Grumetes.

CatBlackianos

viernes, 11 de octubre de 2013

CAPÍTULO III Drakon y su reina

Tras una semana de travesía sin ningún incidente, cosa extraña en sus viajes, el Dragón Dorado avistaba la niebla espesa que rodeaba la isla Drakon, cuya cima, el volcán Mercurio, se elevaba dos mil metros por encima de la espumosa superficie del océano Azul, que se extendía desde las costas de Acirema hasta las de Aporue y bañaba por el sur las de Acirfa.
Esta espesa niebla, que impedía ver a más de cinco metros de distancia, era la responsable de que la isla Drakon siguiera siendo nada más que una leyenda, ya que cubría una enorme multitud de gigantescas rocas puntiagudas entre las que se formaban fuertes corrientes de agua y terribles remolinos, que llevaban a cualquier barco que se atreviera a cruzar la niebla hasta las oscuras profundidades del mar.
Los únicos que conocían a la perfección la ubicación de las rocas, de las corrientes y de los remolinos eran los bravos piratas del Dragón Dorado, que sin temor se adentraban en la niebla. El barco, manejado hábilmente por Atlantes, utilizaba las corrientes y el empuje de los remolinos para cruzar entre las rocas, que se elevaban por sus dos costados, y esquivar los restos de los barcos estrellados, que llenaban el mar de madera, restos de vela, cabos, palos y cajas vaciadas por los habitantes de Drakon, contra las rocas.
Sentado a horcajadas sobre el bauprés, cuyas velas, al igual que las del resto del barco, se habían replegado al entrar en la niebla, se encontraba Mercurio, un joven musculoso e intrépido de quince años con el pelo castaño, ojos verde vivos y unos rasgos fuertes, que solo llevaba unos calzoncillos dorados, bastante ajustados, y lucía en la espalda el tatuaje de un dragón.
Este muchacho, que tenía una vista prodigiosa, era el primero en divisar las rocas y el encargado de avisar a Atlantes previniéndole de la roca que era, ya que sabía diferenciarlas, para que el magnífico timonel virara hacia el lado en el que se encontraba la corriente marina o bien para coger el impulso de algún remolino, que lanzaban al barco hacia delante como un tirachinas.
-Ten cuidado- Le dijo Alfredo, apoyado en la quilla del barco con Furioso a su lado, a Mercurio.
-No te preocupes tío Alfri- Contestó Mercurio con voz cansada, ya que Alfredo llevaba diciéndole lo mismo desde hacia un buen rato.
-Alfredo no te preocupes y deja tranquilo al chico- Le dijo Alejandro sentado en una pequeña mesa con Santiago enfrente, mientras jugaban una partida de dados.
-¡Claro! Y que le pase algo ¿Te imaginas lo que me haría mi hermana entonces?- Preguntó Alfredo provocándoles escalofríos a sus dos compañeros.
-Mejor no pensarlo- Respondió Santiago- Si hay alguien peor que tú es Antígona.
-Le has oído ¿No?- Le dijo a Mercurio.
-Si, Alfri- Respondió el chico con voz cansina.
-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así? Debes de tratar…
-¡La roca de Drogo!- Gritó de repente Mercurio con todas sus fuerzas, cortando a Alfredo.
Al instante Atlantes, desde la otra punta del barco, viró a estribor y el barco dio un bandazo, señal de que había entrado en una corriente, impulsándose hacia delante. Unos segundos después el barco pasaba al lado de una gigantesca roca con la forma de un Dragón iniciando el vuelo.
-Como te estaba diciendo- Dijo para llamar la atención de su sobrino- Debes de tratarme con respeto. Puede que sea tu tío pero también soy tu capitán y no deberías de olvidarlo.
-Como digas capi Alfri- Contestó Mercurio con una sonrisa traviesa.
-Esa sonrisa debe de ser herencia de familia- Dijo Santiago riéndose junto a Alejandro hasta que Alfredo se volvió hacia ellos con cara de pocos amigos- Buena jugada Alex.
-Gracias- Contestó Alejandro, mientras tiraba los dos dados que quedaban haciendo un repoquer, que hizo que en su rostro apareciera una radiante sonrisa- Esto es lo mío.
-Para mi desgracia- Dijo Santiago asumiendo que tenía la partida perdida.
-¿Vas a bajar?- Le preguntó a Mercurio.
-No.
-¿Te vas a vestir?
-No.
-¿Algunas vez harás algo de lo que te digo?
-No.
-Eres insufrible- Dijo Alfredo haciendo un gesto de cansancio con las mano.
-Me vendrá de familia ¡Darcy!
