Grumetes.

CatBlackianos

lunes, 12 de agosto de 2013

CAPITULO I: Asalto a Veguinia

El refulgente rey de los cielos expandía sus dedos por encima de la superficie del espumoso mar, haciendo huir a su plateada mujer y a sus brillantes soldados, y los animales iniciaban sus actividades, cuando la ciudad de Veguinia se despertó con el ajetreo del gigantesco puerto.
            Los barcos pescantes, cargados hasta arriba de toneladas de peces, crustáceos, moluscos y todo tipo de seres marinos, descargaban las redes con los extraños animales traídos de tierras lejanas para venderlos en la lonja. De los mercantes partían tablas de madera por las que desfilaban contingentes de marineros cargados con los productos que se venderían en el mercado, mientras que de los esclavistas descendían interminables hileras de hombres, vestidos solo con un pequeño trapo atado a la cintura y atados los unos a los otros de pies y manos, que eran dirigidos por traficantes de aspecto terrible y aterrador, que saturaban el aire con sus gritos y órdenes.
            Las puertas de la lonja y de los mercados se abrían de par en par, permitiendo a los compradores invadir el espacio antes de que empezara el mercado, y, a la vez, los bares y locales de alterne y juego, que habían estado abiertos toda la noche, cerraban las puertas obligando a los emborrachados y risueños marineros a dirigirse a sus barcos, donde les esperaban sus intrépidos capitanes.
            A los ruidos del puerto se unían los gritos de las bandadas de gaviotas, que inundaban los cielos y se lanzaban como flechas a por los desechos que los bares lanzaban al mar, y las campanadas del gigantesco templo que se encontraba en la plaza central de la ciudad.
            De entre todos los barcos destacaba el gigantesco buque del capitán Romualdo. Un hermoso barco rojo de seis palos y cuatro hileras de cañones, que eran la envidia de todas las armadas circundantes, además de los cañones de los alcázares de popa y proa.
            Romualdo, hombre de mediana edad con el pelo castaño y ojos verde oliva, de complexión fuerte y porte regio, vestido con un informal pero elegante traje, del que colgaba una espléndida espada, que estaba guardada en la vaina negra de su cinturón, se encontraba dirigiendo la descarga de esclavos, de los que ninguno superaba los veinte ni bajaba de los trece, acompañado por su hijo de veinte años, Nolasco, que era como él salvo que tenía el pelo rubio, cuando un destello dorado en el horizonte llamó su atención.
            -Nolasco. Pásame el catalejo- Ordenó a su hijo con una voz atronadora.
            -Aquí tiene padre- Contestó el chico entregándoselo y mirándolo con odio mal disimulado, aunque él no se dio cuenta.
            Se llevó el catalejo a la cara, lo ajustó y se quedó mirando al punto brillante. Al instante se quedó paralizado y su piel empezó a palidecer, mientras gotas de frío sudor empezaban a resbalarle por el rostro.
            -¿Qué ocurre padre?- Preguntó Nolasco al notar la reacción de su padre.
            -Vamos a morir todos- Respondió Romualdo con voz apenas audible.
            -¿Qué?- Preguntó su hijo sin entenderle.
            -¡Qué vamos a morir todos!- Gritó a pleno pulmón llamando la atención de todo el puerto-¡El “Dragón Dorado” se acerca hacia nosotros!
            Durante algunos instantes la noticia dejó paralizada toda la actividad del puerto, pero pronto esto cambió a un estallido general de puro terror e histeria colectiva, que llenó el puerto de gente corriendo y gritando de un sitio a otro sin rumbo y se propagó, como un marabunta, al resto de la ciudad.
            -¡Nolasco!- Gritó Romualdo por encima del griterío.
            -¡Dime padre!-Contestó Nolasco en alguna parte entre la gente.
            -¡Vete al palacio y avisa a tu tío! ¡Qué prepare al ejército!
            -¡Ahora mismo!- Contestó el chico saliendo, a través de empujones, de entre la gente, para después correr con una velocidad vertiginosa hacia el castillo, mientras las campanas del templo repercutían sin cesar anunciando a la ciudad la destrucción que pronto caería sobre ellos.
            Este estallido de terror estaba más que justificado. El “Dragón Dorado” no era un barco cualquiera, sino que era uno de los barcos piratas más temidos de todo el sistema solar.
            El terrible navío contaba con cuatro baterías compuestas por los más aterradores cañones que existían, sin contar los cuatro de la toldilla, los diez del alcázar, los seis del castillo de proa, ni el escalofriante cañón camuflado en la boca del mascarón, que tenía forma de dragón. En total contaba con 107 cañones, que desde hacia siete años sembraban el caos en todas las ciudades marineras.
            Además contaba con cinco palos, cuyos palos, vergas y cofas estaban hechos con madera dorada de Auriux y cuyas velas, jarcias y obenques estaban fabricadas con tela y cuerdas de oro. El mascarón estaba compuesto por escamas de un dragón marino dorado y toda la estructura del barco estaba decorada con dibujos de este escalofriante animal, incluyendo los palos, en los que parecían enroscarse.
            Por último, en el palo mayor, ondeaba la inconfundible bandera plateada con la cabeza dorada de un dragón de los piratas de Drakon, uno de los pocos lugares del Sistema Solar que no aparecía en los mapas.
            El capitán no era menos terrible que su barco. Tenía el pelo de color rojo fuego y unos ojos azul marino rodeados por una corola violeta, que lanzaban destellos cuando se enfurecía. Sus manos, perdidas en un combate, eran de oro puro y refulgían como el sol. Su rostro era de facciones esbeltas y hermosas y su cuerpo estaba lleno de fuertes músculos.
            Toda la ropa que llevaba estaba compuesta por escamas doradas de dragón, incluyendo su calzado y su cinturón, del que colgaban su poderosa pistola y la vaina de la que sobresalía la empuñadura con forma de dragón de su afiladísima espada.
            En la oreja izquierda tenía un pequeño pendiente cuadrado violeta y en la mano derecha un hermoso anillo con forma de dragón dorado, que se enroscaba mordiéndose la cola y tenía cuernos de rubies, ojos de zafiros, dientes de diamantes y garras de azabache.
            Su semblante era de auténtica furia y su penetrante mirada no se apartaba del castillo de los Vega, su objetivo, observándolo desde la quilla del barco en el castillo de proa, mientras acariciaba a Furioso, su gigantesco, musculoso y fuerte tigre, que nunca se apartaba de su lado.
