenos, procedente de delante del barco. Sin temor alguno, Alfredo cruzó la cubierta, haciendo frente a la furia del mar, y subió al castillo de proa para otear el horizonte desde la quilla del barco.
            Forzando la vista todo lo que pudo, consiguió distinguir una sombra en la lejanía, pero que se acercaba rápidamente hacia a ellos y una terrible sospecha de lo que podría ser afloró a su mente. Con manos temblorosas, sacó su catalejo de su funda y lo enfocó hacia delante, comprobando con horror que sus sospechas se hacían realidad.
            Mirando por el catalejo descubrió que delante de ellos les esperaba una de las fuerzas más destructoras de los mares. Una gigantesca tromba marina se elevaba hasta el cielo, levantando gigantescas olas a su alrededor.
            -¡Alejandro! ¡Santiago!- Gritó con todas sus fuerzas una vez guardado el catalejo sin dejar de mirar hacia el nuevo peligro. Sus segundos de abordo estuvieron a su lado en pocos minutos- ¡Mirad hacia allí!- Les indicó sin darse la vuelta.
            Los dos valientes piratas observaron el horizonte y dos idénticas exclamaciones de horror afloraron a sus labios al mismo tiempo.
            -¡¿Qué hacemos?!- Preguntó Santiago.
            -¡Nada!- Respondió Alfredo ante el terror de sus dos compañeros- ¡Sin velas, con dos palos y sin timón no podemos hacer frente a esa monstruosidad marina! ¡Lo único que podemos hacer es avisar a la tripulación para que se prepare!
            Tanto Alejandro como Santiago comprendieron que su capitán tenía razón y, pálidos como si ya estuvieran muertos, fueron a darles la nueva noticia a la tripulación, mientras Alfredo se mantenía en la quilla.
            Aunque la tromba de agua estaba cada vez más cerca, Alfredo no se alejó ni un ápice de donde estaba. Las olas, dada la proximidad de la tromba, eran cada vez más altas y el barco crujía como nunca antes lo había hecho, levantándose y bajando como si estuviera en una atracción para niños.
            De pronto, tras cruzar una gigantesca ola, que había engullido al barco completamente, la tromba marina apareció con toda su majestuosidad a pocos metros del barco, que siguió su rápido avance hacia su perdición. Lo primero en tomar contacto con el gran remolino de agua fue el bauprés, que, sin poder aguantar la fuerza, se partió y salió volando por encima de la cabeza de Alfredo, que se agachó a tiempo, se estrelló contra el trinquete, partiéndose a la mitad, y cayó al agua, mientras el “Dragón Dorado” y toda su tripulación era engullida por la increíble fuerza del remolino.

viernes, 18 de octubre de 2013

Capítulo IV: Elaphus

La enorme taberna de Nordap bullía de actividad, como siempre pasaba a media tarde. La docena de mesas largas y cuadradas estaban llenas de enormes jarras de cerveza, que los hombres se apuraban en vaciar, mientras jugaban sus partidas de dardos o de cartas, acompañados por las damiselas pagadas. En una esquina varios jóvenes apostaban en partidas de dardos y futbolín, sin parar de observar de reojo a las tentadoras mujeres, que se pasaban entre las mesas. De la puerta de la pared de la derecha salín estridentes gritos, que se mezclaban con el jolgorio de la sala principal, provenientes de las peleas de perros y gallos que se celebraban.
Amapola se encontraba sirviendo en la barra, donde un grupo de jóvenes de su edad discutían sobre diferentes temas, mientras pensaba en como había acabado aquí.
Tras tres días de odisea dentro del carromato, alimentándose con lo poco que podía robar, cada vez que paraban, y padeciendo frío, llegaron a la primera ciudad en la que se pondría el mercado. Para su desgracia no era la ciudad que ella había esperado. En lugar de encontrarse en Auzra, situada al este de las tierras de los Valle, se encontraban en Nordap, situada al sur.
Solos, sin dinero y hambrientos no la había quedado más remedio que buscar un trabajo para conseguir dinero, ya que el dinero y las joyas, que se había llevado del castillo, los había perdido durante la travesía. Únicamente había podido encontrar trabajo en la taberna-burdel más famosa y transitada de la ciudad, como camarera de la barra, lo que le daba derecho a disponer de una habitación para ella y sus hijos en el piso superior.
-¿Sabéis lo que me ha dicho mi hermano?- Preguntó uno de los chicos mientras ella limpiaba los vasos.
-No ¿Qué?- Preguntaron los otros.