Tras el potente grito el barco viró a babor, cogiendo el impulso de un remolino y pasando, al cabo de pocos segundos, al lado de una roca con la forma de un dragón acostado.
-Dentro de poco llegaremos a Drakon- Dijo Mercurio bajándose del bauprés.
-Vistete antes de ir a ver a tu madre- Le dijo cuando pasó por su lado.
-Vale. Lo que tu digas- Contestó Mercurio sin hacerle mucho caso.
-Ese chico va a acabar con vosotros- Le dijo Santiago, quien acababa de perder la partida.
-Tampoco es tan malo- Contestó Alejandro.
-No me digas que ahora te gusta mi sobrino. Tiene la edad que tanto te gusta- Le dijo mordazmente.
Alejandro abrió la boca para contestar algo, pero se lo pensó mejor y en su lugar se levantó y bajó a cubierta. Tras unos segundos Santiago lo siguió, dejando a solas a Alfredo.
El barco surcaba las aguas, balanceándose con las olas, mientras atravesaba la espesa niebla, que lo envolvía por completo y tapaba la parte superior de los palos, las cofas y las velas más altas.
Tal y como había dicho Mercurio, en pocos segundos la niebla empezó a desaparecer y el sol volvió a iluminar el barco, permitiendo a Alfredo ver la bahía de los delfines en el extremo sur de la isla.
La bahía se encontraba entre dos altos acantilados, en uno de los cuales, en el de la derecha, estaba la enorme torre vigía, que también servía de faro, mientras que en el acantilado de la izquierda se encontraba el castillo de la reina de la isla.
Pegado al acantilado de la derecha se encontraba el puerto, que estaba lleno de las pequeñas barcas de los pescadores, atadas mediante cabos a una superficie de madera que se adentraba en el mar. Seguidamente, una ancha playa de arena fina se extendía desde el puerto hasta la desembocadura de un río, que formaba un pequeño delta rico en marisco y aves acuáticas. Al otro lado del río había un espeso y frondoso bosque, que se extendía por toda la isla y llegaba hasta el otro acantilado, en cuyos orificios y resquicios las gaviotas y cormoranes hacían sus nidos.
Tras la playa se encontraba la aldea de los piratas, en la que residían junto a sus familias y habitantes de la isla. La primera línea de casa, que se encontraba a diez pasos de la playa, estaba compuesta por las casas de dos pisos de madera con tejados de paja de los pescadores y marisqueros. Seguidamente estaban las casas, también de dos pisos, pero de piedra gris con tejados de madera, del resto de habitantes de la isla y, al final del pueblo, estaban las granjas y los extensos campos de cultivo, que se extendían hasta la falda del volcán.
El enorme volcán, que se encontraba hacia el sur de la isla, se elevaba hacia arriba intentando tocar el firmamento. Esta monstruosa fuerza de la naturaleza, que se encontraba inactiva, estaba invadida por el gigantesco bosque que poblaba la isla y su abrumadora boca, que antaño escupía rocas llameantes y ríos de lava ardientes, ahora no era más que un profundo lago, cuyas aguas descendían por los túneles y canales, excavados en otro tiempo por los impetuosos ríos de lava, y fluían por toda la isla hasta desembocar en el río o confluir en las tierras pantanosas del norte, desde donde se precipitaban con un enorme estruendo al mar, tapando el bramido del oleaje, y formaban una imponente cascada, que tapaba la entrada de una oscura y tenebrosa cueva, que finalizaba en un lago y en la que guardaban todos sus tesoros.
Nada más encontrarse fuera de la niebla, el barco fue rodeado por los delfines que vivían en aquellas aguas y que saltaban por encima de las olas, aprovechando las estelas del barco.
Mientras Furioso, meneando la cola con alegría, intentaba coger uno de los delfines, la torre vigía divisó el barco y no tardó en hacer sonar las campanas, cuyo sonido se propagó por toda la bahía, rebotando en las rocosas paredes de los acantilados y avisando a los habitantes de su llegada.
El puerto poco a poco se fue llenando de gente de todas las edades, que recibieron a los piratas con fuertes aplausos y multitud de aclamaciones. A medida que el barco se acercaba, las aclamaciones se podían escuchar con mayor claridad y Alfredo mandó hacer sonar todos los cañones del barco, que produjeron un sonido ensordecedor.
A los diez minutos, el espléndido buque atracaba en el muelle y enseguida el ancla fue echada a la mar. Alfredo dio las órdenes pertinentes para buscar alojamiento a los esclavos rescatados en Veguinia y junto a Alejandro, Santiago, los gemelos y Mercurio se dirigió hacia el castillo de su hermana, llevando consigo a Procopio, quien fue increpado por la masa de gente.