            -Pronto serás vengado, querido hermano- Dijo en apenas un susurro mientras se llevaba el anillo a los labios- Pancracio pagará tu muerte con la sangre de sus vasallos.
            Nada más decir esto oyó el continuo repiqueteo de las campanas del templo de Terra y una pérfida sonrisa surcó su rostro.
            -¡Nos han avistado!- Gritó Nicolás desde la cofa del primer trinquete con su catalejo, avisando a la tripulación.
            Mientras la tripulación se asomaba por babor y estribor, sus pensamientos giraron en torno a su hermano Perseo, que era cinco años menor que él, y su muerte seis meses atrás.
            Cruzaban el océano Draconio, tras haber atacado una ciudad de Sisarb, cuando se encontraron con un barco loñapse, dirigido por Pancracio de la Vega, el primogénito de Torcuato de la Vega, y se produjo un combate, que duró varias horas y finalizó con la muerte de su hermano, que tenía veinte años, a manos de Pancracio y la huida de este, quien se llevó el cuerpo de Perseo.
            Desde entonces se había estado preparando y por ello no se había echado a la mar durante seis meses y había dejado que la ira y la sed de venganza se acumularan en su interior, al mismo tiempo que la impaciencia de su tripulación crecía día a día y la sed de sangre y destrucción los invadía poco a poco.
            -Alfredo- Dijo una voz detrás de él.
            Alfredo se dio la vuelta y se encontró con la figura de Alejandro, su segundo de abordo, que también era como un hermano para él, ya que su padre lo había adoptado cuando tenían cinco años.
            Tenía el pelo rubio y unos hermosos ojos verdes. Era de facciones robustas y tenía una fuerte musculatura, además de una cicatriz que le cruzaba toda la cara, desde la ceja izquierda hasta la nariz, pasándole por el ojo.
            Su traje era igual al de él, salvo que sus escamas no eran tan brillantes. También llevaba una pistola y una espada colgadas de su cinturón.
            -Iros preparando para la batalla y dile a Calixto que suba- Le dijo a Alejandro volviendo a dirigir su mirada a la ciudad.
            -Primero me gustaría pedirte un favor- Le respondió Alejandro.
            -Dime.
            -Me gustaría ser yo quien acabara con Pancracio.
            -¡¿Cómo?!- Tronó Alfredo, dándose la vuelta, enfurecido y con ojos centelleantes- Yo soy el hermano de Perseo. Me corresponde a mí vengar su muerte- Iba diciendo acercándose a él con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.
            -También era mi hermano- Replicó Alejandro tragando saliva pero manteniéndose en el sitio.
            -Pero no de sangre- Le replicó a su vez Alfredo a pocos centímetros de él y con los dientes chirriándole.
            -Pero yo…Pero yo…
            -Pero tú ¿Qué?- Preguntó Alfredo con voz amenazadora.
            -Lo amaba- Respondió Alejandro de sopetón- Llevábamos juntos desde que él tenía quince años y yo veinte.
            Antes de darse cuenta de lo que pasaba, Alejandro se encontró en el suelo con la nariz rota y ante un enfurecido Alfredo.
            -¡¿Cómo has podido hacer eso?!- Le gritó a Alejandro a punto de perder los nervios por completo y levantándolo por la pechera- ¡Solo era un niño! ¡Más que eso! ¡Era como tu hermano! ¡Qué clase de depravado amaría a su hermano!
            -Alfredo por favor, entiéndeme- Suplicó Alejandro mirándolo a los ojos pero sin intentar soltarse- Al principio intente evitar esos sentimientos pero mi corazón mi impulsó a sus brazos.
            -¿Qué quieres decir? ¡¿Te acostaste con él?!
            -Conmigo perdió la inocencia- Respondió Alejandro preparándose para el golpe, que no tardó en llegar y que lo envió, dando vueltas, por todo el castillo hasta que se chocó contra la barandilla, que impidió que se cayera a la cubierta, dándose un fuerte golpe en la espalda que lo dejó sin aire durante unos segundos.
            -¡Apártate de mi vista!-Le gritó dándose la vuelta de nuevo, mientras Alejandro se levantaba apoyándose en la barandilla con muchas dificultades y la sangre chorreándole a caudales por la nariz. Pero cuando sintió que se alejaba le dijo- Si quieres ir a por Pancracio puedes ir, no te lo voy a impedir. Pero si quieres matarlo tendrás que hacerlo antes que yo.
            -Como quieras- Le contestó Alejandro con el semblante serio antes de bajar a cubierta.
             No se lo podía creer. Alejandro y Perseo ¿Juntos? ¿Cómo había podido Alejandro, la persona en la que más confiaba, acostarse con su hermano? ¡Si eran como hermanos! Además. Perseo solo era un niño cuando Alejandro le había dicho que había empezado a amarlo.
            No podía entenderlo. Aunque ahora se explicaba porque Alejandro había estado tan raro durante esos meses ¿Sería verdad que lo amaba y qué no había sido un capricho pasajero, como pensaba que era? Tendría que hablar con Alejandro más calmadamente después de la batalla. Ahora se sentía mal por haberle pegado pero…
            -Aquí me tenéis capitán- La llegada de Calixto lo sacó de sus pensamientos, ya se ocuparía de Alejandro más tarde, y le hizo centrarse en lo que tenía delante.
            -Haz explotar el templo- Le ordenó con la mirada centelleante- Que sepan que ni sus dioses podrán protegerlos.
            -Será un placer, capitán- Contestó Calixto con una felina sonrisa, que no pasó desapercibida a Alfredo.
            Calixto tenía la misma edad que su hermano y habia sido uno de sus mejores amigos, lo que le hizo pensar en una cosa.
            -Calixto
            -Dime capitán- Contestó el muchacho sentándose en el asiento desde el que se podía dirigir el cañón del mascarón por medio de una serie de palancas, botones y pantallas.
            -¿Sabías de la relación de Alejandro y Perseo? Y, antes de responder, recuerda que soy tu capitán.
            -Todos lo sabíamos señor- Respondió Calixto tras mirarlo durante unos segundos- Y ha de saber que se amaban de verdad y con pasión.
            -Te agradezco tu sinceridad Calixto. Ahora destruye la ciudad de los culpables de la muerte de mi hermano.
            -Con mucho gusto- Dijo el muchacho con una sonrisa poniéndose manos a la obra.