-Que Adelardo del Valle se dirige en estos mismos momentos hacia aquí- Respondió el primero de los chicos- Al parecer su prometida se ha fugado y sospecha que ha llegado hasta aquí escondida en uno de los carros del mercado de hace unos días.
-¿Adelardo del Valle aquí? ¡No me lo puedo creer!- Exclamó uno de los chicos.
A partir de aquí Amapola dejó de escuchar. Las manos la temblaban y un sudor frío la empezaba a bañar la piel. Si Adelardo la veía estaban perdidos y seguro que en esta ocasión los encerraban en una oscura celda. Tenían que marcharse de allí y cuanto antes mejor, pero no podrían hacerlo hasta la noche, cosa que les favorecería, después de haber cobrado el dinero del día.
-¡Alop! ¿Estás ahí?- Preguntó el primero de los chicos.
-¿Qué?- Preguntó distraída.
-Te hemos pedido varias veces que nos llenes los vasos- Contestó el chico señalando su vaso vacío.
-Lo siento. Ahora mismo os sirvo Gigante- Contestó cogiendo los vasos.
Lo que quedaba de tarde pasó sin suceder nada especial, solo lo de siempre: peleas, algún borracho al que había que echar, malos tratos a las chicas,… Lo único especial fue que empezó a caer una fuerte tormenta, típica de esa época del año y que se podía extender kilómetros y kilómetros, lo que complicaría, y bastante, su huída.
Quedaban dos horas para que el sol se escondiera, cuando finalizó el turno de Amapola y pudo ir a su habitación para preparar su partida. Sus hijos la esperaban jugando con sus espadas de madera, hermosamente decoradas.
-¿Cómo estás mami?- Preguntó Rodrigo, distrayéndose durante un instante y dejando el costado libre ante los golpes de su hermana- ¡Hau! ¡Eso no vale! ¡Eres una tramposa!
-¡Y tú no sabes perder!- Contestó Sol, sacándole la lengua con una traviesa sonrisa.
-Niños. Prestadme atención que tengo que deciros algo importante- Cuando sus hijos la prestaron atención ella les explicó sus intenciones.
-Ya era hora- Dijo Sol- A mi no me gusta este sitio.
-A mi tampoco. La mayoría de la gente que viene da miedo- Añadió Rodrigo- ¿A dónde vamos?
-A intentar encontrar a tu padre- Contestó- Espero hacerlo pronto.
No tardó casi nada en hacer los tres equipajes, guardarlos en mochilas y salir, sin que nadie se diera cuenta, por la puerta trasera de las cocinas. En el patio exterior la lluvia caía sin cesar, formando pozas y regatos, que parecían ríos, y repiqueteando sobre los tejados. Enormes cascadas caían desde los agujeros de los canalones y los relinchos de los caballos en las cuadras eran eclipsados por el rugir de los truenos. Extrañas sombras aparecían cada vez que algún relámpago rasgaba el cielo y las nubes formaban una masa oscura y espesa que no dejaba pasar la luz.
Pronto los tres se encontraron empapados y las ropas mojadas se pegaban a sus cuerpos dificultándoles la caminata por las calles. Estas, que horas antes se encontraban llenas de gente, estaban desiertas y solo los gatos y perros callejeros se atrevían a vagar por ellas, obligados por sus hambrientos estómagos. Tampoco se oían ruidos de ningún tipo, lo que propiciaba que los truenos se difundieran por todos los callejones, y las luces estaban completamente apagadas, sumiendo la ciudad en una completa oscuridad.
A los pocos minutos consiguieron salir por un hueco que encontraron en la muralla de la ciudad y, siguiendo el “Camino Imperial”, se internaron en el “Bosque Blanco”.
Los bonces se elevaban como gigantes hacia el firmamento juntando sus gruesas ramas, que formaban una hermosa cúpula protectora que cubría el bosque. Sus frutos, parecidos a las avellanas pero con un sabor más dulce, crecían hacia abajo apilándose en racimos como las uvas y eran recogidos por los ardilagos, curiosos animales con aspecto de ardilla, pero con dos colas y alas de murciélago, que solo salen al anochecer y se van a su guaridas de los árboles al amanecer. Entre las altas hierbas, que servían para que las escorñas, pequeños insectos con forma de araña y cola de escorpión, hicieran sus telas, crecían enormes matas de frambuesas, fresas y flerios y por las raíces había conjuntos de exóticas setas.