El pequeño contingente cruzó el pueblo y emprendió la marcha por el camino que unía los principales puntos de la isla. Uno de estos puntos era la ciclópea fortaleza en la que se alojaban los piratas, cuando no estaban en la mar, para defender la isla por si algún barco lograba atravesar la niebla, cosa que nunca ocurría.
La fortaleza era un recinto cuadrangular, que contaba con dos altas torres, que se elevaban por encima del resto de los edificios de la ciudad, en la zona sur. La única entrada era una puerta doble, protegida por fuertes y gruesos barrotes de hierro, a los que se llegaba tras subir cuatro peldaños. Las ventanas no eran sino pequeñas saeteras desperdigadas por sus cuatro lados, a excepción del enorme ventanal del despacho de Alfredo, que daba a un pequeño balcón.
 Desde la fortaleza, que se encontraba en la plaza, partían una serie de caminos que llevaban al resto de lugares de la isla. El de la izquierda, que fue el que tomaron, llevaba al castillo, cruzando el río a través de un pequeño puente de piedras verdes y atravesando el bosque de avellanos, castaños y robles, que servían de refugio a multitud de animales y pájaros, que con sus sonidos y cantos los acompañaron durante el trayecto.
Tras atravesar el bosque, el camino llegaba a una encrucijada, si se tomaba el camino de la izquierda, que fue lo que hicieron, se llegaba al castillo, y si se tomaba el de la derecha se llegaba a una pequeña iglesia.
El camino se elevaba junto al acantilado, adquiriendo cada vez más pendiente y dificultando el ascenso, sobre todo para Procopio, que acabó siendo arrastrado por Roberto y Ricardo, que lo llevaban agarrado pos las muñecas mediante cadenas. Detrás de los gemelos iban Alejandro y Santiago vigilando que Procopio no se escapara, cosa improbable por no decir imposible, y delante Alfredo con Furioso a la derecha y Mercurio a la izquierda.
El castillo, a medida que se acercaban, iba aumentando de tamaño y belleza. Tenía forma rectangular y contaba con varias partes que iban disminuyendo de tamaño pero aumentaban en altura y sus materiales cambiaban.
El castillo a medida que se acercaban  a el iba aumentando en poderío y belleza. Estaba construido con enormes bloques de ojo de tigre y de carneola, que brillaban con intensidad debido a su fino pulido, mientras que sus torres circulares de ojo de gato y de buey lanzaban hermosos destellos. Las torres acababan en un cono recubierto con tejas doradas como el sol.
Esta, que era la parte exterior del castillo, contaba en su fachada principal con una impresionante balconada, que se sujetaba por medio de columnas de aguamarina, que brillaban como un mar en calma, apoyadas sobre una escalinata de azabache, con barrotes de oro entre los que había vistosas flores. Entre las columnas se encontraba la doble puerta de ámbar, que era protegido por ocho hombres armados.
-¡Bienvenido a casa señor!- Rugieron los hombres cuando vieron llegar a Alfredo- Su hermana le está esperando en el salón del trono- Añadió el que parecía el jefe, que tenía un casco al estilo romano con una cresta de pelo de caballo azul.
-Gracias- Contestó mientras dos de los hombres le abrían la puerta del suntuoso castillo.
La sala en la que se encontraron era una enorme estancia construida completamente con azabaches, menos las dos barandillas de las escaleras ubicadas a ambos extremos de una puerta de cristal negro. A ambos lados había dos puertas que llevaban a diferentes estancias del castillo. Las escaleras llevaban a un primer piso, que se observaba a través de una galería abierta a la entrada, y del techo colgaba una lámpara con forma de dragón.
El pelotón cruzó la puerta central y se internó en un enorme corredor que llevaba las entrañas del castillo. El suelo, compuesto por infinidad de materiales de todos los colores, estaba cubierto por una alfombra roja. Las paredes estaban divididas mediante columnas adosadas, que formaban una bóveda decorada con frescos de las hazañas del “Dragón Dorado”.
Los materiales de las paredes iban cambiando a medida que se acercaban al corazón del castillo, hasta que llegaron a la torre central, hecha por completo con diamantes, y cruzaron la puerta circular de diamante transparente, que llevaba al salón del trono, corazón del castillo.
El suelo era de diamantes azules, menos en el centro, donde había una doble hilera de diamantes rojos, que llevaban hasta la escalinata de diamantes verdes, en la que estaban los tronos amarillos de la reina, el rey y sus hijos. Las columnas, de diamante rosa, tenían una base constituida por cuatro dragones morados y un capitel con forma de barco violeta, que soportaban los arcos marrones.