            Lo primero que hizo el joven fue elevar el bauprés, cuyas velas estaban replegadas. Después, por medio de un conjunto de cuerdas y poleas, separó un poco el mascarón del barco. Seguidamente abrió, como una flor, la cabeza del dragón, de la que salió un gigantesco cañón dorado. A continuación ajustó las coordenadas moviendo el cañón en la dirección y altura necesarias y, por último, lo activó.
            De las paredes de la boca del cañón surgieron varios rayos caloríficos, que, juntándose en el centro, empezaron a generar una enorme bola de fuego, que a los pocos segundos fue lanzada a una increíble velocidad.
            El terrible proyectil surcó los cielos como un gigantesco cometa, que tiño de rojo sangre las aguas del mar como un presagio de los torrentes sangrientos que pronto correrían por las calles de la ciudad, haciendo una enorme parábola, mientras iluminaba el firmamento y dejaba una estela de llamas y cenizas, que cubrieron las nubes, e inició un trepidante descenso, que acabó en una enorme explosión de fuego y humo y produjo un ensordecedor sonido, que rompió los cristales de las ventanas de media ciudad.
            Los escombros del templo y de los edificios que lo circundaban fueron lanzados a increíble distancia, una lengua de fuego recorrió las calles, engullendo todo lo que encontraba a su paso e introduciéndose en los edificios, cuyos pisos iban volando uno a uno y sus inquilinos salían despedidos por las ventanas completamente calcinados, y una gigantesca nube de humo negro se elevó hacia el cielo cubriendo la ciudad y sumiéndola en una escalofriante negrura, salpicada por los destellos anaranjados de los escombros llameantes, que se elevaron con la nube y cayeron en forma de docenas de proyectiles destructores.

            Alfredo observaba este Apocalipsis con una enorme satisfacción, que no se esforzaba en disimular, y se reía con enormes y terroríficas carcajadas, mientras Furioso estaba tumbado a su lado con la cabeza elevada, mirando hacia la ciudad, y meneando la cola, como si compartiera la felicidad de su amo.
            -¡Mateo!-Gritó con todas sus fuerzas.
            A los pocos segundos un joven de veintitrés años, algo flaco, con el pelo negro y los ojos marrones, llegaba corriendo.
            -Señor- Dijo el joven cuadrándose delante de él.
            -Escoge a cuatro marineros y destruid todos los barcos del puerto- Le dijo lanzando llamas por los ojos- Que no tengan manera de escapar de la ciudad.
            -Como gustéis- Contestó el joven dándose la vuelta rápidamente y saltando de tres en tres las escaleras que llevaban a la cubierta, donde estaban todos los marineros observando desde ambos lados el caos producido por el cañón.
            Alfredo volvió a centrar su mirada en la ciudad, sacó su catalejo de oro, que guardaba en una funda al lado de su pistola, y lo enfocó en el castillo buscando a su objetivo, al que encontró observando el desastre desde la torre central del enorme castillo con una cara pálida y llena de terror, que demostraba que sabía lo que se le venía encima.
            Sonrió con malicia y empezó a bajar el catalejo, pero un barco anclado en el puerto llamó su atención y volvió a subirlo. Lo enfocó y descubrió el barco de Romualdo, hermano del marqués del Valle, uno de sus mayores enemigos.
            Este marqués, llamado Melitón, era el responsable de la muerte de su padre hacia ya ocho años. Los dos barcos se encontraron en alta mar y la batalla acabó con la destrucción del antiguo “Dragón Dorado”, la muerte de toda su tripulación y él, su hermano y el resto de chicos fueron apresados y llevados al mercado para venderlos como esclavos.
            Sin embargo, gracias a su astucia y a la inteligencia de su hermano, consiguieron huir y reconstruir el barco, no sin antes haber entablado una feroz batalla, en la que perdió las dos manos a manos de Adelardo, el hijo mayor de Melitón, quien además había intentado casarse con Amapola Torres, hija del duque de Torre Blanca, uno de los mayores ducados del norte del reino.
            Esta muchacha era una de las jóvenes más hermosas del reino y había conquistado su corazón cuando se habían conocido a los diecisiete años. Por desgracia el duque acabó descubriendo sus encuentros y, al enterarse de quien era él, lo persiguió obligándolo a huir.
            Estaba pensando en ella, cuando se oyó un fuerte ruido y el barco entero tembló. En la popa del barco, debajo de las cámaras principales, se había abierto una enorme puerta, de la que salieron volando seis pequeñas máquinas doradas, que cegaban al enemigo cuando reflejaban los rayos del sol, con dos alas y una cola articulada, dirigidas por Mateo.
            Alfredo guardó su catalejo y pulsó un botón plateado de su reloj de oro, del que salió una pequeña antena.
            -Mateo ¿Me recibes?- Preguntó acercando el reloj a su boca.
            -Alto y claro capitán- Se oyó responder a Mateo a través del reloj.
            -¿Ves ese barco rojo de seis palos?
            -Afirmativo, mi capitán.
            -Quiero que arda el primero. Es el barco de Romualdo del Valle.
            -Entendido.
            Alfredo cortó la comunicación y observó como los seis aviones, en forma de triángulo, con Mateo en el vértice, se acercaban a gran velocidad al puerto, desplegaban sus cuatro cañones, ubicados debajo de las alas, y lanzaban sus rayos contra los barcos anclados.
            Tal y como había ordenado, el barco de Romualdo fue el primero en estallar en una nube de fuego, humo, madera, cuerdas y hombres quemados y carbonizados y, seguidamente, ardieron el resto de barcos anclados en el muelle, lo que provocó que el aire empezase a oler a carne quemada.
            -¡Alejandro!- Gritó mientras los aviones se reunían de nuevo y emprendían la destrucción de la zona mercantil.
            -Me llamabais capitán- Dijo Alejandro apareciendo al cabo de unos instantes con el semblante serio, una mirada de dolor y la nariz escayolada.
            -¿Está lista la tripulación?- Le preguntó observando su estado.
            -Lista, en formación y esperando tus órdenes- Respondió Alejandro.
            -Divídelos en dos. Una parte la dirigirás tú, destruyendo el barrio obrero, la otra la dirigiré yo mismo hacia la zona rica. El primero que llegue al castillo que inicie su destrucción.