La lluvia caía sin cesar y, aunque protegidos por la cúpula de las copas, notaban las gotas cayendo sobre sus pieles frías como el hielo. Amapola sabía que pronto la congelación llegaría a sus músculos, por lo que se puso a buscar un lugar donde construir un refugio, hacer fuego y pasar la noche.
Tras unos infructuosos minutos de búsqueda, Amapola encontró un pequeño claro a un lado del camino idóneo para descansar. Construyó un refugio pequeño con ramas y hojas, que encontró por los alrededores, y, después de varios intentos, consiguió hacer fuego con dos piedras. Seguidamente, haciendo una cuerda con varias lianas, preparó una trampa al lado de un árbol cercano, en el que se podían ver huellas de conejo.
Luego, mientras esperaba a que cayera algún conejo incauto, tendió sus ropas mojadas a un lado del refugio y se taparon con mantas, mientras se calentaban con las llamas de la hoguera.
Ya entrada la noche, cuando la luna se elevaba, la tormenta, que ya llevaba varias horas descargando su ejército contra la tierra y desgarrando el cielo con increíbles relámpagos, cesó de repente y el cielo se empezó a despejar, por lo que muy pronto el bosque se llenó de ruidos.
Amapola aprovechó para acercarse a la trampa y descubrir a un conejo atrapado, que pronto estuvo haciéndose al fuego atado a un palo, que lo atravesaba de parte a parte. Tuvieron que esperar media hora a que el conejo estuviera listo y pudieran comérselo habidamente, acompañándolo de unos cuantos boncenos, que llenaron sus estómagos vacíos.
Después llegó la hora de que sus hijos durmieran mientras ella hacía guardia. La noche era fresca, algo normal después de una tormenta tan intensa, y los sonidos de los animales mantuvieron a Amapola con los sentidos alerta. Lo que más temía era la aparición de los lobos y los lebos, mezcla de lobo y león, que solían atacar en manadas de una docena de individuos feroces y astutos.
Pronto pudo escuchar a los topillos y ratoncillos correteando por la tierra en busca de semillas para llenar sus madrigueras. Por las ramas de los árboles vagaban las ardillas, mapaches y ardilagos. También se divisaba algún que otro milano, murciélago y se podía escuchar a un búho. Aparte se oían otros sonidos provocados por animales desconocidos para ella.
Llevaba dos horas de aburrida y pesada vigilancia, cuando escuchó el ruido de ramas que se rompían. Al instante se levantó como un resorte y se puso a escudriñar las sombras en busca de la fuente del ruido, pero no vió nada y se volvió a sentar.
Nada más hacerlo, un hombre apareció por detrás y la inmovilizó. No podía verle la cara porque iba completamente tapado por una capucha oscura y un temor profundo la invadió, pero la dio fuerzas para enfrentarse a su atacante. Así, revolviéndose como una tigresa, consiguió zafarse de sus brazos y, dándose la vuelta, le lanzó una certera patada en el estómago, dejándolo sin respiración.
El hombre se dobló, completamente ahogado, y empezó a buscar un lugar donde poder descansar y recuperar la respiración. Amapola aprovechó esos instantes para sacar la daga que tenía oculta y se fue acercando al enemigo por la espalda. Estaba a punto de clavarle la daga en el cuello, el otro estaba apoyado en una roca, intentando restablecerse, sin darse cuenta del peligro, cuando una mano la agarró la muñeca evitándolo.
Ella, sin perder la calma, se giró al instante con fuerza, librándose de la mano opresora y describiendo una curva con la daga, que iba directa a por su nuevo enemigo. Por desgracia este tenía buenos reflejos y se agachó a tiempo de que la daga no le destrozara el cuello, sin embargo no se libró de un rodillazo que Amapola le dio, destrozándole la nariz, cuando se agachó.
El hombre se cayó hacia atrás de culo, con la nariz chorreándole sangre, y la capucha se le fue hacia atrás, desvelando su rostro. Se trataba de un joven de su misma edad con el pelo rubio y largo y unos hermosos ojos azul claro, nariz respingona, labios sonrosados y un cuello pequeño. Las orejas, que eran picudas, la indicaron que se trataba de un elfo, subespecie del hombre, creado por cambios genéticos hacia ya muchos siglos en la antigua era, que es más pequeña que el hombre pero más veloz, ágil y hábil.
-¿Dónde están mis hijos elfito?- Preguntó echando chispas por los ojos. No la hacía falta mirar hacia el refugio para saber que sus hijos ya no estarían allí. El elfo por toda respuesta la miró de arriba abajo y sonrió, irritándola aún más- Te he preguntado que dónde están mis hijos.
