La enorme taberna de Nordap bullía de actividad, como siempre pasaba a media tarde. La docena de mesas largas y cuadradas estaban llenas de enormes jarras de cerveza, que los hombres se apuraban en vaciar, mientras jugaban sus partidas de dardos o de cartas, acompañados por las damiselas pagadas. En una esquina varios jóvenes apostaban en partidas de dardos y futbolín, sin parar de observar de reojo a las tentadoras mujeres, que se pasaban entre las mesas. De la puerta de la pared de la derecha salín estridentes gritos, que se mezclaban con el jolgorio de la sala principal, provenientes de las peleas de perros y gallos que se celebraban.
Amapola se encontraba sirviendo en la barra, donde un grupo de jóvenes de su edad discutían sobre diferentes temas, mientras pensaba en como había acabado aquí.
Tras tres días de odisea dentro del carromato, alimentándose con lo poco que podía robar, cada vez que paraban, y padeciendo frío, llegaron a la primera ciudad en la que se pondría el mercado. Para su desgracia no era la ciudad que ella había esperado. En lugar de encontrarse en Auzra, situada al este de las tierras de los Valle, se encontraban en Nordap, situada al sur.
Solos, sin dinero y hambrientos no la había quedado más remedio que buscar un trabajo para conseguir dinero, ya que el dinero y las joyas, que se había llevado del castillo, los había perdido durante la travesía. Únicamente había podido encontrar trabajo en la taberna-burdel más famosa y transitada de la ciudad, como camarera de la barra, lo que le daba derecho a disponer de una habitación para ella y sus hijos en el piso superior.
-¿Sabéis lo que me ha dicho mi hermano?- Preguntó uno de los chicos mientras ella limpiaba los vasos.
-No ¿Qué?- Preguntaron los otros.
-Que Adelardo del Valle se dirige en estos mismos momentos hacia aquí- Respondió el primero de los chicos- Al parecer su prometida se ha fugado y sospecha que ha llegado hasta aquí escondida en uno de los carros del mercado de hace unos días.
-¿Adelardo del Valle aquí? ¡No me lo puedo creer!- Exclamó uno de los chicos.
A partir de aquí Amapola dejó de escuchar. Las manos la temblaban y un sudor frío la empezaba a bañar la piel. Si Adelardo la veía estaban perdidos y seguro que en esta ocasión los encerraban en una oscura celda. Tenían que marcharse de allí y cuanto antes mejor, pero no podrían hacerlo hasta la noche, cosa que les favorecería, después de haber cobrado el dinero del día.
-¡Alop! ¿Estás ahí?- Preguntó el primero de los chicos.
-¿Qué?- Preguntó distraída.
-Te hemos pedido varias veces que nos llenes los vasos- Contestó el chico señalando su vaso vacío.
-Lo siento. Ahora mismo os sirvo Gigante- Contestó cogiendo los vasos.
Lo que quedaba de tarde pasó sin suceder nada especial, solo lo de siempre: peleas, algún borracho al que había que echar, malos tratos a las chicas,… Lo único especial fue que empezó a caer una fuerte tormenta, típica de esa época del año y que se podía extender kilómetros y kilómetros, lo que complicaría, y bastante, su huída.
Quedaban dos horas para que el sol se escondiera, cuando finalizó el turno de Amapola y pudo ir a su habitación para preparar su partida. Sus hijos la esperaban jugando con sus espadas de madera, hermosamente decoradas.
-¿Cómo estás mami?- Preguntó Rodrigo, distrayéndose durante un instante y dejando el costado libre ante los golpes de su hermana- ¡Hau! ¡Eso no vale! ¡Eres una tramposa!
-¡Y tú no sabes perder!- Contestó Sol, sacándole la lengua con una traviesa sonrisa.
-Niños. Prestadme atención que tengo que deciros algo importante- Cuando sus hijos la prestaron atención ella les explicó sus intenciones.
-Ya era hora- Dijo Sol- A mi no me gusta este sitio.
-A mi tampoco. La mayoría de la gente que viene da miedo- Añadió Rodrigo- ¿A dónde vamos?
-A intentar encontrar a tu padre- Contestó- Espero hacerlo pronto.
No tardó casi nada en hacer los tres equipajes, guardarlos en mochilas y salir, sin que nadie se diera cuenta, por la puerta trasera de las cocinas. En el patio exterior la lluvia caía sin cesar, formando pozas y regatos, que parecían ríos, y repiqueteando sobre los tejados. Enormes cascadas caían desde los agujeros de los canalones y los relinchos de los caballos en las cuadras eran eclipsados por el rugir de los truenos. Extrañas sombras aparecían cada vez que algún relámpago rasgaba el cielo y las nubes formaban una masa oscura y espesa que no dejaba pasar la luz.