Solo estaba ocupado el trono de la reina, Antígona, hermana de Alfredo. Era una mujer de unos treinta años, alta como un gigante y con más musculatura que la mayoría de los hombres. Su pelo era rojo en la raíz, naranja en el centro y amarillo en las puntas y lo llevaba atado en la nuca por medio de una coleta, que le colgaba por toda la espalda. Sus ojos, que eran azul marino en la pupila y violetas en el iris, lanzaban destellos relampagueantes, que podían paralizar al más fuerte de los hombres y a la más peligrosa de las fieras. Sus rasgos eran duros y temibles y dos gigantescas cicatrices, producto de sendos latigazos, surcaban su rostro formando una X, cuyo centro se encontraba en la nariz.
En dos pequeñas mesas, colocadas a los pies de la escalinata del trono, se encontraban los ocho consejeros de la reina. Todos ellos antiguos piratas a las órdenes de su abuelo, asesinado durante el asedio a Amor, y poseedores de una gran sabiduría, obtenida en sus muchos años a bordo del “Dragón Dorado” y de haber librado incontables y sangrientas batallas.
-Me alegro de volver a verte hermana- Dijo parándose delante de ella.
-A mi también Alfredo- Contestó Antígona sin mirarle. Desde que habían entrado en la sala su fría mirada se había centrado como un águila sobre Procopio, a quien no quitaba su furiosa mirada de encima- ¿Es él?
-Sí. Así es- Respondió mirando a un maltrecho Procopio, destrozado por llevar una semana soportando tortura tras tortura y humillación tras humillación, atado en la cámara de proa del barco- Te traigo la vida del que acabó con la de nuestro hermano.
Antígona se levantó del trono cuan larga era y bajó las escaleras, haciendo resonar sus negras botas por todo el salón. Toda la ropa que llevaba era de cuero negro, en la cintura tenía una vaina, de de la que sobresalía la empuñadura negra con forma de dragón de su espada, y sobre la cabeza lucía una corona de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
A paso lento y con andares felinos se fue acercando a Procopio, que fue levantado de un fuerte tirón por los gemelos. Cuando estuvo a su altura, mirándole directamente a los ojos, lanzó su mano derecha hacia delante y agarró la entrepierna de Procopio como si fuera una tenaza, apretando y retorciendo, hasta que se le marcaron las azules y oscuras venas de su brazo.
El horrible chillido de Procopio se propagó por todo el salón e hizo temblar a todos los hombres de la sala, a excepción de los ocho consejeros, acostumbrados a oir semejantes gritos.
-Mañana a estas horas me vas a pedir volver al “Dragón Dorado” para que sean ellos los que te torturen- Le dijo lanzando llamas por los ojos y mirándole directamente a sus ojos llorosos.
Cuando lo soltó, Procopio se cayó hacia delante, completamente inconsciente debido al intenso dolor que había tenido que padecer, y tuvo que ser sujetado por los dos gemelos.
-¡Lleváoslo a la última celda!- Les ordenó con una potente y furibunda voz, que había que estar loco para desobedecer. Cuando se llevaron a Procopio recuperó la calma y se volvió a Alfredo- ¿Dónde está el cuerpo de Perseo? Quiero preparar su entierro cuanto antes.
-No lo tengo- Respondió con rencor y tristeza- No estaba en Veguinia.
-Entonces ¿Dónde está?- Preguntó Antígona rechinando los dientes y más furiosa que antes.
-Procopio se lo dio hace cinco meses al Duque de Cristal y ahora puede estar en otro sitio- Respondió mientras su hermana enrojecía de ira y lanzaba un potente rugido, que no auguraba nada bueno para su nuevo preso- He venido a dejarte unos esclavos rescatados y me iré. Amapola y mis hijos están secuestrados en manos de Adelardo y su familia. Tengo que ir a rescatarlos.
-Ve. No te lo voy a impedir- Dijo su hermana comprensivamente- Además el Castillo de Cristal no queda lejos de la familia Valle.
-Lo sé y tengo intención de hacerles una pequeña visita de cortesía a sus habitantes- Contestó con una sonrisa endiablada a la que se unió su hermana- ¡Adiós hermana!
-¡Adiós hermano! Procura regresar con el cuerpo de Perseo.
-No tengo intención de volver sin él.
Tras la despedida se dio la vuelta y regresó por donde había venido con la mente puesta en rescatar a su familia y el cuerpo de su hermano y reducir a cenizas las ciudades en las que se refugiaban los que habían contribuido a su separación.

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