-¡Mata a esa zorra de una vez!- Gritó el primer hombre, que todavía no se había recuperado- ¿Tanto te cuesta derrotar a una chica Elaphus?
-¡Cierra el pico!-Le espetó el otro- No todos los días puede uno enfrentarse a tan valiente marquesita- Añadió con sorna.
-Asi que Elaphus ¿Eh? Que nombre tan valeroso para tan gallardo guerrero- Contestó ella.
-Además de valiente y fuerte con lengua afilada- Dijo Elaphus mientras se levantaba. Al verle de pie Amapola no tardó ni un segundo en sacar su otra daga- ¡Claro! ¡Cómo no! Tenías que tener más armas- Añadió quitándose el cinturón en el que guardaba la vaina con su espada.
-¿Qué haces?- Preguntó su compañero.
-Hacer un combate justo- Respondió Elaphus sacando sus dagas- Quiero disfrutar de un baile con la dragona más bella de estos contornos- Ante este comentario Amapola ni se inmutó- ¿No te sorprende que sepa quién eres?
-¿Qué otra razón os impulsaría a atacar a una mujer con sus hijos perdidos en el bosque, sino la recompensa que seguramente os habrá prometido Adelardo del Valle?
-Tienes razón en que Adelardo ha puesto precio a vuestra captura. Pero no lo hacemos por él- Contestó Elaphus- Hay otra gente interesada en ti y que nos envía para llevarte con ellos pacíficamente, aunque si quieres luchar… Yo siempre estoy dispuesto a un buen combate- Por toda respuesta Amapola se puso en posición de combate- Aunque antes deberías pensar en tus hijos, que ahora están custodiados por varios de mis hombres, quienes, si me pasa algo, no sé lo que les harían.
Amapola se le quedó mirando. Tenía razón. No podía atacar sin pensar. Sus hijos estaban atrapados por esos hombres y corrían un grave peligro. Además, el tipo quería llevarla pacíficamente. Así que ¿Por qué derramar sangre innecesaria? Ya se escaparía en una ocasión propicia. Tras pensar esto se guardó las dagas.
-¡Bien! ¡Veo que además eres lista!- Contestó Elaphus guardándose las dagas y poniéndose el cinturón- Ese de ahí que todavía no se ha recuperado de tu golpe es Ursus. Y ahora vamos con tus hijos- Añadió poniendo la palma hacia arriba para llevarla agarrada de la mano.
Ella se quedó mirando la mano extendida e ignorándola empezó a caminar hacia delante, arrancándole una sonrisa a Elaphus, que enseguida se colocó a su lado marcando el camino.
No tardaron en cruzar unos arbustos y llegar a un pequeño claro, en el que Elaphus y sus compañeros habían levantado un campamento. Las tiendas, construidas con ramas y hojas, se encontraban en círculo rodeando una hoguera. Delante de cada tienda había un grueso tronco, a corta distancia de la hoguera, donde se encontraban los hombres de Elaphus, custodiando a los hijos de Amapola, que estaban atados a uno de los troncos.
-¿Qué os ha pasado?- Preguntó Elaphus a dos hombres que se curaban heridas de arma blanca.
-¡Eso!- Exclamó uno de los hombres señalando a Rodrigo y a Sol- Esos hijos del demonio nos han atacado con puñales que llevaba escondidos.
-¡¿Y qué pensabais?!- Exclamó Elaphus mirando a sus hombres-¿Qué se dejarían coger fácilmente? ¡Por el amor de Fauna! Es la familia del  “Dragón Dorado”. No son inofensivos y tienen fuego en las venas. Ahora ¡Soltadlos! Esta encantadora y delicada señorita- Dijo señalando a Amapola y sonriendo ante la mirada fulminante que esta le lanzó- ha accedido a acompañarnos pacíficamente.
Los hombres soltaron a los pequeños, que enseguida se refugiaron en los brazos de su madre.
-¿A dónde nos lleváis?- Preguntó mirando a Elaphus por encima de las cabezas de sus hijos.
-Al templo de Fauna, querida- Respondió Elaphus.

viernes, 11 de octubre de 2013

CAPÍTULO III Drakon y su reina

Tras una semana de travesía sin ningún incidente, cosa extraña en sus viajes, el Dragón Dorado avistaba la niebla espesa que rodeaba la isla Drakon, cuya cima, el volcán Mercurio, se elevaba dos mil metros por encima de la espumosa superficie del océano Azul, que se extendía desde las costas de Acirema hasta las de Aporue y bañaba por el sur las de Acirfa.