Pronto los tres se encontraron empapados y las ropas mojadas se pegaban a sus cuerpos dificultándoles la caminata por las calles. Estas, que horas antes se encontraban llenas de gente, estaban desiertas y solo los gatos y perros callejeros se atrevían a vagar por ellas, obligados por sus hambrientos estómagos. Tampoco se oían ruidos de ningún tipo, lo que propiciaba que los truenos se difundieran por todos los callejones, y las luces estaban completamente apagadas, sumiendo la ciudad en una completa oscuridad.
A los pocos minutos consiguieron salir por un hueco que encontraron en la muralla de la ciudad y, siguiendo el “Camino Imperial”, se internaron en el “Bosque Blanco”.
Los bonces se elevaban como gigantes hacia el firmamento juntando sus gruesas ramas, que formaban una hermosa cúpula protectora que cubría el bosque. Sus frutos, parecidos a las avellanas pero con un sabor más dulce, crecían hacia abajo apilándose en racimos como las uvas y eran recogidos por los ardilagos, curiosos animales con aspecto de ardilla, pero con dos colas y alas de murciélago, que solo salen al anochecer y se van a su guaridas de los árboles al amanecer. Entre las altas hierbas, que servían para que las escorñas, pequeños insectos con forma de araña y cola de escorpión, hicieran sus telas, crecían enormes matas de frambuesas, fresas y flerios y por las raíces había conjuntos de exóticas setas.
La lluvia caía sin cesar y, aunque protegidos por la cúpula de las copas, notaban las gotas cayendo sobre sus pieles frías como el hielo. Amapola sabía que pronto la congelación llegaría a sus músculos, por lo que se puso a buscar un lugar donde construir un refugio, hacer fuego y pasar la noche.
Tras unos infructuosos minutos de búsqueda, Amapola encontró un pequeño claro a un lado del camino idóneo para descansar. Construyó un refugio pequeño con ramas y hojas, que encontró por los alrededores, y, después de varios intentos, consiguió hacer fuego con dos piedras. Seguidamente, haciendo una cuerda con varias lianas, preparó una trampa al lado de un árbol cercano, en el que se podían ver huellas de conejo.
Luego, mientras esperaba a que cayera algún conejo incauto, tendió sus ropas mojadas a un lado del refugio y se taparon con mantas, mientras se calentaban con las llamas de la hoguera.
Ya entrada la noche, cuando la luna se elevaba, la tormenta, que ya llevaba varias horas descargando su ejército contra la tierra y desgarrando el cielo con increíbles relámpagos, cesó de repente y el cielo se empezó a despejar, por lo que muy pronto el bosque se llenó de ruidos.
Amapola aprovechó para acercarse a la trampa y descubrir a un conejo atrapado, que pronto estuvo haciéndose al fuego atado a un palo, que lo atravesaba de parte a parte. Tuvieron que esperar media hora a que el conejo estuviera listo y pudieran comérselo habidamente, acompañándolo de unos cuantos boncenos, que llenaron sus estómagos vacíos.
Después llegó la hora de que sus hijos durmieran mientras ella hacía guardia. La noche era fresca, algo normal después de una tormenta tan intensa, y los sonidos de los animales mantuvieron a Amapola con los sentidos alerta. Lo que más temía era la aparición de los lobos y los lebos, mezcla de lobo y león, que solían atacar en manadas de una docena de individuos feroces y astutos.
Pronto pudo escuchar a los topillos y ratoncillos correteando por la tierra en busca de semillas para llenar sus madrigueras. Por las ramas de los árboles vagaban las ardillas, mapaches y ardilagos. También se divisaba algún que otro milano, murciélago y se podía escuchar a un búho. Aparte se oían otros sonidos provocados por animales desconocidos para ella.
Llevaba dos horas de aburrida y pesada vigilancia, cuando escuchó el ruido de ramas que se rompían. Al instante se levantó como un resorte y se puso a escudriñar las sombras en busca de la fuente del ruido, pero no vió nada y se volvió a sentar.
Nada más hacerlo, un hombre apareció por detrás y la inmovilizó. No podía verle la cara porque iba completamente tapado por una capucha oscura y un temor profundo la invadió, pero la dio fuerzas para enfrentarse a su atacante. Así, revolviéndose como una tigresa, consiguió zafarse de sus brazos y, dándose la vuelta, le lanzó una certera patada en el estómago, dejándolo sin respiración.
El hombre se dobló, completamente ahogado, y empezó a buscar un lugar donde poder descansar y recuperar la respiración. Amapola aprovechó esos instantes para sacar la daga que tenía oculta y se fue acercando al enemigo por la espalda. Estaba a punto de clavarle la daga en el cuello, el otro estaba apoyado en una roca, intentando restablecerse, sin darse cuenta del peligro, cuando una mano la agarró la muñeca evitándolo.
Ella, sin perder la calma, se giró al instante con fuerza, librándose de la mano opresora y describiendo una curva con la daga, que iba directa a por su nuevo enemigo. Por desgracia este tenía buenos reflejos y se agachó a tiempo de que la daga no le destrozara el cuello, sin embargo no se libró de un rodillazo que Amapola le dio, destrozándole la nariz, cuando se agachó.