            -Como quieras- Contestó Alejandro con un brillo llameante en sus ojos, lo que indicaba que había captado el reto implícito en sus últimas palabras, antes de irse.
            Alfredo volvió a centrar la mirada en la ciudad, donde los aviones de Mateo estaban sembrando la destrucción a su paso. En pocos segundos habían convertido en un mar de gigantescas llamas, que danzaban macabramente en los tejados de los edificios, lanzando llamaradas hacia el cielo, donde se convertían en nubes negras, la mitad de la zona mercantil e incluso desde el barco se podían oir los aterradores y angustiosos gritos de sus habitantes, a los que se veía corretear, como hormigas ante una tromba de agua, por las calles sin rumbo.
            Tras observar su obra se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras, seguido de Furioso, cuya boca abierta y los ruidos que hacía indicaban que sabía que se avecinaba la batalla.
            -Quédate aquí y lanza algún cañonazo de vez en cuando- Le dijo a Calixto, recibiendo como respuesta un gesto con la cabeza.
            Bajó las escaleras como solo un capitán pirata podía hacerlo y llegó a cubierta, donde su tripulación, totalmente armada, le esperaba dividida en dos grupos, en uno de los cuales se encontraba Alejandro al frente.
            -¡Supongo que recordareis la muerte tan horrible de mi hermano!- Fue gritando mientras paseaba por delante de ellos y un coro de gruñidos respondía a su palabras-¡Pues allí!- Dijo señalando hacia la ciudad- ¡Se encuentra el culpable de su muerte! ¡Quiero que la ciudad arda hasta sus cimientos y que los cadáveres de sus habitantes adornen las calles!- Iba gritando mientras la furia y la ira inundaban su cuerpo y el fuego sustituía a la sangre en sus venas-¡No quiero clemencia, ni consideraciones de ningún tipo! ¡Solo quiero muerte! ¡¿Lo habéis comprendido?!- Un coro de gritos le respondió y él sonrió- Pues entonces ¡Qué noten el fuego de los dragones dorados!-Gritó con todas sus fuerzas, levantando su espada, antes de dirigirse a los botes de estribor, seguido por su grupo, mientras Alejandro se dirigía a los de babor.
            Los botes fueron lanzados al mar rapidamente y los marineros empezaron a remar con fuerzas increíbles, enardecidos por las palabras de su capitán, y hacían volar los botes, que a los pocos minutos arribaban en el muelle entre los quemados y destruidos barcos y rodeados de cadáveres, de los que las gaviotas y los peces ya se habían empezado a alimentar.
            Los marineros, convertidos en bravos soldados, con Alfredo a la cabeza, treparon por las escaleras del muelle y, ya arriba, no tardaron ni un segundo en invadir el puerto persiguiendo a sus víctimas, que huían inútilmente del ataque de los piratas escondiéndose en los pocos lugares que se habían librado del ataque de los aviones.
            Alfredo se dirigió sin dudarlo hacia el recinto que servía para el mercado de esclavos, donde esperaba encontrarse con Romualdo. En su recorrido movía la espada como si de un fino palillo se tratara cercenando cuellos, le daba igual que fueran de mujeres, hombres, niños o ancianos, desparramando entrañas, que se desperdigaban por el suelo como un castillo de naipes en una mesa, y cortando miembros a diestro y siniestro, lo que hacía que sus enemigos se convirtieran en géiseres de sangre, mientras Furioso dejaba un horrendo sendero de cadáveres descuartizados a su paso.
            Tardó pocos minutos en encontrarse ante las puertas del mercado, que volaron en miles de astillas ante los cañonazos de sus compañeros, y se adentró con furia en su interior, atravesando de parte a parte por la cintura, separándole las piernas del resto del cuerpo y salpicándose con la sangre que se elevó hacia arriba y cayo sobre él, al primer hombre con el que se encontró.
            El lugar estaba lleno de personas, que se habían refugiado allí pensando que estaban a salvo y que se pusieron a gritar con histeria al ver a los bravos piratas. Gritos que poco a poco, a pesar de la feroz resistencia que oponían los hombres, se fueron apagando a una velocidad asombrosa debido al imparable ataque de Alfredo y sus hombres.
            Media hora después, el lugar estaba lleno de cadáveres y los únicos que quedaban con vida luchaban con desesperación en el escenario de madera, que servía para exhibir a los esclavos y en el que había atados como dos docenas de jóvenes, que miraban aterrados la escena que se producía ante ellos.
            Alfredo no se preocupó de estos pobres muchachos, tan ocupado como estaba en matar a sus enemigos, hasta que oyó un grito, entre desesperado y esperanzado, que lo llamaba.
            El grito había sido lanzado por un chico de dieciocho años, rubio y de hermosos ojos azul claro, al que, a pesar de estar desnudo completamente y cubierto de mugre, polvo y suciedad, reconoció enseguida.
            -¿Oscar?- Le preguntó sorprendido y dirigiéndose hacia él.
            -¡Ayúdame!- Fue la respuesta del chico.
            Tras hacerle un gesto de que esperara, volvió al combate con fuerzas renovadas y preocupantes pensamientos en su cabeza ¿Qué hacía Oscar, hermano de su querida Amapola, en aquel lugar? Y lo que era más importante ¿Cómo había acabado siendo esclavo? ¿Habría pasado algo en Torre Blanca? Era lo más probable y le llenaba de terror lo que pudiera haberle pasado a Amapola. Pero ya le preguntaría a Oscar cuando lo rescatara.
            Los últimos resistentes cayeron a los cinco minutos y Alfredo ordenó la liberación de los pobres chicos.
            -¡Cuánto me alegro de verte!- Exclamó Oscar abrazándolo con fuerza tras ser liberado- Jamás imaginarias lo que ha pasado en Torre Blanca.
            -Ya me lo contarás más tarde- Le dijo- Ahora lo mejor es que te lleve al barco.
            -¿Qué haces aquí?- Preguntó Oscar con curiosidad.
            -Pancracio mató a Perseo hace seis meses- Respondió fríamente.
            -Lo siento- Dijo Oscar con el semblante triste y ensombrecido.
            -Lo se. Se que os hicisteis grandes amigos ¡Roberto! Llévalo al barco- Le dijo a un fuerte, musculoso y alto chico de veintidós años, bastante atractivo, con el pelo castaño y ojos entre azules y verdes.
            -Con mucho gusto- Contestó este con una depravada sonrisa, mientras estrechaba a Oscar contra sus caderas y bajaba las manos por el pecho del paralizado muchacho.