Esta espesa niebla, que impedía ver a más de cinco metros de distancia, era la responsable de que la isla Drakon siguiera siendo nada más que una leyenda, ya que cubría una enorme multitud de gigantescas rocas puntiagudas entre las que se formaban fuertes corrientes de agua y terribles remolinos, que llevaban a cualquier barco que se atreviera a cruzar la niebla hasta las oscuras profundidades del mar.
Los únicos que conocían a la perfección la ubicación de las rocas, de las corrientes y de los remolinos eran los bravos piratas del Dragón Dorado, que sin temor se adentraban en la niebla. El barco, manejado hábilmente por Atlantes, utilizaba las corrientes y el empuje de los remolinos para cruzar entre las rocas, que se elevaban por sus dos costados, y esquivar los restos de los barcos estrellados, que llenaban el mar de madera, restos de vela, cabos, palos y cajas vaciadas por los habitantes de Drakon, contra las rocas.
Sentado a horcajadas sobre el bauprés, cuyas velas, al igual que las del resto del barco, se habían replegado al entrar en la niebla, se encontraba Mercurio, un joven musculoso e intrépido de quince años con el pelo castaño, ojos verde vivos y unos rasgos fuertes, que solo llevaba unos calzoncillos dorados, bastante ajustados, y lucía en la espalda el tatuaje de un dragón.
Este muchacho, que tenía una vista prodigiosa, era el primero en divisar las rocas y el encargado de avisar a Atlantes previniéndole de la roca que era, ya que sabía diferenciarlas, para que el magnífico timonel virara hacia el lado en el que se encontraba la corriente marina o bien para coger el impulso de algún remolino, que lanzaban al barco hacia delante como un tirachinas.
-Ten cuidado- Le dijo Alfredo, apoyado en la quilla del barco con Furioso a su lado, a Mercurio.
-No te preocupes tío Alfri- Contestó Mercurio con voz cansada, ya que Alfredo llevaba diciéndole lo mismo desde hacia un buen rato.
-Alfredo no te preocupes y deja tranquilo al chico- Le dijo Alejandro sentado en una pequeña mesa con Santiago enfrente, mientras jugaban una partida de dados.
-¡Claro! Y que le pase algo ¿Te imaginas lo que me haría mi hermana entonces?- Preguntó Alfredo provocándoles escalofríos a sus dos compañeros.
-Mejor no pensarlo- Respondió Santiago- Si hay alguien peor que tú es Antígona.
-Le has oído ¿No?- Le dijo a Mercurio.
-Si, Alfri- Respondió el chico con voz cansina.
-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así? Debes de tratar…
-¡La roca de Drogo!- Gritó de repente Mercurio con todas sus fuerzas, cortando a Alfredo.
Al instante Atlantes, desde la otra punta del barco, viró a estribor y el barco dio un bandazo, señal de que había entrado en una corriente, impulsándose hacia delante. Unos segundos después el barco pasaba al lado de una gigantesca roca con la forma de un Dragón iniciando el vuelo.
-Como te estaba diciendo- Dijo para llamar la atención de su sobrino- Debes de tratarme con respeto. Puede que sea tu tío pero también soy tu capitán y no deberías de olvidarlo.
-Como digas capi Alfri- Contestó Mercurio con una sonrisa traviesa.
-Esa sonrisa debe de ser herencia de familia- Dijo Santiago riéndose junto a Alejandro hasta que Alfredo se volvió hacia ellos con cara de pocos amigos- Buena jugada Alex.
-Gracias- Contestó Alejandro, mientras tiraba los dos dados que quedaban haciendo un repoquer, que hizo que en su rostro apareciera una radiante sonrisa- Esto es lo mío.
-Para mi desgracia- Dijo Santiago asumiendo que tenía la partida perdida.
-¿Vas a bajar?- Le preguntó a Mercurio.
-No.
-¿Te vas a vestir?
-No.
-¿Algunas vez harás algo de lo que te digo?
-No.
-Eres insufrible- Dijo Alfredo haciendo un gesto de cansancio con las mano.
-Me vendrá de familia ¡Darcy!
Tras el potente grito el barco viró a babor, cogiendo el impulso de un remolino y pasando, al cabo de pocos segundos, al lado de una roca con la forma de un dragón acostado.
-Dentro de poco llegaremos a Drakon- Dijo Mercurio bajándose del bauprés.