El hombre se cayó hacia atrás de culo, con la nariz chorreándole sangre, y la capucha se le fue hacia atrás, desvelando su rostro. Se trataba de un joven de su misma edad con el pelo rubio y largo y unos hermosos ojos azul claro, nariz respingona, labios sonrosados y un cuello pequeño. Las orejas, que eran picudas, la indicaron que se trataba de un elfo, subespecie del hombre, creado por cambios genéticos hacia ya muchos siglos en la antigua era, que es más pequeña que el hombre pero más veloz, ágil y hábil.
-¿Dónde están mis hijos elfito?- Preguntó echando chispas por los ojos. No la hacía falta mirar hacia el refugio para saber que sus hijos ya no estarían allí. El elfo por toda respuesta la miró de arriba abajo y sonrió, irritándola aún más- Te he preguntado que dónde están mis hijos.
-¡Mata a esa zorra de una vez!- Gritó el primer hombre, que todavía no se había recuperado- ¿Tanto te cuesta derrotar a una chica Elaphus?
-¡Cierra el pico!-Le espetó el otro- No todos los días puede uno enfrentarse a tan valiente marquesita- Añadió con sorna.
-Asi que Elaphus ¿Eh? Que nombre tan valeroso para tan gallardo guerrero- Contestó ella.
-Además de valiente y fuerte con lengua afilada- Dijo Elaphus mientras se levantaba. Al verle de pie Amapola no tardó ni un segundo en sacar su otra daga- ¡Claro! ¡Cómo no! Tenías que tener más armas- Añadió quitándose el cinturón en el que guardaba la vaina con su espada.
-¿Qué haces?- Preguntó su compañero.
-Hacer un combate justo- Respondió Elaphus sacando sus dagas- Quiero disfrutar de un baile con la dragona más bella de estos contornos- Ante este comentario Amapola ni se inmutó- ¿No te sorprende que sepa quién eres?
-¿Qué otra razón os impulsaría a atacar a una mujer con sus hijos perdidos en el bosque, sino la recompensa que seguramente os habrá prometido Adelardo del Valle?
-Tienes razón en que Adelardo ha puesto precio a vuestra captura. Pero no lo hacemos por él- Contestó Elaphus- Hay otra gente interesada en ti y que nos envía para llevarte con ellos pacíficamente, aunque si quieres luchar… Yo siempre estoy dispuesto a un buen combate- Por toda respuesta Amapola se puso en posición de combate- Aunque antes deberías pensar en tus hijos, que ahora están custodiados por varios de mis hombres, quienes, si me pasa algo, no sé lo que les harían.
Amapola se le quedó mirando. Tenía razón. No podía atacar sin pensar. Sus hijos estaban atrapados por esos hombres y corrían un grave peligro. Además, el tipo quería llevarla pacíficamente. Así que ¿Por qué derramar sangre innecesaria? Ya se escaparía en una ocasión propicia. Tras pensar esto se guardó las dagas.
-¡Bien! ¡Veo que además eres lista!- Contestó Elaphus guardándose las dagas y poniéndose el cinturón- Ese de ahí que todavía no se ha recuperado de tu golpe es Ursus. Y ahora vamos con tus hijos- Añadió poniendo la palma hacia arriba para llevarla agarrada de la mano.
Ella se quedó mirando la mano extendida e ignorándola empezó a caminar hacia delante, arrancándole una sonrisa a Elaphus, que enseguida se colocó a su lado marcando el camino.
No tardaron en cruzar unos arbustos y llegar a un pequeño claro, en el que Elaphus y sus compañeros habían levantado un campamento. Las tiendas, construidas con ramas y hojas, se encontraban en círculo rodeando una hoguera. Delante de cada tienda había un grueso tronco, a corta distancia de la hoguera, donde se encontraban los hombres de Elaphus, custodiando a los hijos de Amapola, que estaban atados a uno de los troncos.
-¿Qué os ha pasado?- Preguntó Elaphus a dos hombres que se curaban heridas de arma blanca.
-¡Eso!- Exclamó uno de los hombres señalando a Rodrigo y a Sol- Esos hijos del demonio nos han atacado con puñales que llevaba escondidos.
-¡¿Y qué pensabais?!- Exclamó Elaphus mirando a sus hombres-¿Qué se dejarían coger fácilmente? ¡Por el amor de Fauna! Es la familia del “Dragón Dorado”. No son inofensivos y tienen fuego en las venas. Ahora ¡Soltadlos! Esta encantadora y delicada señorita- Dijo señalando a Amapola y sonriendo ante la mirada fulminante que esta le lanzó- ha accedido a acompañarnos pacíficamente.
Los hombres soltaron a los pequeños, que enseguida se refugiaron en los brazos de su madre.
-¿A dónde nos lleváis?- Preguntó mirando a Elaphus por encima de las cabezas de sus hijos.
-Al templo de Fauna, querida- Respondió Elaphus.
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