            -Es el hermano de Amapola- Le dijo llevándose una mano a la empuñadura de la espada.
            -Lo siento capitán- Se disculpó Roberto cambiando el semblante y echándose a Oscar al hombro como un saco de patatas.
            -¡Suéltame!- Gritó Oscar indignado por el trato- ¡Puedo caminar yo solo!
            -Lo protegeré con mi vida señor- Dijo Roberto dándose la vuelta y empezando a caminar en dirección a la salida sin hacer caso de los gritos y pataleos de Oscar.
            Tras asegurarse de que Oscar estaba a salvo, volvió a reunir a sus chicos y se dirigieron de nuevo a la ciudad, atravesándola con un paso rápido. Habían perdido demasiado tiempo en el mercado de esclavos y le preocupaba que Alejandro hubiera conseguido llegar al castillo antes que él.
            A los quince minutos atravesaban lo que había sido la plaza principal, con los escombros del gran templo totalmente calcinado a su izquierda, y luchaban encarnizadamente contra un contingente del ejército de la ciudad, que muy pronto tuvo que retroceder ante el furioso embate de los piratas y por el miedo que le profesaban a los afilados dientes de Furioso, que estaban enrojecidos por la sangre y llenos de trozos de carne y de ropa.
            De esta manera, al cabo de una hora de su llegada al puerto, cruzaban las puertas de la primera muralla del castillo, ubicado en la colina más alta de la ciudad.
            La parte principal del Castillo Negro, como se le conocía comunmente por el color de sus piedras, estaba compuesto por cinco gigantescas torres con una gran anchura. De estas la más grande era la central, ya que en ella se encontraba el salón del trono y las habitaciones de la familia de la Vega. Las otras cuatro, que se comunicaban a la principal por medio de puentes sujetados por enormes arcos, servían de alojamiento al resto de habitantes nobles del castillo. Las ventanas eran enormes vidrieras y todas las fachadas estaban salpicadas de hermosos balcones, de los que el más grande era el de la fachada frontal de la torre central, ya que desde él se asomaba el marqués a la plaza.
            Esta plaza, que tenía unas medidas considerables, estaba formada por piedras blancas cuadradas y en su centro había una hermosa y enorme fuente redonda de malaquita, formada por dieciséis delfines de lapislázuli, que lanzaban agua por sus bocas abiertas a un estanque lleno de exóticos peces, y coronada por una estatua de granito rojo, que representaba a Avelino I, el primer marqués de la Vega y fundador de la ciudad en el siglo XXV. Además estaba construida en el centro de un enorme mosaico que representaba el escudo de la Vega.
            La plaza estaba rodeada por una serie de edificios rectangulares grises de tres pisos con tejados a dos aguas de tejas de pizarra roja, en los que se alojaba el servicio, además de las despensas, las caballerizas y los invernaderos de fruta y verdura. En el otro lado, por la parte de atrás del castillo, estaban los gigantescos jardines de vistosas flores y grandes setos con senderos de guijarros y pequeñas plazas con fuentes y bancos de mármol blanco o negro.
            Todo ello estaba rodeado por una alta muralla negra, que cada veinte metros tenía una alta y delgada almena llena de soldados, que se podían ver a través de las saeteras.
            De ambos extremos de esta muralla partía otra muralla, que se cerraba con dos almenas, más grandes que el resto, que aguantaban una fuerte y enorme puerta de madera, y formaba un gigantesco espacio rectangular, en el que estaban los edificios del ejército, los almacenes con la munición y todos los vehículos de guerra.
            Sin dejarse intimidar por la gran altura de las almenas, Alfredo guió a sus hombres hacia ellas, descubriendo que estaban intactas, por lo que dedujo, acertadamente, que Alejandro aún no había llegado, lo que le llenó de nuevas energías.
            Al instante un centenar de soldados salieron por las puertas y se desplegaron delante de ellos para impedirles el paso sin lograr intimidarlos, por lo que muy pronto se inició un espeluznante combate, que acabó con la victoria de los piratas y la retirada de los soldados, que habían perdido algo más de la mitad de sus fuerzas.
            Pasando por encima de cabezas, miembros cercenados, órganos desperdigados y charcos de sangre, Alfredo avanzaba con una firme resolución y se plantó delante de las puertas, que salieron volando, al poco rato, por encima de su cabeza con un solo cañonazo.
            Cruzó las puertas y se encontró delante de todas las fuerzas del ejército, que grosso modo llegaban a los quinientos soldados, lo que le hizo detenerse y estarse unos segundos indeciso, al cabo de los cuales oyó un enorme griterío de felicidad en sus tropas y, al girar la cabeza, vió al grupo de Alejandro, quien se fue acercando a él, reunirse con el suyo.
            -No podemos vencer a tantos soldados separados- Dijo Alejandro colocándose a su lado y mirando al enemigo.
            -Lo se- Contestó Alfredo- Querías de verdad a mi hermano ¿Verdad?
            -Más que eso. Lo amaba con locura y lo sigo haciendo- Respondió Alejandro con el semblante entristecido al recordar a Perseo.
            -Siento los puñetazos de antes- Se disculpó en voz baja.
            -¡Vaya! Tengo que ser realmente importante para que el gran Dragón Dorado se disculpe conmigo- Exclamó Alejandro con una sonrisa burlona pero sin dejar de mirar al frente.
            -No tientes a la suerte Alejandro- Replicó mirándole de reojo- No se me olvida que te metiste en su cama cuando solo tenía quince años.
            -Tienes razón. Lo siento- Se disculpó Alejandro pero sin borrar su sonrisa- ¿Qué hacemos hablando cuando tenemos a esos gusanos haciéndonos frente?
            -Pues… No lo sé- Respondió- Pero eso tiene fácil solución.
            Los dos se miraron de reojo con una mirada de complicidad y volviéndose a sus compañeros los exaltaron al combate entre terroríficos gritos de guerra, que hicieron retroceder un par de pasos a sus adversarios, algo sorprendidos por el repentino estallido de furia, pero al instante siguiente se recuperaron y salieron a su encuentro.
            La batalla fue cruenta y feroz. Los combatientes arrastraban años de increíbles combates y se movían con una agilidad asombrosa, provocando un hermoso baile que acababa con la muerte de uno de los dos bailarines. Las espadas entrechocaban entre si produciendo una lluvia de chispas y un sonido que se propagaba por todo el campo de batalla.