-Vistete antes de ir a ver a tu madre- Le dijo cuando pasó por su lado.
-Vale. Lo que tu digas- Contestó Mercurio sin hacerle mucho caso.
-Ese chico va a acabar con vosotros- Le dijo Santiago, quien acababa de perder la partida.
-Tampoco es tan malo- Contestó Alejandro.
-No me digas que ahora te gusta mi sobrino. Tiene la edad que tanto te gusta- Le dijo mordazmente.
Alejandro abrió la boca para contestar algo, pero se lo pensó mejor y en su lugar se levantó y bajó a cubierta. Tras unos segundos Santiago lo siguió, dejando a solas a Alfredo.
El barco surcaba las aguas, balanceándose con las olas, mientras atravesaba la espesa niebla, que lo envolvía por completo y tapaba la parte superior de los palos, las cofas y las velas más altas.
Tal y como había dicho Mercurio, en pocos segundos la niebla empezó a desaparecer y el sol volvió a iluminar el barco, permitiendo a Alfredo ver la bahía de los delfines en el extremo sur de la isla.
La bahía se encontraba entre dos altos acantilados, en uno de los cuales, en el de la derecha, estaba la enorme torre vigía, que también servía de faro, mientras que en el acantilado de la izquierda se encontraba el castillo de la reina de la isla.
Pegado al acantilado de la derecha se encontraba el puerto, que estaba lleno de las pequeñas barcas de los pescadores, atadas mediante cabos a una superficie de madera que se adentraba en el mar. Seguidamente, una ancha playa de arena fina se extendía desde el puerto hasta la desembocadura de un río, que formaba un pequeño delta rico en marisco y aves acuáticas. Al otro lado del río había un espeso y frondoso bosque, que se extendía por toda la isla y llegaba hasta el otro acantilado, en cuyos orificios y resquicios las gaviotas y cormoranes hacían sus nidos.
Tras la playa se encontraba la aldea de los piratas, en la que residían junto a sus familias y habitantes de la isla. La primera línea de casa, que se encontraba a diez pasos de la playa, estaba compuesta por las casas de dos pisos de madera con tejados de paja de los pescadores y marisqueros. Seguidamente estaban las casas, también de dos pisos, pero de piedra gris con tejados de madera, del resto de habitantes de la isla y, al final del pueblo, estaban las granjas y los extensos campos de cultivo, que se extendían hasta la falda del volcán.
El enorme volcán, que se encontraba hacia el sur de la isla, se elevaba hacia arriba intentando tocar el firmamento. Esta monstruosa fuerza de la naturaleza, que se encontraba inactiva, estaba invadida por el gigantesco bosque que poblaba la isla y su abrumadora boca, que antaño escupía rocas llameantes y ríos de lava ardientes, ahora no era más que un profundo lago, cuyas aguas descendían por los túneles y canales, excavados en otro tiempo por los impetuosos ríos de lava, y fluían por toda la isla hasta desembocar en el río o confluir en las tierras pantanosas del norte, desde donde se precipitaban con un enorme estruendo al mar, tapando el bramido del oleaje, y formaban una imponente cascada, que tapaba la entrada de una oscura y tenebrosa cueva, que finalizaba en un lago y en la que guardaban todos sus tesoros.
Nada más encontrarse fuera de la niebla, el barco fue rodeado por los delfines que vivían en aquellas aguas y que saltaban por encima de las olas, aprovechando las estelas del barco.
Mientras Furioso, meneando la cola con alegría, intentaba coger uno de los delfines, la torre vigía divisó el barco y no tardó en hacer sonar las campanas, cuyo sonido se propagó por toda la bahía, rebotando en las rocosas paredes de los acantilados y avisando a los habitantes de su llegada.
El puerto poco a poco se fue llenando de gente de todas las edades, que recibieron a los piratas con fuertes aplausos y multitud de aclamaciones. A medida que el barco se acercaba, las aclamaciones se podían escuchar con mayor claridad y Alfredo mandó hacer sonar todos los cañones del barco, que produjeron un sonido ensordecedor.
A los diez minutos, el espléndido buque atracaba en el muelle y enseguida el ancla fue echada a la mar. Alfredo dio las órdenes pertinentes para buscar alojamiento a los esclavos rescatados en Veguinia y junto a Alejandro, Santiago, los gemelos y Mercurio se dirigió hacia el castillo de su hermana, llevando consigo a Procopio, quien fue increpado por la masa de gente.
El pequeño contingente cruzó el pueblo y emprendió la marcha por el camino que unía los principales puntos de la isla. Uno de estos puntos era la ciclópea fortaleza en la que se alojaban los piratas, cuando no estaban en la mar, para defender la isla por si algún barco lograba atravesar la niebla, cosa que nunca ocurría.
La fortaleza era un recinto cuadrangular, que contaba con dos altas torres, que se elevaban por encima del resto de los edificios de la ciudad, en la zona sur. La única entrada era una puerta doble, protegida por fuertes y gruesos barrotes de hierro, a los que se llegaba tras subir cuatro peldaños. Las ventanas no eran sino pequeñas saeteras desperdigadas por sus cuatro lados, a excepción del enorme ventanal del despacho de Alfredo, que daba a un pequeño balcón.
 Desde la fortaleza, que se encontraba en la plaza, partían una serie de caminos que llevaban al resto de lugares de la isla. El de la izquierda, que fue el que tomaron, llevaba al castillo, cruzando el río a través de un pequeño puente de piedras verdes y atravesando el bosque de avellanos, castaños y robles, que servían de refugio a multitud de animales y pájaros, que con sus sonidos y cantos los acompañaron durante el trayecto.
Tras atravesar el bosque, el camino llegaba a una encrucijada, si se tomaba el camino de la izquierda, que fue lo que hicieron, se llegaba al castillo, y si se tomaba el de la derecha se llegaba a una pequeña iglesia.
El camino se elevaba junto al acantilado, adquiriendo cada vez más pendiente y dificultando el ascenso, sobre todo para Procopio, que acabó siendo arrastrado por Roberto y Ricardo, que lo llevaban agarrado pos las muñecas mediante cadenas. Detrás de los gemelos iban Alejandro y Santiago vigilando que Procopio no se escapara, cosa improbable por no decir imposible, y delante Alfredo con Furioso a la derecha y Mercurio a la izquierda.
El castillo, a medida que se acercaban, iba aumentando de tamaño y belleza. Tenía forma rectangular y contaba con varias partes que iban disminuyendo de tamaño pero aumentaban en altura y sus materiales cambiaban.
El castillo a medida que se acercaban  a el iba aumentando en poderío y belleza. Estaba construido con enormes bloques de ojo de tigre y de carneola, que brillaban con intensidad debido a su fino pulido, mientras que sus torres circulares de ojo de gato y de buey lanzaban hermosos destellos. Las torres acababan en un cono recubierto con tejas doradas como el sol.
Esta, que era la parte exterior del castillo, contaba en su fachada principal con una impresionante balconada, que se sujetaba por medio de columnas de aguamarina, que brillaban como un mar en calma, apoyadas sobre una escalinata de azabache, con barrotes de oro entre los que había vistosas flores. Entre las columnas se encontraba la doble puerta de ámbar, que era protegido por ocho hombres armados.
-¡Bienvenido a casa señor!- Rugieron los hombres cuando vieron llegar a Alfredo- Su hermana le está esperando en el salón del trono- Añadió el que parecía el jefe, que tenía un casco al estilo romano con una cresta de pelo de caballo azul.
-Gracias- Contestó mientras dos de los hombres le abrían la puerta del suntuoso castillo.
La sala en la que se encontraron era una enorme estancia construida completamente con azabaches, menos las dos barandillas de las escaleras ubicadas a ambos extremos de una puerta de cristal negro. A ambos lados había dos puertas que llevaban a diferentes estancias del castillo. Las escaleras llevaban a un primer piso, que se observaba a través de una galería abierta a la entrada, y del techo colgaba una lámpara con forma de dragón.
El pelotón cruzó la puerta central y se internó en un enorme corredor que llevaba las entrañas del castillo. El suelo, compuesto por infinidad de materiales de todos los colores, estaba cubierto por una alfombra roja. Las paredes estaban divididas mediante columnas adosadas, que formaban una bóveda decorada con frescos de las hazañas del “Dragón Dorado”.
Los materiales de las paredes iban cambiando a medida que se acercaban al corazón del castillo, hasta que llegaron a la torre central, hecha por completo con diamantes, y cruzaron la puerta circular de diamante transparente, que llevaba al salón del trono, corazón del castillo.
El suelo era de diamantes azules, menos en el centro, donde había una doble hilera de diamantes rojos, que llevaban hasta la escalinata de diamantes verdes, en la que estaban los tronos amarillos de la reina, el rey y sus hijos. Las columnas, de diamante rosa, tenían una base constituida por cuatro dragones morados y un capitel con forma de barco violeta, que soportaban los arcos marrones.