            Sin embargo, a pesar de que ambos bandos eran grandes luchadores, a la media hora, la batalla se empezó a desenvolver a favor de los piratas y las bajas en el ejército del marques se sucedían sin cesar. Así, cuarenta y cinco minutos después de que empezara el combate, los dragones llegaban a las puertas de la segunda muralla, que no tardaron en volar.
            Alfredo y Alejandro eran los que más bajas producían, ya que querían llegar lo antes posible al castillo para enfrentarse a Pancracio, y fueron los primeros en atravesar las puertas de la torre central, en la plaza no se habían encontrado con mucha resistencia, justo cuando desde la azotea lanzaban un centenar de palomas mensajeras, que se desperdigaron en todas direcciones.
            La entrada era una estancia rectangular con el suelo blanco y las paredes celestes. El techo era una enorme cúpula, decorada con la representación del cielo, del que colgaba una hermosa lámpara de araña. A ambos lados había sendas puertas de madera, con marcos de plata tallados y pomos de oro, y delante dos escaleras de mármol negro, que llevaban a una galería de arcos de herradura con columnas de azabache y entre las que había una enorme puerta, custodiada por los pocos soldados que quedaban, que servía de acceso a la sala del trono.
            Después de una pequeña batalla, que tiñó de rojo el suelo blanco de la entrada, atravesaron las puertas dobles de la sala y fueron recibidos por la luz de las cuatro gigantescas lámparas de araña, que colgaban como murciélagos, y de las antorchas llameantes ancladas a las decenas de columnas de mármol negro, que tenían forma de serpiente y aguantaban una serie de arcos de herradura, sobre los que se apoyaba una serie de columnillas de oro, que soportaban el peso de la enorme cúpula. El suelo era blanco y en el centro había una larga alfombra roja que llevaba a la plataforma de mármol rojo negruzco, en la que se encontraban los tronos de los marqueses y sus hijos delante de un tapiz de la familia de Avelino I.
            Apretujados en la escalera de mármol estaba la familia del marqués y todos los habitantes del castillo totalmente aterrados. Al ver aparecer a Alfredo y a Alejandro las mujeres estallaron en gritos y los hombres se levantaron para hacerles frente.
            -¡¿Dónde está Pancracio?!- Tronó Alfredo con una potente voz y empuñando su reluciente y ensangrentada espada.
            -¡Estoy aquí!- Contestó el susodicho avanzando hacia el centro de la sala y empuñando su espada.
            -¡NO!- Exclamó una joven levantándose- Por favor, no vayas. Acabarán contigo- Le dijo a Pancracio agarrándolo del brazo.
            -Oh yo con ellos- Replicó Pancracio con una voz que no admitía replica.
            La siguiente suplica de la joven acabó en un grito al ver aparecer al resto de los piratas, que invadieron la estancia lanzando escalofriantes gritos de batalla, que presagiaban la muerte, y persiguieron al resto de la corte, que huyó despavorida, como gacelas perseguidas por leones, saliendo por las puertas laterales y dejando a solas a los tres adversarios.
            -Por fin estoy ante ti bastardo- Le dijo Alfredo mientras Furioso se tumbaba en un lado para presenciar el espectáculo.
            -Pagarás por la muerte de Perseo- Añadió Alejandro.
            Pancracio se les quedó mirando unos segundos y, de repente, estalló en estridentes carcajadas, lo que les enfureció aún más.
            -¡¿De qué te ríes?!- Tronó Alfredo perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
            -Asi que esto es por ese joven al que atravesé como si de un trozo de carne de cerdo se tratara- Respondió Pancracio parando de reir pero con la cara risueña.
            -Vigila tus palabras- Le advirtió Alejandro acercándose a él junto a Alfredo, lentamente y con movimientos felinos.
            -¿Queréis vengarlo? Muy bien. Os espero- Dijo el marquesito haciéndoles frente.
            Los dos piratas, unidos por el amor que sentían hacia Perseo, se lanzaron a por Pancracio como uno solo y lo rodearon: Alfredo lo atacaba por delante mientras Alejandro le arremetía por detrás.
            El joven les hacía frente con una fuerza y vigor envidiables, manteniéndoles a raya. Las espadas entrechocaban con fuerza lanzando refulgentes y chisporroteantes chispas anaranjadas, mientras los tres combatientes danzaban con grandiosidad y elegancia. Bailaban y daban vueltas deslizándose por el suelo de mármol blanco, que reflejaba la hermosa danza como si se tratase de un espejo, que, a medida que el combate se recrudecía, iba cubriéndose de pequeñas gotas de sudor que lo hacían resbaladizo.
             Pancracio, a pesar de defenderse con gran furia, fue incapaz de resistir el doble embate por mucho tiempo y, ya cansado y con los músculos doloridos, fue retrocediendo hasta chocar contra la pared, pero sin dejar de parar las estocadas de los dos piratas, que, al ver la situación de su contrincante, le acometieron con mayor fuerza.
            Al cabo de media hora de lucha, Alfredo, gracias a una magistral finta, consiguió quitarle la espada, que salió volando dando vueltas hasta el otro extremo de la sala, y tanto él como Alejandro le colocaron las espadas en los hombros, clavándoselas en el cuello y cruzándolas por delante, con lo que la cabeza de Pancracio quedó atrapada entre los dos filos afilados como cuchillas.
            Por fin tenía al asesino de su hermano donde quería, con su espada clavada en su cuello. Lo único que tenía que hacer era mover un poco la espada para que su filo lo atravesase unos milímetros, cortando la carne y dejando salir la sangre en una hermosa cascada roja y espesa, que bajaría por el pecho de Pancracio hasta formar un enorme charco viscoso a sus pies.
            Disfrutaría como un niño viendo como la vida se apagaba en los ojos de su enemigo. Pero no podía hacerlo. Esa muerte sería demasiado rápida y dulce para el cabrón que tenía enfrente.
            -Quieto- Dijo con firmeza viendo que Alejandro estaba a punto de cortarle el cuello a Pancracio.
            -¿Por qué?- Preguntó este rechinando los dientes.
            -¿No prefieres torturarlo de las maneras más horribles, disfrutando de sus gritos, y provocarle una muerte lenta, dolorosa y horrible?
            -Si. Eso me gusta más- Respondió Alejandro con una perversa sonrisa.