Solo estaba ocupado el trono de la reina, Antígona, hermana de Alfredo. Era una mujer de unos treinta años, alta como un gigante y con más musculatura que la mayoría de los hombres. Su pelo era rojo en la raíz, naranja en el centro y amarillo en las puntas y lo llevaba atado en la nuca por medio de una coleta, que le colgaba por toda la espalda. Sus ojos, que eran azul marino en la pupila y violetas en el iris, lanzaban destellos relampagueantes, que podían paralizar al más fuerte de los hombres y a la más peligrosa de las fieras. Sus rasgos eran duros y temibles y dos gigantescas cicatrices, producto de sendos latigazos, surcaban su rostro formando una X, cuyo centro se encontraba en la nariz.
En dos pequeñas mesas, colocadas a los pies de la escalinata del trono, se encontraban los ocho consejeros de la reina. Todos ellos antiguos piratas a las órdenes de su abuelo, asesinado durante el asedio a Amor, y poseedores de una gran sabiduría, obtenida en sus muchos años a bordo del “Dragón Dorado” y de haber librado incontables y sangrientas batallas.
-Me alegro de volver a verte hermana- Dijo parándose delante de ella.
-A mi también Alfredo- Contestó Antígona sin mirarle. Desde que habían entrado en la sala su fría mirada se había centrado como un águila sobre Procopio, a quien no quitaba su furiosa mirada de encima- ¿Es él?
-Sí. Así es- Respondió mirando a un maltrecho Procopio, destrozado por llevar una semana soportando tortura tras tortura y humillación tras humillación, atado en la cámara de proa del barco- Te traigo la vida del que acabó con la de nuestro hermano.
Antígona se levantó del trono cuan larga era y bajó las escaleras, haciendo resonar sus negras botas por todo el salón. Toda la ropa que llevaba era de cuero negro, en la cintura tenía una vaina, de de la que sobresalía la empuñadura negra con forma de dragón de su espada, y sobre la cabeza lucía una corona de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
A paso lento y con andares felinos se fue acercando a Procopio, que fue levantado de un fuerte tirón por los gemelos. Cuando estuvo a su altura, mirándole directamente a los ojos, lanzó su mano derecha hacia delante y agarró la entrepierna de Procopio como si fuera una tenaza, apretando y retorciendo, hasta que se le marcaron las azules y oscuras venas de su brazo.
El horrible chillido de Procopio se propagó por todo el salón e hizo temblar a todos los hombres de la sala, a excepción de los ocho consejeros, acostumbrados a oir semejantes gritos.
-Mañana a estas horas me vas a pedir volver al “Dragón Dorado” para que sean ellos los que te torturen- Le dijo lanzando llamas por los ojos y mirándole directamente a sus ojos llorosos.
Cuando lo soltó, Procopio se cayó hacia delante, completamente inconsciente debido al intenso dolor que había tenido que padecer, y tuvo que ser sujetado por los dos gemelos.
-¡Lleváoslo a la última celda!- Les ordenó con una potente y furibunda voz, que había que estar loco para desobedecer. Cuando se llevaron a Procopio recuperó la calma y se volvió a Alfredo- ¿Dónde está el cuerpo de Perseo? Quiero preparar su entierro cuanto antes.
-No lo tengo- Respondió con rencor y tristeza- No estaba en Veguinia.
-Entonces ¿Dónde está?- Preguntó Antígona rechinando los dientes y más furiosa que antes.
-Procopio se lo dio hace cinco meses al Duque de Cristal y ahora puede estar en otro sitio- Respondió mientras su hermana enrojecía de ira y lanzaba un potente rugido, que no auguraba nada bueno para su nuevo preso- He venido a dejarte unos esclavos rescatados y me iré. Amapola y mis hijos están secuestrados en manos de Adelardo y su familia. Tengo que ir a rescatarlos.
-Ve. No te lo voy a impedir- Dijo su hermana comprensivamente- Además el Castillo de Cristal no queda lejos de la familia Valle.
-Lo sé y tengo intención de hacerles una pequeña visita de cortesía a sus habitantes- Contestó con una sonrisa endiablada a la que se unió su hermana- ¡Adiós hermana!
-¡Adiós hermano! Procura regresar con el cuerpo de Perseo.
-No tengo intención de volver sin él.
Tras la despedida se dio la vuelta y regresó por donde había venido con la mente puesta en rescatar a su familia y el cuerpo de su hermano y reducir a cenizas las ciudades en las que se refugiaban los que habían contribuido a su separación.