            -Me lo imaginaba- Dijo separándose- Mantenlo ahí.
            -Será un placer- Contestó Alejandro rodeando el cuello de Pancracio con una fuerte mano y sustituyendo la espada por un puñal, que colocó en su yugular- Vas a desear estar muerto- Le dijo a Pancracio acercando su boca a su oreja y clavándole la punta del puñal hasta que salió una gota de sangre.
            -Alejandro contrólate- Le advirtió Alfredo acercándose de nuevo con una fuerte cuerda que utilizó para atarle las manos a la espalda- Ahora volvamos al barco.
            Llevando a Pancracio atado salieron del castillo, mientras sus hombres volvían a su lado con las espadas ensangrentadas y amplias sonrisas siniestras en sus rostros, y cruzaron las dos plazas del castillo, que estaban llenas de cuerpos y miembros cercenados que eran pasto de los animales, hasta detenerse delante de las primeras puertas en la cima de la colina, desde donde se veía la ciudad…Bueno, lo que quedaba de ella.
            Los edificios que quedaban en pie y no se habían convertido en gigantescos escombros llameantes eran engullidos por enormes llamas anaranjadas, que se elevaban hacia arriba, llenando el cielo de oscuras nubes, que, gracias al viento de las alturas, llevaba el insoportable olor a carne quemada a todos los rincones. Desde aquella distancia se escuchaban los gritos desgarradores de la gente atrapada en sus casas, los llantos de los niños abandonados en las calles y los chillidos de las personas que corrían por las calles abrazadas por el fuego.
            -Espero que estés disfrutando de las vistas- Le dijo Alfredo a Pancracio acercándose a él- Por que esto es obra tuya.
            Dicho esto empezó a descender por la colina adentrándose en la ciudad, sin preocuparse por las altas y peligrosas llamas que lo rodeaban, y acabando con el sufrimiento de todo ser vivo con el que se encontraba.
            Con un paso rápido, solo tardaron veinte minutos en encontrarse en la cubierta del barco, donde ordenó atar a Pancracio al palo mayor.
            -Ahora podéis ir a la ciudad a hacer lo que queráis- Les dijo a sus hombres- Roberto, Ricardo. Vigilad al prisionero y no os preocupéis. Seréis los primeros en disfrutar de su compañía- Añadió dirigiéndose a los gemelos- Por cierto ¿Dónde habéis alojado a Oscar?
            -En los aposentos de su hermano- Respondió Roberto- Espero que no os moleste.
            -No, no te preocupes. Has hecho bien- Contestó- Alejandro, Santiago seguidme.
            Tras dar estas órdenes, que no tardaron ni un segundo en cumplirse, cruzó la cubierta en dirección a popa donde, entre las dos escaleras que llevaban al puesto de mando, se encontraba la puerta que llevaba a las cámaras principales, formadas por cuatro habitaciones, dos baños, situados entre estas, y una oficina-salón.
            Después de bajar los peldaños de las pequeñas escaleras, posó su mano sobre el pomo de la primera puerta a babor con la que se encontró y ahí la dejó. Desde la muerte de su hermano seis meses atrás, no había vuelto a pisar esa habitación y las emociones se atropellaban en su interior como un huracán que le dejó inmovilizado en el sitio.
            -Si me lo permitís capitán- Dijo Santiago su otro segundo de abordo.
            Este, que era algo más bajo que él, tenía el pelo verde y unos brillantes ojos ámbar. En el rostro, que lo tenía enrojecido, no tenía ni un solo pelo debido a que le habían quemado la cara años atrás y en la oreja izquierda, labio inferior y donde tendrían que estar las cejas llevaba varios piercings con forma de aro. Sus facciones eran de rasgos duros y su traje de cuero de piel de dragón dorado marcaba sus prominentes músculos.
            Sin embargo era un alma cándida y buena, que se dedicaba, en el poco tiempo libre que tenían, a tocar música ora con el piano ora con el violín y a cantar con su melodiosa y delicada voz, lo que no impedía que fuera uno de los más bravos piratas del barco y digno hijo de su padre, quien había sido el segundo de a bordo del suyo. Su arma favorita, al igual que lo había sido de su padre, era el hacha de doble filo, que manejaba con gran maestría y destreza, partiendo todas las cabezas con las que se encontraba.
            -Adelante- Le contestó respirando profundamente y cediéndole el sitio.
            Santiago abrió la puerta, entró en la habitación y se apartó a un lado dejándole el paso a Alfredo.
            La alfombra azul, que cubría la habitación, destacaba sobre los tablones rojos y de las paredes colgaban hermosos cuadros hechos por Perseo en el caballete que había a la izquierda de la puerta. En el lado izquierdo de la pared de la izquierda estaba la pequeña puerta que llevaba al baño y al lado había una enorme estantería marrón, que contenía las pinturas, pinceles y cuadernos de dibujo de Perseo. En la pared del otro lado había un armario con doble puerta de cristal y a su lado la cama de madera con sabanas y mantas de seda, a cuyo lado había una mesita. A los pies de la cama, pegado a la pared, había otro armario que contenía las armas de Perseo y sobre la cama, en la pared y delante de la puerta, había una ventana con barrotes de oro, totalmente abierta, que dejaba entrar el sol en torrentes de luz que inundaban la habitación.
            Oscar, que había estado dormido hasta entonces, se levantó de golpe al oir la puerta, totalmente aterrado. Pero, al ver quien era y donde estaba, volvió a tumbarse y se arrebujó entre las sabanas.
            -¿Cómo estás?- Preguntó Alfredo acercándose a la cama con preocupación y mirándolo con dulzura.
              -Bien- Respondió Oscar tímidamente, mirándolo mientras se sentaba en el borde de la cama.
            -¿Te han hecho algo malo?-Preguntó intentando no ser muy brusco.
            -Preferiría no hablar de ello de momento- Respondió Oscar apartando los ojos de los de Alfredo.
            -Como quieras- Dijo algo acongojado por la reacción de Oscar y apartándole el pelo de la cara-¿Qué ha ocurrido en Torre Blanca?
            -Después de tu fuga, mi padre quiso buscar un buen matrimonio para Amapola. Pero ella rechazaba a todos los pretendientes que le presentaba nuestro padre- Empezó Oscar a responder mirándolo de nuevo a los ojos y poniéndose las mantas por debajo de los hombros- Al final nuestro padre se cansó y desistió de su empeño de casarla. Sin embargo, hace una semana, Adelardo, con todas sus tropas, invadió nuestras tierras y asesinó a nuestros padres y al resto de nuestros hermanos, para luego llevarnos a su castillo- Continuó, mirando por la ventana con una voz triste y apagada mientras sus ojos se llenaban de lágrimas- Ya allí me mantuvo encerrado y amenazó a mi hermana con matarme si no se casaba con él. Mi hermana accedió y se casaron, pero Adelardo me entregó a su tío, mercader de esclavos, diciendo que el trato era no matarme y que no habían hablado de que no pudiera venderme como esclavo. Tras navegar una semana, de la que de momento no voy a hablar, llegamos a Veguinia y… bueno, el resto ya lo conoces.
            Alfredo había escuchado el relato con un semblante serio y los puños y dientes apretados, intentando controlar el fuego que bullía en su interior con el riesgo de hacerle explotar.
            -No te preocupes- Le dijo a Oscar poniendo la voz más dulce de la que fue capaz y poniéndole una mano en el hombro con suavidad- Rescataremos a tu hermana.
            -Aún hay más- Dijo Oscar dándose la vuelta con el dolor del recuerdo dibujado en su rostro- Adelardo también tiene a tus hijos.
            -¿Cómo que a mis hijos?- Preguntó lentamente tras un helador silencio y con un nudo en la garganta.
            -Dos meses después de que te fueras, Amapola me confesó que estaba embarazada y al cabo de varios meses tuvo mellizos, Aquiles y Azalea- Respondió Oscar mirándolo fijamente.
            -De acuerdo. No te preocupes. Tú ahora descansa- Le dijo levantándose y dándose la vuelta para encontrarse con la mirada preocupada de sus dos segundos- Vamos a la oficina. Tenemos que hablar.
            Abandonaron la habitación, dejando a Oscar para que descansara, y cruzaron el pasillo hasta llegar al fondo, donde, tras bajar dos peldaños, cruzaron las enormes puertas de la oficina del capitán.
            El suelo estaba cubierto totalmente por una alfombra roja con hilos de oro y del techo, que tenía dibujado un mar embravecido con un barco en el centro que luchaba contra un dragón dorado, colgaba una lámpara hecha con un enorme cráneo de dragón. Enfrente de la puerta, delante de la enorme cristalera de barrotes de oro y cortinajes de seda roja, había un elegante escritorio francés del siglo XV con tres sillas de oro y piel de quimera, una detrás de él y las otras delante. A la derecha había un impresionante mapa, enmarcado en plata, del mundo, que estaba rodeado por estanterías llenas de libros, y a la izquierda había una mesa de cristal con tres hermosos sillones rojos rodeándola y un alargado armario bodega, sobre el que reposaba un brillante y reluciente juego de copas.
            -¡No me lo puedo creer!- Exclamó entrando como un huracán y sentándose en uno de los sillones, mientras Alejandro se sentaba delante y Santiago llenaba tres copas con vino.
            -Tranquilo- Le dijo Alejandro cogiendo la copa que le ofrecía Santiago- Rescataremos a Amapola y a tus hijos.
            -Y lo haremos ahora mismo- Contestó con una firme resolución.
            -No te pierdas capitán y piensa con la cabeza- Replicó Santiago apoyándose en el armario- Los muchachos estarán cansados después del ataque y querrán dejar el botín en la isla.
            -Cierto. Además si queremos atacar el castillo de los del Valle tendremos que prepararnos en Drakon y dejar a todos eso jóvenes esclavos, a los que has querido rescatar, en algún lugar seguro- Añadió Alejandro.
            -De acuerdo. Tenéis razón- Dijo respirando con profundidad para calmar sus nervios, que amenazaban con apoderarse de él- Pero después acabaré con Adelardo- Añadió con fieras llamas en su ojos y una profunda y siniestra voz.

2 comentarios:

  1. Bien, he leído todo esto, y quiero darte mi sincera opinión.
    Respecto al argumento, no me ha parecido mal. La idea no es mala. Tiene piratas, y con eso ya me has enganchado. Aunque solo al principio. Tengo dos dudas, la primera, es si el Sistema solar se refiere a un sistema planetario o solo es un nombre para una región oceánica. La segunda, no sé qué o quién es Furioso, aunque he deducido que puede tratarse de un dragón pequeño.
    Es posible que en el capítulo hayas dicho ambas cosas. Eso me lleva a uno de los grandes fallos que veo. Es demasiado extenso. Aunque un capítulo extenso no es razón para verlo como un fallo, un capítulo extenso puede ser un problema cuando está lleno de descripciones tan detalladas. Eso me ha hecho leerlo sólo por encima. Deberías relajarte un poco con las descripciones.
    Una cosa que envidio son tus conocimientos navales. Un sincero bravo por eso. También me ha gustado cómo tratas la homosexualidad.
    Ahora, no entiendo por qué todos los nombres tienen que empezar por A. Eso conlleva muchos problemas. Es difícil recordar a los personajes, se confunden entre ellos, y a un lector, ver tantos nombres con A le molesta mucho. A mí me ha molestado bastante, y espero que en la historia se le de una explicación.
    Mi recomendación es que cortes descripciones, cambies todos los nombres (a no ser que haya alguna razón argumental para que todos los nombres sean con A, entonces deberías explicarlo cuanto antes) e intentes representar mejor las batallas. Una historia de piratas debe dar mucha importancia a las batallas, tanto navales como normales.
    En general me ha gustado, pero un libro así no lo compraría, ni me lo descargaría. No sé si es tu primer trabajo, pero creo que tienes talento. Puedes hacer cosas muy poéticas, tienes un gran talento para las descripciones, y veo que tienes mucho potencial. Desarróllalo, intenta buscar tu estilo. Es más, ni siquiera tienes por qué hacerme caso. Escribes bien, por encima de la media. Aunque una cosa que te recomiendo con historias en blog, es que empieces con capítulos cortos y con gancho. Cuando ya tengas lectores fieles, empieza a ampliar los capítulos. Un primer capítulo tan largo hace que muchos lectores sientan pereza por leerlo.
    Seguiré tu avance. Para cualquier cosa, te dejo mi página web.
    http://lareinadelasserpientes.wordpress.com/

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    1. Te agradezco tu opinión. La extensión no la voy a cambiar porque no me sale escribir relatos cortos, pero voy a cambiar los nombres. Y Furioso es un tigre.

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